EL ANCLA EN LA TORMENTA CAPÍTULO 11 La oficina del halcón
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CAPÍTULO 11 La oficina del halcón

El ejecutivo de Alessandro guardó el teléfono en su bolsillo tras recibir las instrucciones finales de su jefe.

Alessandro había sido explícito: las niñas también almorzarían en el casino corporativo para quitarle a Elena la obligación de cocinar otra vez al llegar a casa.

Sin embargo, el hombre de negocios entendió que no era momento de saturarla con tanta información.

—Está bien, señor. Eso se lo diré en la empresa para no asustarla. En este momento está como una hoja al viento —susurró el empleado antes de colgar.

Se giró hacia Elena y, con amabilidad, le indicó que el vehículo de la compañía los esperaba afuera.

Elena tomó su abrigo gastado y se subió al auto, sintiendo que la vida la arrastraba a una velocidad que no alcanzaba a procesar.

Al llegar al imponente edificio de cristales oscuros, la guiaron directo al área de la cocina industrial.

El ejecutivo reunió al personal y presentó a Elena con voz clara:

—A partir de hoy, la señora Elena se encargará exclusivamente de la preparación de los almuerzos. El resto del equipo continuará a cargo de los desayunos y las colaciones de salida.

Las demás cocineras intercambiaron miradas de alivio y sonrieron con sincera simpatía.

Para ellas, la llegada de Elena significaba que la carga de trabajo más pesada se aligeraba, permitiéndoles tener un poco de tiempo libre.

De inmediato, comenzaron a mostrarle con entusiasmo las modernas dependencias, las enormes cámaras de refrigeración y los utensilios de acero inoxidable.

Elena recorría el lugar deslumbrada, pero su mente se mantenía alerta, extrañando su rutina en casa.

Cuando el recorrido la llevó por los pasillos del piso ejecutivo, el timbre agudo de su viejo celular rompió el silencio.

En la pantalla aparecía el número del colegio de sus hijas. El pánico la paralizó en seco.

Justo en ese instante, una pesada puerta de madera se abrió.

Alessandro Valverde salió al pasillo. Alto, imponente y con la fría elegancia de su traje gris, clavó sus ojos oscuros en ella.

Al verla tan pálida y con el teléfono temblando en su mano, la autoridad de su presencia se transformó en un instinto protector.

—Pasa a la oficina a atender tu llamada —le dijo con una voz gruesa que no admitía réplicas, abriendo la puerta de su despacho privado.

Elena, consumida por el miedo, entró sin percatarse de la magnitud de la oficina ni de quién era el hombre que le cedería el paso.

Se llevó el celular al oído. Al otro lado de la línea, la secretaria del colegio de la comunidad le notificaba formalmente que Romina y Camila estaban siendo trasladadas en ese mismo momento a un establecimiento escolar de excelencia,

y que el transporte escolar premium ya estaba incluido y esperándolas.

Al escuchar aquello, las piernas de Elena cedieron. Se dejó caer en el lujoso sillón de cuero que tenía más cerca, negando repetidamente con la cabeza mientras las lágrimas amenasaban con salir.

—No... no pueden hacer eso —balbuceó Elena, con la voz quebrada—. Ahí las tratarán mal por ser pobres. Sufrirán más. Los uniformes, los gastos de estudios en un lugar así son mayores... Ellas van a sufrir por tener una madre humilde. No pueden tomar una decisión así sin mi consentimiento.

Alessandro, que observaba la escena desde su escritorio, no soportó verla en ese estado de desesperación. Con pasos firmes, se acercó a ella y, con una mezcla de firmeza y suavidad, le quitó el teléfono de la mano. Se lo llevó al oído y habló con un tono gélido que helaba la sangre:

—Soy Alessandro Valverde. Le devuelvo el llamado después.

Colgó de inmediato y arrojó el aparato sobre el escritorio. Elena, completamente ajena al nombre, se cubrió la cara con las manos, hundiéndose en el sillón.

—No pueden hacerme esto... no pueden —repetía en un susurro, escondiendo su rostro sin maquillaje y su cabello recogido de prisa.

—A ver, Elena, cálmese un momento —dijo Alessandro, cuya voz milagrosamente había perdido toda la rudeza habitual. Miró a su asistente en la puerta—. Traiga un té para los nervios. Ahora.

A pesar de no saber quién era aquel hombre imponente, la seguridad que emanaba de él comenzó a filtrarse en el pecho de Elena.

Había algo en esos ojos negros penetrantes que la dejó hipnotizada, una confianza extraña que jamás había sentido con un desconocido.

Alessandro se agachó frente a ella, quedando a su altura, y con una delicadeza inesperada, tomó sus manos entre las suyas.

Sus palmas grandes y cálidas envolvieron las manos trabajadas de Elena.

—Ahora, explíame bien las cosas —le pidió con suavidad—. ¿Qué pasó? ¿Por qué se puso así?

Elena lo miró, atrapada por su mirada.

—A mis hijas... las quieren cambiar de colegio, a una escuela de excelencia.

Pero no pueden hacer eso. Para estar ahí ellas tendrían que ser hijas de personas importantes.

Van a sufrir el maltrato de los demás por tener una madre humilde y además separada.

Si ya sufren donde están ahora por no tener padre... ¿cómo será en un lugar así?

Alessandro la escuchó con una paciencia infinita, acariciándole el dorso de las manos con el pulgar para tranquilizarla.

—¿Te parece si vamos a ver la escuela y luego tomas tu elección? —propuso él con un cariño que desarmó la última resistencia de Elena—. Si quieres, esperamos a tus hijas para que ellas también vean el nuevo colegio y así toman la decisión juntas. ¿Te parece bien?

Elena asintió lentamente, sintiendo que el nudo en su garganta comenzaba a ceder ante la calidez de sus palabras. Sin embargo, al reaccionar, miró el entorno y luego al hombre que seguía arrodillado frente a ella.

—¿Usted... quién es? —preguntó extrañada.

Alessandro soltó una risa suave, una expresión tan llena de afecto que el ejecutivo que los había acompañado desde la casa de Elena abrió los ojos de par en par, completamente impactado.

Jamás en todos sus años de servicio había visto a su jefe implacable sonreír o tratar a alguien con semejante dulzura.

—Soy Alessandro Valverde, el dueño de esta empresa.

Al escuchar el nombre del magnate, Elena soltó sus manos de golpe y se levantó del sillón como si tuviera un resorte en la espalda. El pánico a salirse de su estructura y a dar una mala impresión la dominó. Comenzó a arreglarse el pantalón ancho con nerviosismo.

—Señor... disculpe por incomodarlo y molestarlo de esta manera. No volverá a pasar —decía Elena a toda velocidad, tropezando con sus propias palabras—. Ni siquiera he firmado el contrato y ya le estoy dando problemas... Qué vergüenza, de verdad.

—Tranquila —le dijo él, poniéndose de pie con toda su imponente estatura, pero manteniendo la voz mansa—. En este momento no soy tu jefe. Soy un conocido, un amigo, ¿te parece? Además, aún no firmas el contrato, así que técnicamente no eres empleada de aquí. No me debes ninguna sumisión.

—Mis hijas llegarán pronto a casa —replicó Elena, mirando el reloj de la oficina—. No he cocinado para ellas... debí haber vuelto a la casa. Debería irme ya.

Alessandro caminó hacia el perchero y tomó su abrigo de diseñador.

—Mira, vamos a buscarlas a tu casa —sentenció con ese tono posesivo y protector que manejaba tan bien—. Vamos juntos al colegio para que lo vean y luego almorzamos todos aquí en la empresa. Yo tampoco he comido todavía, ¿te parece bien? Porque tal como estás de alterada, no te voy a dejar sola.

—No... no quiero molestarlo, señor Valverde —insistió Elena, retrocediendo un paso, intimidada por la firmeza de su oferta.

—No me molestas en absoluto. Vamos —le dijo él, extendiendo la mano hacia la puerta y mostndole el camino con una caballerosidad arrolladora.