EL ANCLA EN LA TORMENTA CAPÍTULO 4 El veneno de los demás
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CAPÍTULO 4 El veneno de los demás

La crueldad del mundo exterior no tardó en golpear la fortaleza de Elena a través de lo que más le dolía: sus hijas.

En la escuela, los niños, repitiendo los comentarios cargados de prejuicios que escuchaban en sus propias casas, comenzaron un acoso constante.

"No tienen papá", "Su papá no las quiso, por eso se fue", eran las frases hirientes que como flechas perseguían a las niñas por los pasillos.

Romina, con sus quince años y la piel ardiendo por la psoriasis, se convirtió en un escudo viviente.

Se tragaba las lágrimas y defendía ferozmente a Camila, la de trece, quien se encerraba en un silencio hostil y doloroso.

Ninguna de las dos le decía nada a Elena.

Sabían que su madre no dormía por las noches, y Romina, en la penumbra de su habitación, pasaba la aguja con cuidado para remendar su uniforme escolar desgastado.

Cosía a oscuras, conteniendo la respiración, con el único y desesperado fin de no causarle un solo problema o gasto extra a su mamá.

Afuera del colegio, el aislamiento para Elena era total.

Sus amigas se habían desvanecido una a una.

La lógica de la sociedad era perversa: si una mujer no tiene tiempo para cafés, juntas o salidas nocturnas debido a que cuida de tres hijas y una madre discapacitada, se convierte en un "estorbo" social.

Dejaron de invitarla, la eliminaron de sus vidas como quien desecha un objeto que ya no es útil.

Elena aprendió a la mala que si no sirves para el entretenimiento de los demás, simplemente dejas de existir.

Quedaron solas: ella, sus hijas y su madre. Nadie más.

Ese abandono colectivo demolió su autoestima.

Elena se miraba al espejo y ya no veía rastros de la mujer que alguna vez fue.

Su cuerpo, transformado por tres partos, ya no tenía la silueta de los veinte años.

Su larga melena, de la que antes se enorgullecía, ahora vivía oculta en un rodete desaliñado y rápido, atado en lo alto de la cabeza para que no le estorbara mientras limpiaba o cosía.

Los pantalones ajustados que encendían la pasión en su pasado fueron reemplazados por prendas anchas, cómodas y opacas.

Sin una gota de maquillaje, se repetía a sí misma que ya no era una mujer para lucir; solo era una madre, una hija proveedora, una máquina de trabajar.

Su feminidad estaba sepultada bajo capas de tela holgada.

El miedo a volver a confiar en un hombre se transformó en una muralla infranqueable. ¿Quién iba a querer a una mujer con tantas cargas? Además, el terror de meter a un extraño a una casa habitada solo por mujeres, por miedo a que pudieran hacerle daño a sus hijas, la paralizaba.

Aun así, la soledad es un monstruo silencioso.

Al escuchar a la gente hablar de redes sociales, Elena, buscando una ventana al mundo, creó un perfil en una aplicación.

Por vergüenza y baja autoestima, no usó una foto suya; colocó una caricatura.

Al principio, aceptar solicitudes de amistad le devolvió la ilusión de interactuar con adultos.

Pero la realidad volvió a golpearla. Cada vez que entablaba una conversación y, con honestidad, confesaba que era separada, con tres hijas y una madre enferma a su cargo, los hombres dejaban de escribir de inmediato.

Aprendió a ocultar su verdad. Durante varias semanas, habló con un hombre con el que se sintió increíblemente cómoda; las risas y la atención digital le devolvieron un brillo ficticio.

Sin embargo, cuando se sintió lo suficientemente segura y le confesó la realidad de su hogar, ocurrió lo de siempre: él desapareció sin dejar rastro. El rechazo se volvió su sombra.