CAPÍTULO 7 Las raíces del aloe vera
Elena se levantó del suelo de la cocina con un dolor sordo en las articulaciones, pero con la mandíbula apretada.
El llanto no iba a pagar las facturas, ni a llenar el refrigerador, ni a sanar la piel de su hija.
Con los ojos todavía hinchados y la respiración entrecortada, abrió la despensa y comenzó a cocinar.
Esta traición tampoco la detendría. Si el hombre que prometió protegerlas había decidido bajarse del barco, ella remaría el doble de rápido.
A la 1:30 de la tarde, la puerta principal se abrió y Romina y Camila entrarán cargando sus mochilas. El olor a comida recién hecha inundaba la casa, un escudo invisible contra la tormenta financiera que se avecinaba.
—¿Cómo les fue, mis amores? ¿Tienen deberes para hoy? —preguntó Elena, manteniendo la voz firme y la espalda recta mientras servía los platos.
—No, mamá, todo bien —respondió Romina de inmediato, con esa madurez protectora que ya se le estaba haciendo costumbre—. En la escuela todo estuvo tranquilo, no nos molestaron hoy.
Elena sabía que era una verdad a medias, un pacto de silencio para no cargarle más la mano.
—Qué bueno, hijas. Entonces almuerzan rápido, se cambian de ropa y vamos juntas a buscar a la pequeña al jardín.
Después pasamos un rato al parque, ¿les parece?
—Elena se giró hacia la barra, evitando que Romina le viera el rostro de frente—.
Así buscamos un poco de aloe vera para ponerte en los brazos, hija.
Para que esas heridas de la piel sanen un poco.
Romina la miró fijamente, intentando buscar sus ojos, pero Elena esquivó la mirada simulando lavar un vaso. Tenía que esconder su dolor a como diera lugar; su fortaleza no podía mostrar fisuras frente a sus soldados.
Minutos después, las tres salieron de la casa tomadas de las manos. Caminaron las cuadras que las separaban del jardín infantil en una hilera apretada, como un bloque compacto contra el mundo. Al llegar, la menor de dos años la vio cruzar la puerta y corrió hacia ella con sus pasos torpes y rápidos.
—¡Mamá! —gritó la pequeña, colgándose de su cuello.
Esa palabra, ese abrazo ruidoso y tibio fue la inyección de adrenalina que Elena necesitaba.
Ese era el combustible que le recordaba por qué valía la pena cada costura nocturna, cada humillación social y cada suspiro.
Fuera del jardín, caminaron hacia el parque del barrio.
La tarde seguía gris, pero Elena, en un impulso de rebeldía contra la escasez, se acercó al carrito de los helados y les compró uno a cada una.
Mientras veía a sus tres hijas lamer el helado bajo los árboles, un pensamiento gélido la cruzó: "¿Cómo voy a pagar la luz el próximo mes si gasto esto ahora?"
. No lo sabía. No tenía la menor idea. Pero ese día, esas pocas horas de paz, eran de ellas.
Su ex les había quitado el sustento, pero ella no permitiría que les quitara la infancia.
Mientras las niñas reían cerca de los columpios, Elena no notó que entre las sombras de los castaños del parque, dos hombres de traje oscuro permanecían estáticos.
Eran como fantasmas mimetizados con el entorno, observando la escena, tomando notas y enviando reportes en tiempo real a la oficina central de Alessandro.
El halcón no les quitaba los ojos de encima, registrando la desgarradora belleza de esa madre que, estando en la quiebra absoluta, aún tenía la dignidad de regalarle una sonrisa y un helado a sus hijas.
Al regresar a la casa, el peso de la realidad volvió a caer sobre las cuatro paredes.
Tras bañar y acostar a las dos menores, Elena se refugió en la penumbra de su cocina con su eterna taza de café.
Las luces estaban apagadas para ahorrar energía, dejando solo el reflejo de la luna entrando por la ventana.
De pronto, la silueta de Romina apareció en el marco de la puerta. Sus ojos de quince años eran demasiado viejos para su edad.
—¿Qué pasó, mamá? —preguntó la adolescente en un susurro, acercándose a la mesa.
Elena miró la taza, suspiró y deslizó el sobre del tribunal sobre la madera.
—Tu papá, hija... Ya no nos va a dar más dinero. Puso un papel en el juzgado diciendo que se quedó sin trabajo.
Romina no lloró. Solo apretó los puños, asimilando la noticia con la misma madurez con la que cargaba su psoriasis.
—Eso significa que tendremos que apretarnos el cinturón aún más, hija —continuó Elena, intentando que no se le quebrara la voz—.
Mañana mismo hablaré con tu tía para que se quede con tu abuela por un tiempo.
No quiero que mi mamá vea todo este proceso y, además, así tendré más horas libres para ver qué hago, qué coso o qué cocino para generar más dinero para la casa.
Lo único bueno de todo esto, Romina... es que tenemos esta casa.
De aquí no nos pueden echar. Esta estructura es nuestra.
Elena estiró la mano y acarició el brazo áspero de su hija mayor.
—Todo esto, hija, te tiene que servir de experiencia. Hoy eres una hija, pero mañana tú también tendrás tu propio hogar, tu propia vida. Por eso... por eso lo único real que te puedo dejar son tus estudios. Nadie te puede quitar lo que tienes en la cabeza. No dependas de nadie, Romina. Nunca.
Romina abrazó a su madre en la oscuridad de la cocina, sellando un pacto silencioso de supervivencia.
Lo que ninguna de las dos imaginaba era que el informe de esa conversación ya estaba sobre el escritorio de madera de Alessandro, y que la paciencia del hombre más implacable de la ciudad se había agotado por completo al leer sobre la última canallada del exesposo.