CAPÍTULO 12 El calor en la espalda
Al cruzar los lujosos pasillos de la corporación rumbo al ascensor privado, Elena se sentía diminuta.
La presencia de Alessandro era una fuerza de la naturaleza: caminaba con una seguridad imponente, un porte aristocrático y una zancada firme que exigía espacio a su alrededor.
En cambio, ella caminaba a su lado sintiéndose la personificación de la derrota.
Llevaba su ropa ancha, el rodete desaliñado en el cabello y, para colmo, acababa de notar una pequeña mancha de aceite en su blusa, producto de los pocos minutos que estuvo revisando la cocina industrial.
Se sintió tan poca cosa, tan insignificante en ese entorno de mármol y cristal, que con cada paso intentaba encoger los hombros, buscando esconderse de las miradas del personal que los observaba pasar.
Alessandro, cuyos ojos quirúrgicos no perdían un solo movimiento de la mujer, se dio cuenta de inmediato de su intento de desaparecer.
Sin dudarlo, acortó la distancia entre ambos. Colocó su mano grande, firme y protectora justo en la parte baja de la espalda de Elena, guiándola con una delicadeza que contrastaba con su enorme físico. Luego, se inclinó ligeramente hacia ella y le susurró al oído con su voz gruesa y profunda:
—No te escondas. Muestra la mujer fuerte que eres.
Esas palabras le colaron el corazón a Elena como un disparo de energía.
Se le erizó la piel. ¿Cómo era posible que ese hombre leyera sus pensamientos más íntimos con tanta facilidad?
Sin embargo, la arrolladora seguridad que él proyectaba era magnética, casi contagiosa.
Elena sintió un calor súbito recorrerle la espina dorsal.
Inspiró hondo, enderezó la espalda y, por primera vez en años, caminó con la frente en alto a través de un espacio público.
Alessandro no quitó la mano de su espalda durante todo el trayecto hacia el estacionamiento subterráneo.
Ese contacto, el peso sutil de su palma y el calor que emanaba de su cuerpo, le transmitían a Elena una paz y una seguridad desconocidas.
Se quedó aturdida por su propia reacción interna; ni siquiera en los mejores años de su matrimonio, ni siquiera con su esposo, había experimentado jamás esa sensación de protección absoluta.
Con su ex, ella siempre había tenido que ser el pilar fuerte que sostuviera el orden; con Alessandro, por primera vez, sentía que alguien más plantaba un muro detrás de ella para evitar que se cayera.
Al llegar al vehículo, el chofer abrió la puerta trasera de inmediato, estupefacto al ver a su jefe escoltando personalmente a la mujer del rodete en el pelo.
Alessandro esperó a que Elena subiera y luego se sentó a su lado, ordenando la ruta hacia la trinchera familiar de ella.
El destino de Elena estaba por cruzarse con el de sus hijas, y el halcón estaba listo para reclamar su lugar en esa familia.