CAPÍTULO 6 La caída del último pilar
El encanto del café cortado y el pan con queso se evaporó de golpe cuando Elena miró la pantalla de su viejo celular.
Faltaba poco para la una de la tarde. El tiempo, ese enemigo invisible que siempre corría más rápido que ella, la obligaba a volver a casa; las niñas saldrían pronto de la escuela y el almuerzo debía estar sobre la mesa con la puntualidad de siempre.
Pagó la cuenta con las pocas monedas que le quedaban en el monedero y salió de El refugio de la soledad.
Caminó con paso lento, sintiendo el frío de la lluvia en el rostro y el cuerpo pesado de cansancio, sin percatarse jamás de que, a una distancia prudente, los hombres de Alessandro seguían cada uno de sus movimientos, registrando su ruta y el vecindario donde vivía.
Al llegar a la reja de su casa, la voz de su vecina rompió el silencio de la calle.
—¡Elena! Qué bueno que te encuentro. Llegó esto para ti hace un rato. El cartero me pidió que te lo entregara porque es urgente.
Elena se giró, forzó una sonrisa de agradecimiento y tomó el sobre blanco.
No llevaba el sello de una cuenta de luz o agua.
Tenía el membrete de un tribunal de familia.
Sintió un presentimiento helado en la boca del estómago, pero cruzó el umbral de su puerta, dejó la bolsa en la cocina y, aún con el abrigo puesto, abrió el papel.
Fue como recibir un golpe directo al pecho.
Era una notificación judicial interpuesta por su exesposo: declaraba formalmente estar sin trabajo y solicitaba la suspensión del pago de la pensión alimenticia de las tres niñas por tiempo indefinido.
Ese fue el detonante. La última cuerda que sostenía su mundo se cortó.
Elena no llegó a la cocina. Se derrumbó ahí mismo, dejándose caer de rodillas sobre el piso del pasillo que acababa de limpiar esa misma mañana.
Se sentó en el suelo frío, abrazándose las piernas, y comenzó a llorar.
Fue un llanto desgarrador, un grito ahogado que venía desde las entrañas, rompiendo el silencio sepulcral de la casa vacía.
La soledad de sus cuatro paredes fue testigo del quiebre absoluto de una mujer que ya no podía más.
En medio del llanto, la traición se volvió un dolor físico en su pecho.
No podía entenderlo. ¿Cómo el mismo hombre que había esperado a esas niñas con tanto anhelo podía darles la espalda?
Elena recordaba con una claridad dolorosa la felicidad en el rostro de él cuando le contaba de cada embarazo; recordaba cómo corría desesperado a la clínica cada vez que alguna se enfermaba en la madrugada.
Él había estado ahí. Había participado activamente en cada uno de sus partos.
Él había visto con sus propios ojos cada desgarro físico y emocional que Elena sufrió para traer a sus hijas a este mundo.
En cambio ahora, con la misma frialdad con la que empacó sus maletas buscando "paz", les quitaba el único sustento seguro que tenían.
"¿En qué piensa?", se preguntaba Elena, limpiándose las lágrimas que no paraban de brotar, manchando el papel de la notificación.
"¿Acaso piensa que las niñas dejan de comer porque él no tiene trabajo? ¿Piensa que no necesitan vestirse, que el colegio perdona las cuotas o que los materiales escolares se consiguen gratis?" .
La realidad económica se le vino encima como una avalancha.
Había facturas de luz y agua acumuladas en el cajón, la alacena necesitaba reabastecerse y sus colaciones y costuras nocturnas jamás alcanzarían para cubrir el vacío de una pensión completa.
Estaba sola. Completamente sola en el suelo de su casa, con el alma rota y el miedo atenazándole la garganta, sin saber que afuera, en la esquina de su calle, el informe de su colapso ya estaba siendo enviado directamente al teléfono de Alessandro.