CAPÍTULO 8 El plan del halcón
A las doce de la noche, el despacho de Alessandro estaba sumergido en una penumbra rota solo por la lámpara de su escritorio de caoba.
Afuera, la lluvia seguía golpeando los cristales, pero el verdadero frío estaba dentro de esa habitación.
Alessandro sostenía el teléfono contra su oído, escuchando la voz monótona y eficiente de su jefe de seguridad, quien le leía el informe detallado que sus hombres habían recopilado en tiempo récord.
—Elena Orell, cuarenta años, separada —informó el hombre—.
Tres hijas: Romina de quince, Camila de trece y la pequeña de dos años.
Hoy por la tarde recibió una notificación del tribunal.
Su exesposo, Miguel Coloma, declaró estar desempleado y suspendió formalmente el pago de la pensión alimenticia de las tres niñas.
Alessandro apretó la mandíbula, sintiendo una punzada de desprecio absoluto en el pecho. El subordinado continuó leyendo sin detenerse.
—La señora Elena trabaja desde su domicilio haciendo colaciones y costuras, ya que cuidaba a su madre, quien se encuentra postrada por problemas graves a la cadera; no cumplió con los requisitos médicos para una operación en el sistema público.
Sin embargo, hace unas horas la anciana fue trasladada temporalmente a la casa de otra de sus hijas.
Las niñas asisten al colegio de la comunidad, donde sufren agresiones verbales constantes y acoso por parte de profesores y alumnos bajo el argumento de "no tener padre".
A pesar de esto, mantienen excelentes calificaciones, aunque la niña de trece años presenta serios problemas de conducta debido al hostigamiento, y la mayor padece una psoriasis nerviosa severa en la piel.
La menor asiste al jardín infantil del sector.
Además, registran deudas acumuladas en los consumos básicos de agua y luz.
—¿Algo más que informar? —interrumpió Alessandro, con una voz gélida que cortaba el aire.
—No por ahora, señor. ¿Quiere que sigamos investigando?
—Investiga al exesposo —ordenó secamente—. Quiero saber hasta el último de sus movimientos.
Alessandro colgó el teléfono y lo arrojó sobre el escritorio.
Se puso de pie y caminó hacia el ventanal, mirando la ciudad a oscuras.
Una furia violenta y posesiva le recorría las venas.
"¿Cómo pueden existir hombres así?", pensó, apretando los puños dentro de los bolsillos de su pantalón de traje.
Él, un hombre rudo, dominante y frío, que en el fondo de su alma siempre había anhelado con todas sus fuerzas ser padre y la vida nunca le había dado esa oportunidad, no podía concebir que un cobarde abandonara y desamparara de esa manera a sus propias hijas.
Elena estaba sola, librando una batalla desproporcionada contra el mundo, y él no se iba a quedar de brazos cruzados.
Mañana sería otro día, y el tablero iba a cambiar para ella.
A la mañana siguiente, el torbellino de Alessandro se desató con precisión militar.
Lo primero que hizo fue presentarse en el colegio de la comunidad.
No iba a permitir que sus futuras hijas pasaran una sola tarde más sufriendo las humillaciones de los demás.
Alessandro no solicitó una cita; entró por la fuerza a la dirección, imponiendo su presencia ante el director del establecimiento.
—Las niñas serán trasladadas de forma inmediata a un colegio privado, uno de los mejores de la ciudad —sentenció Alessandro, plantándose frente al escritorio del director con su imponente presencia de traje gris hecho a la medida—.
El motivo formal serán sus excelentes calificaciones. No quiero trabas ni burocracia.
El director, intimidado por la mirada implacable del hombre, intentó balbucear una objeción sobre los reglamentos del traslado. Alessandro se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia, y su voz bajó a un tono peligrosamente susurrante:
—Si escucho una sola queja o un solo retraso en este papeleo... hoy al mediodía esta escuela estará en la quiebra absoluta, clausurada y sin un solo alumno en sus aulas.
Se giró sobre sus talones para marcharse, pero antes de cruzar la puerta, miró de reojo al director:
—Y además, el costo del traslado y el transporte escolar ya está incluido. Muévase.
De ahí, Alessandro se dirigió al jardín infantil de la pequeña. Sin mediar palabra, realizó una cuantiosa donación económica destinada de inmediato a la implementación de artículos pedagógicos y al mejoramiento estructural del lugar. Quería asegurarse de que el entorno de la menor fuera perfecto.
Finalmente, llegó a su empresa. Al entrar a su oficina ejecutiva, presionó el intercomunicador y citó de urgencia al gerente de Recursos Humanos.
—Toma esta dirección —le dijo, entregándole un papel con los datos de la casa de Elena—.
Envía a un asistente social o un representante de la empresa hoy mismo.
Van a contratar a la señora de esa casa para que se encargue por completo de preparar las colaciones diarias del casino de nuestra corporación.
El gerente parpadeó, extrañado por la inusual orden.
—Pero señor, el casino ya tiene un proveedor de...
—A partir de hoy, ella cocina —lo cortó Alessandro con un tono que no admitía réplicas—.
Manden todos los ingredientes y los insumos necesarios a esa misma dirección en un camión de la empresa.
Todo el trabajo se realizará en su domicilio.
Ustedes se encargarán de enviar un transporte a retirar las comidas exactamente a las doce del medidodía.
Asegúrate de pagarle un sueldo excelente, tres veces por encima del mercado.
Cuando el gerente salió de la oficina a cumplir la orden, Alessandro se dejó caer en su sillón ejecutivo, exhalando un largo suspiro.
Sabía que Elena era una mujer orgullosa, con una estructura rígida que jamás aceptaría la caridad de un extraño, y mucho menos de un hombre que se le presentara de golpe. Tenía que ser inteligente.
"Esta es mi única forma de ayudarte por ahora, Elena", pensó el halcón, mirando la fotografía de la cafetería que sus hombres le habían enviado.
"Porque si me presento hoy, me vas a rechazar. Tienes demasiado miedo. Esto tiene que ser algo pausado, con mucha calma... hasta que llegue el momento de reclamarte".