EL ANCLA EN LA TORMENTA CAPÍTULO 2 El arte de estirar los días
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CAPÍTULO 2 El arte de estirar los días

Pronto, la supuesta "paz" del divorcio se transformó en una batalla económica feroz.

La pensión mensual que él enviaba pronto demostró ser un chiste frente a los gastos reales de una casa con cinco mujeres en una ciudad tan costosa.

El dinero de la pensión de la madre de Elena apenas alcanzaba para los pañales, medicamentos y cuidados específicos de la anciana.

Elena entendió de golpe que no tenía el lujo de derrumbarse ni de buscar un trabajo fuera de casa; su madre y su hija menor la encadenaban a esas cuatro paredes.

Así fue como sus manos, ya cansadas de lavar y limpiar, se convirtieron en su única fuente de ingresos extra.

La mesa del comedor se transformó en un taller improvisado de costuras a altas horas de la noche, y la cocina en una línea de producción de colaciones para vender a los vecinos.

Cada moneda contaba, cada centavo se calculaba milimétricamente para que a las niñas no les faltara comida ni educación.

El estrés de la casa comenzó a pasarle la cuenta a las personas que Elena más amaba.

Romina, la mayor de quince años, maduró de golpe.

Sus ojos adolescentes vieron el desgaste en el rostro de su madre y, en lugar de rebelarse, se convirtió en su soldadito de batalla.

Entre las dos sostenían el hogar, compartiendo miradas de complicidad y angustia que ninguna niña de su edad debería tener.

Pero el cuerpo no miente. La presión silenciosa que Romina se autoimpuso para no dar problemas estalló en su piel: una psoriasis severa comenzó a cubrir sus brazos y espalda, un grito silencioso de auxilio que a Elena le partía el alma cada vez que le aplicaba las cremas.

Por el contrario, Camila, de trece años, reaccionó volcando su frustración hacia afuera.

Sintiendo que la atención de su madre se dividía entre la abuela enferma, las finanzas y la enfermedad de su hermana mayor, comenzó a volverse agresiva, contestataria y rebelde.

Cada portazo, cada contestación brusca de Camila no era más que un desesperado intento por llamar la atención de una madre que parecía estarse desvaneciendo frente a sus ojos.

Elena cargaba con todo: con el dolor de ver a sus hijas sufrir las secuelas de la separación, con la invalidez de su madre y con la angustia económica que la despertaba por las noches con el pecho apretado. Su vida se había convertido en una trinchera.