EPÍLOGO #3
El guardia la obligó a avanzar hasta el final del corredor y se detuvo frente a la última celda. A diferencia de las demás, su puerta era de hierro macizo, negra y estaba reforzada por pesadas cadenas que parecían no haber sido abiertas en décadas.
Pero lo que verdaderamente hizo que el corazón de Marian diera un vuelco fue lo que rodeaba aquel calabozo.
La pared, enmarcando la puerta de hierro, estaba cubierta por múltiples símbolos extraños; trazos violentos que parecían runas antiguas o un lenguaje que ella fue incapaz de descifrar.
Al bajar la vista, se dio cuenta de que ambos estaban de pie sobre un enorme círculo grabado en la piedra del suelo, con una estrella de cinco puntas en su interior y rodeado por aún más de aquellos grabados ilegibles.
Le recordaba a los rituales de brujería de sus libros de fantasía.
Parecía estar atrapada en una especie de castillo encantado sacado de una pesadilla.
El guardia soltó las pesadas cadenas, que cayeron al suelo con un estruendo metálico que resonó por todo el pasillo. Antes de empujar la pesada puerta, la agarró por el brazo y tiró de ella, aplastando su espalda contra la fría armadura de cuero.
El monstruo inclinó la cabeza bajo la capucha y hundió el rostro en el cuello de Marian, aspirando profundamente su aroma con un gruñido que a ella le revolvió el estómago.
—Una lástima que tanta belleza se vaya a desperdiciar en un agujero como este —susurró con una risa ronca y escalofriante, rozando su piel con su aliento—. Espero que el amo recapacite y te dé un lugar como mascota… podríamos divertirnos mucho tú y yo.
Sin ningún tipo de delicadeza, la lanzó al interior de un empujón.
Marian perdió el equilibrio y cayó de rodillas, golpeando el suelo de piedra helada con un impacto tan fuerte que le sacó todo el aire de los pulmones.
La rebeca gris resbaló por sus hombros hasta caer al suelo, dejando al descubierto la frágil gasa blanca y la delicada puntilla de su vestido, que ahora parecía una minúscula mota de luz en medio de aquella oscuridad aterradora.
A su espalda, la puerta se cerró con un estruendo brutal. El chasquido de los cerrojos y las cadenas la hizo sentir como si estuvieran sellando su destino: moriría en aquella celda oscura olvidada de la mano de Dios .
Se quedó allí, de rodillas sobre la piedra áspera, temblando de pies a cabeza mientras intentaba que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. El frío le calaba hasta los huesos, pero el miedo la mantenía paralizada.
Fue entonces cuando le pareció escuchar algo.
Un crujido. El sonido pesado y metálico de unos enormes eslabones de hierro arrastrándose lentamente sobre la piedra.
El corazón de Marian se detuvo en ese preciso instante. No estaba sola…
Había. Alguien. Más.
Desde el rincón más oscuro y alejado de la celda, una sombra inmensa comenzó a moverse. Marian contuvo la respiración, incapaz de articular palabra, mientras la figura daba un paso hacia adelante, adentrándose en el débil haz de luz de antorcha que se filtraba por las rejas.
Era un hombre de estatura colosal. Su cuerpo, delgado y marcado por años de cautiverio, imponía un terror absoluto. Gruesas cadenas colgaban de sus muñecas, sus tobillos y su cuello, anclándolo a la piedra; pero lo que hizo que a Marian se le helara la sangre en las venas fue su rostro.
O, más bien, la ausencia de él.
Llevaba la cabeza completamente encerrada en una pesada máscara de hierro oxidado, un artefacto de tortura medieval que ocultaba sus facciones bajo placas de metal y remaches.
Unas pequeñas rajas verticales permitían el paso del aire a la altura de la boca, y una única abertura rasgaba el hierro a la altura de los ojos.
A través de esa oscura rejilla, su mirada brilló en la penumbra.
Sus ojos no se parecían a ninguno de los que ella había visto hasta ese momento; eran de un hermoso y extraño color plateado, tan frío que parecía líquido, casi como el mercurio.
Aquel tono único y perturbador, sumado a los ojos rojos de su secuestrador y al azul eléctrico de Ares, amenazaba con hacer colapsar su mente científica.
Su cerebro buscaba desesperadamente una explicación lógica a todo aquello, pero el pánico la estaba arrastrando hacia un lugar muy oscuro que le gritaba que aquellas criaturas, fueran lo que fueran, no eran humanas.
El prisionero dio otro paso, arrastrando pesadamente las cadenas tras él. Se acercó con curiosidad, como si no pudiera dar crédito a la visión de la pequeña criatura vestida de blanco que acababa de caer del cielo como un ángel, directamente a los pies de su infierno personal.
Se detuvo a escasos palmos de ella, invadiendo por completo su espacio y cubriéndola con su inmensa sombra.
Marian se encogió sobre sí misma, aterrorizada, pero fue incapaz de apartar la mirada de aquellos hipnóticos ojos plateados, completamente muda por primera vez en su vida.
Él se inclinó hacia delante, tan cerca que pudo sentir el frío que desprendía el hierro oxidado de su máscara.
El hombre de la máscara no dijo nada. Solo la observó en silencio con aquellos extraños ojos, mientras el destino de ambos quedaba sellado para siempre en la celda más profunda y oscura de Aiónia.