CAPÍTULO 3 La penumbra de las seis y media
Los días de Elena no comenzaban con el sol, sino con la alarma implacable de las 6:00 de la mañana.
Se levantaba a oscuras, con el cuerpo entumecido, para preparar el desayuno de las cuatro mujeres que dependían de ella.
A las 7:00, la rutina del hogar se activaba.
Mientras Romina se alistaba sola en silencio, Camila exigía un peinado diferente cada mañana, una pequeña tiranía diaria que Elena cumplía para evitar otra batalla de gritos antes de la escuela.
Luego venía el turno de la menor, que a sus dos años aún no emitía palabras, comunicándose solo a través de llantos y travesuras que demandaban atención absoluta para prepararla para el jardín.
Tras dejar a las mayores juntas camino al colegio y a la pequeña en el jardín, el regreso a casa no significaba descanso.
Era el momento de su madre. Elena preparaba un segundo desayuno, alimentaba a la anciana con paciencia infinita y luego se entregaba al ritual sagrado de la limpieza.
El lavado de ropa en una casa de cinco mujeres era una tarea de Sísifo: una montaña rusa de uniformes, sábanas y prendas que parecía no tener fin.
A las 1:30 de la tarde, justo cuando Elena lograba sentarse a solas con una taza de café, la puerta se abría nuevamente.
Las mayores regresaban de la escuela. El almuerzo se servía con precisión matemática, seguido de la rutina de los deberes escolares y el cuidado de su madre.
Para cuando Elena regresaba con la menor del jardín, la vivienda volvía a convertirse en un campo de batalla de juguetes tirados, el cuidado de los animales domésticos y las peleas por ver quién entraba primero a la ducha.
La cena se servía estrictamente a las 6:30 de la tarde. Una vez que todas estaban bañadas, cambiadas y acostadas, la verdadera Elena aparecía.
A las 9:00 de la noche, con la casa finalmente en silencio, Elena se sentaba sola en la penumbra de su cocina.
Sostenía una taza de café caliente entre sus manos, mirando la oscuridad del pasillo.
En esa completa soledad, el peso de su armadura la aplastaba.
Anhelaba, con una intensidad que le quemaba el pecho, que por una vez en la vida las cosas fueran al revés.
Deseaba que alguien entrara por esa puerta, le sirviera un café a ella y le dijera al oído con una voz firme y segura: "Tranquila, yo me encargo de todo hoy. Yo cuido a las niñas, yo cocino, tú descansa".
Pero en su realidad, esa voz no existía.
Finalmente, Elena dejaba todo limpio y ordenado para el día siguiente y se metía a la ducha.
Era allí, bajo el agua caliente, donde caían las máscaras.
Se paraba frente al espejo empañado, limpiaba el vidrio con la mano y se miraba fijamente.
No veía a una mujer de cuarenta años con un futuro por delante; veía un reflejo apagado, unos ojos sin brillo, una mujer herida, cansada hasta los huesos y consumida por una estructura perfecta que la estaba matando por dentro.
Lo que Elena no sabía era que esa simetría asfixiante estaba a punto de romperse para siempre la tarde en que decidió, por pura fatiga, entrar a aquella cafetería del centro...