CAPÍTULO 9 La red del protector
Alessandro no se detuvo ahí. Su mente dominante y protectora funcionaba a una velocidad implacable. Volvió a tomar el teléfono y marcó directamente el número del director general de la clínica más exclusiva de la ciudad. Su voz sonó como un trueno de autoridad.
—Quiero la operación de la cadera de la señora Orell programada para ayer —exigió, sin preámbulos—. Sin costos. Sin burocracia. Elimine todo el papeleo. Al personal médico y a la familia les dirán que ella era la prioridad número uno en la lista de espera estatal y que su turno llegó. Nada más.
Colgó sin esperar respuesta. Alessandro se apoyó en el respaldo de su silla, contemplando el vacío de su oficina.
Sabía perfectamente que estaba jugando una partida de ajedrez de alta precisión.
Tenía que calcular cada uno de sus movimientos con pinzas.
Si Elena descubría que un hombre con su poder estaba moviendo los hilos de su vida de forma tan agresiva, su orgullo de madre y su miedo acumulado la harían huir, y él no iba a permitir que ella se le escapara.
"Esa mujer va a ser mi familia", se juró a sí mismo en silencio, sintiendo una posesividad que jamás había experimentado por nadie.
"Esas niñas van a ser mis hijas. Ellas van a heredar todo lo que tengo. Y si Dios me bendice con esa oportunidad, algún día veré a Elena embarazada de un hijo mío".
Pero para llegar a eso, primero tenía que desmantelar, pieza por pieza, el infierno en el que ella vivía.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, el timbre de la casa de Elena rompió la tensa calma de la mañana. Al abrir la puerta, se encontró con un hombre impecablemente vestido de traje y corbata, cargando un maletín de cuero.
—Buenos días. ¿La señora Elena Orell? —preguntó con extrema educación—.
Vengo de parte de una importante corporación de la ciudad.
Hemos recibido excelentes referencias de la calidad de su comida y venimos a ofrecerle un contrato exclusivo para que se encargue de los almuerzos diarios de nuestro personal: trescientos cincuenta trabajadores de planta, cinco ejecutivos de alto rango y un menú especial,
estrictamente diseñado para el dueño de la empresa.
Elena se quedó congelada, sosteniendo el pomo de la puerta. El hombre continuó sin darle tiempo a procesar el impacto.
—Si acepta nuestras condiciones, necesito su respuesta de inmediato para coordinar el traslado de todos los implementos de alimentación que requiera.
El sueldo mensual es de... —el ejecutivo mencionó una cifra que hizo que a Elena se le cortara la respiración; era tres veces más de lo que ganaba su exesposo—.
La comida será retirada de su domicilio exactamente a las doce del mediodía, todos los días.
Elena, aturdida pero guiada por sus modales y su rigurosa estructura, se hizo a un lado.
—Por favor, pase para que podamos hablar bien —le dijo, invitándolo a la sala—.
Mire, agradezco enormemente que piensen en mí, pero esto es imposible.
No tengo la capacidad de almacenamiento para la cantidad de insumos que me mandarían.
No tengo ollas industriales, mi cocina es familiar, no tengo nada para cocinarle a tanta gente.
Además, un contrato así requiere un control estricto: necesito el listado de las alergias alimentarias del personal de planta, las restricciones de los ejecutivos y del dueño.
No puedo cocinar a ciegas sabiendo que un trabajador alérgico podría quedarse sin alimento o sufrir un choque anafiláctico.
Hay demasiados detalles logísticos que evaluar antes de que pueda aceptar algo así.
El ejecutivo de Alessandro sonrió con sutileza, preparándose para responder que la empresa cubriría absolutamente cada una de esas objeciones y remodelaría su espacio si fuera necesario.
Sin embargo, antes de que pudiera articular palabra, el viejo celular de Elena comenzó a sonar sobre la mesa de la cocina.
Elena pidió disculpas con la mano y atendió.
—¿Aló? ¿Señora Elena Orell? —habló una voz ejecutiva desde el otro lado de la línea—.
Le llamamos de la clínica exclusiva asociada al programa de salud del Estado.
Nos comunicamos para informarle que su madre tiene fecha de operación programada para mañana a primera hora.
Debe ser hospitalizada hoy mismo por la tarde.
Una paciente que figuraba como prioridad médica no asistió a su cita, por lo que su madre, al ser la siguiente en la lista de espera estatal, toma el cupo de inmediato.
Como se trata de un beneficio de la red de urgencias del Estado, todos los gastos médicos, quirúrgicos y postoperatorios son completamente gratuitos.
Elena sintió que las piernas le flaqueaban. Sostuvo el teléfono con fuerza, mirando al hombre de traje que la esperaba en su sala, mientras sentía que el universo, de manera inexplicable y en menos de veinticuatro horas, estaba dando un vuelco absoluto que escapaba por completo de su control.