EPÍLOGO #2
El pánico la asaltó al instante. Estaba tendida sobre un suelo de mármol negro con filigranas doradas y blancas, tan pulido que parecía un espejo.
Al levantar la vista, vio que se encontraba en una inmensa sala que le recordaba a la antigua Grecia o a la mismísima Esparta.
Enormes columnas de piedra se alzaban hacia un techo altísimo, iluminadas por un sofisticado sistema de luces integradas en la arquitectura que bañaba la estancia con un resplandor tenue.
Todo a su alrededor respiraba un lujo decadente, una mezcla brutal entre la majestuosidad de un palacio milenario y la fría elegancia de la modernidad.
Pero en el instante en que su mirada se enfocó justo frente a ella, su corazón directamente dejó de latir.
Justo ante sus ojos se alzaba una escalinata que culminaba en una estructura aberrante, un choque atroz con la modernidad y el lujo que la rodeaban.
Era un inmenso trono forjado en oro macizo con huesos entrelazados…
huesos humanos. Los cráneos y fémures pulidos se fundían con el metal brillante creando una obra de arte totalmente grotesca y aterradora.
Y sentado en él, observándola como quien observa a una cucaracha a la que quiere aplastar bajo su bota, estaba un hombre con una presencia todavía más amenazadora que el trono sobre el que descansaba.
Era alto, con el pelo oscuro y liso recogido en una coleta baja perfectamente peinada; vestía un traje completamente negro con un escudo grabado en la chaqueta, el mismo emblema que había visto en el pecho de su secuestrador antes de perder el conocimiento.
Pero lo más espeluznante de todo eran sus ojos: de un color azul tan eléctrico que parecían irreales.
La observaba con un aire de superioridad absoluta.
Su presencia era tan imponente y estaba cargada de una oscuridad tan densa que el aire a su alrededor parecía vibrar.
—¿Dónde estoy? ¿Quién demonios eres y qué quieres de mí? —logró preguntar, aunque su voz fue apenas un susurro.
El hombre se inclinó ligeramente hacia delante, apoyando el mentón sobre una mano enguantada.
—Estás en Aiónia —respondió él con una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos—. Y yo… soy su rey, Ares Vykros.
Ares se puso en pie. Descendió los peldaños del estrado con una elegancia depredadora; sus pasos resonaban contra el mármol negro mientras Marian lo observaba acercarse como si se tratara de la mismísima Parca.
Se detuvo a escasos metros, escrutando su vestido blanco manchado de polvo y su rebeca de lana gris; un ridículo contraste de luz en un reino donde nunca salía el sol.
—¿Aiónia? —susurró, confundida.
—Tu querida amiga ha tenido la mala fortuna de meterse en medio de una guerra que no le pertenece —continuó Ares, mirándola desde arriba con absoluto desprecio—.
Athan cree que su falsa libertad es una victoria, pero la victoria no es más que una cuestión de perspectiva.
Ahora, la pequeña nigromante debe pagar el precio de su insolencia… y tú eres la moneda de cambio perfecta.
Marian tragó saliva. El pánico le oprimía el pecho y apenas le dejaba respirar, pero su mecanismo de defensa —esa vena incorregiblemente charlatana que siempre salía a relucir cuando estaba nerviosa— tomó el control antes de que pudiera morderse la lengua.
—No sé quién te crees que eres, pero estoy muy segura de que te estás equivocando de persona —soltó, esforzándose por mantener la voz firme desde el suelo—.
Y no sé a qué te refieres con eso de nigro …
nigromante. Por el amor de Dios, ¿en qué época te crees que estamos?
¿Quién habla así? Si te refieres a Evie, ella es estudiante de derecho, no…
sea lo que sea eso. Y, por cierto, su tío es abogado, y pienso encargarme de que te ponga una demanda por esto y acabes en la cárcel por secuestro, capullo.
Ares la observó en silencio durante un segundo interminable, incapaz de creer que aquella humana insignificante se atreviera a insultarlo.
Su expresión no cambió, pero había una frialdad letal en sus ojos azules, y una sonrisa prepotente asomó a sus labios mostrando a propósito la punta de uno de sus colmillos.
—Tu perdición ha sido amar a las personas equivocadas, Marian Bellamy —pronunció su nombre despacio, demostrándole que sabía exactamente quién era—.
Tu amiga no es lo que tú piensas, mi pequeña y patética humana.
Y si alguien tiene la culpa de que tú estés hoy aquí, es ella.
Pronto te darás cuenta de que tal vez no merezca esa lealtad que tanto le profesas.
Hizo un gesto indolente con la mano, apenas un leve movimiento de sus dedos enguantados hacia las sombras que flanqueaban el inmenso salón. De la oscuridad emergió un guardia enorme con el rostro oculto bajo la capa, que avanzó hacia ella en silencio.
—Llévala abajo. A la celda más profunda —ordenó Ares, dándole la espalda y volviendo a subir los peldaños hacia su horripilante trono de huesos.
Pero antes de llegar a la cima, se detuvo en seco. Una idea todavía más oscura y retorcida cruzó su mente.
—Detente, Ikaos —su voz cortó el aire como un trueno, haciendo que el guardia se congelara al instante justo cuando iba a agarrar a Marian.
Ares giró la cabeza lentamente, mirando por encima del hombro a la frágil figura que todavía lo observaba incrédula desde el suelo, y esbozó una sonrisa aún más sádica que la anterior.
—Mejor llévala al ala oeste, a la torre del silencio —corrigió, saboreando la crueldad de su propia idea—.
Arrójala en su celda. Será una nueva y perfecta forma de torturar a ese maldito.
Tal vez así esta humana insolente aprenda a cerrar la boca y descubra cuál es verdaderamente su lugar en nuestro mundo.
El guardia no le dio tiempo siquiera a reaccionar. Una mano gigantesca, envuelta en un guantelete de cuero oscuro, se cerró alrededor de su brazo con una fuerza que amenazó con dislocarle el hombro. Marian soltó un grito de dolor, pero el soldado la arrastró sin piedad fuera de la sala del trono.
Al escuchar la palabra «torre», Marian había dado por hecho que comenzarían a subir, pero fue todo lo contrario.
El guardia tiró de ella a trompicones hacia las profundidades del castillo.
El descenso fue un camino de pesadilla a través de incontables escalones de piedra y sombras.
Dejaron atrás la pulcritud y el lujo de los salones principales para hundirse en los calabozos que se ocultaban bajo sus cimientos.
Bajaron por unas interminables escaleras de caracol donde la luz de las antorchas escaseaba cada vez más, devorada por una penumbra asfixiante.
Con cada nivel que descendían, el aire se volvía más denso, más frío y cargado de un olor a moho y a fango.
Llegaron a un pasillo abovedado donde el silencio era tan absoluto que a Marian le zumbaban los oídos.
A ambos lados se alineaban decenas de celdas sumidas en la más estricta oscuridad.
El hedor a encierro y aquel ambiente lúgubre le pusieron el vello de punta; tuvo la absoluta certeza de que la estaban arrastrando al lugar más recóndito y olvidado de aquel maldito castillo.