EPÍLOGO
El aroma dulce de las velas de vainilla se entrelazaba a la perfección con el olor reconfortante del café que flotaba desde la cocina.
Marian suspiró y se frotó los ojos irritados, apartando la mirada de la montaña de apuntes de anatomía y los gruesos libros de medicina que cubrían su mesa de estudio.
El reloj marcaba pasadas las dos de la madrugada.
El silencio del apartamento solo se rompía por el repiqueteo de la lluvia contra la ventana y el parpadeo ocasional de las luces de su habitación.
La tormenta era fuerte y le preocupaba que se fuera la luz; por eso había encendido más velas de lo habitual por toda la casa.
Si había algo que odiaba en este mundo eran las tormentas.
Siempre le habían dado pánico, desde pequeña, y las detestaba todavía más cuando estaba sola.
Evie solía dormir con ella en el sofá las noches así.
Su mejor amiga la conocía mejor que nadie, era como su propia hermana y siempre venía a buscarla para arrastrarla al salón con la excusa de ver alguna película o un programa nuevo en la televisión, para acabar quedándose dormidas rodeadas de mantas después de una buena taza de chocolate caliente.
Volvió a mirar el reloj, preocupada. Robert le había asegurado que volverían esa misma noche, pero todavía no había señal de ellos.
Habían pasado ya varias semanas desde que Robert había ido a casa de Drake a sacar a Evie de allí.
Aquel día, se la había llevado de la ciudad, sin querer decirle siquiera a Marian adónde.
Quería alejarla de Drake y de los Andreatos a toda costa.
Le había asegurado que estaba bien, incluso había podido hablar con ella un par de veces para confirmarle que había roto con él y que todo estaba en orden, pero Marian necesitaba comprobarlo con sus propios ojos.
Marian había insistido en varias ocasiones en ir a verla, pero Robert le repitió que no era un buen momento, que pronto volverían y que Evie necesitaba espacio y tiempo para olvidar y reflexionar.
Aun así, ella le mandaba mensajes a Evie a través de Robert a todas horas: contándole cómo iban las clases, mandándole fotos de su café habitual o de su rincón favorito de la ciudad.
Evie apenas le contestaba unas pocas veces, y siempre desde el móvil de su tío, ya que le había dicho que perdió el suyo el día que Robert la sacó de casa del imbécil de Drake.
Marian no quería ni pensar en cómo debió ser ese encuentro; solo esperaba que Robert le hubiese dado su merecido.
También estaba deseando contarle que David había resultado ser igual que Drake o peor.
Aparte de un manipulador y un mentiroso de lo peor, también había resultado ser un infiel y un hipócrita.
Se levantó para estirar las piernas. Llevaba puesto un vestido blanco de gasa fina y delicada puntilla, sobre el cual se había echado una rebeca de lana gris, demasiado grande, que le llegaba por los muslos, y unos gruesos calcetines blancos de algodón para protegerse del frío.
Aún no había querido ponerse el pijama; necesitaba estar lista por si Robert la llamaba porque había pinchado una rueda bajo el aguacero o por si tenía que salir a buscarlos al aeropuerto o a cualquier otro lado.
Joder, están tardando demasiado , pensó, volviendo a asomarse a la ventana.
Mientras caminaba hacia la cocina a por otro vaso de café, intentó convencerse de que el nudo en su estómago era solo producto del cansancio y del estrés de los exámenes.
Robert era el hombre más precavido del mundo, seguro que solo se habían retrasado por la tormenta.
Pero no podía quitarse de encima aquel mal presentimiento.
Fue entonces cuando escuchó.
Un ruido llegó desde la planta baja. Marian se quedó de piedra en mitad del pasillo.
Era el portal del edificio, estaba segura.
Conocía perfectamente el sonido de esa vieja puerta de hierro al abrirse.
Al ser una construcción antigua de un solo apartamento, estaban completamente solas allí, y nadie más que ellas y Robert tenía las llaves.
Pero aquel ruido era extraño. La llave hacía un sonido muy fuerte al girar en la cerradura y, sin embargo, no lo había escuchado.
Solo resonó el chirrido de la puerta al abrirse, una especie de lamento metálico que ella reconocería en cualquier parte, puesto que siempre bromeaba con Evie diciéndole que parecía que vivían en el castillo del terror con semejante ruido.
Un ladrón.
El corazón se le disparó contra las costillas.
Retrocedió lentamente hacia el comedor, agradeciendo mentalmente llevar puestos aquellos calcetines que le permitían deslizarse en absoluto silencio sobre la madera.
Agarró lo primero que vio que pudiera servirle de arma: un pesado abrecartas de bronce que usaban simplemente como decoración.
Se pegó a la pared del pasillo, conteniendo la respiración, rezando para no escuchar pasos que subieran por las escaleras.
Pero el silencio que siguió a continuación fue aún más aterrador.
No hubo pisadas cautelosas, ni el crujido de los viejos escalones que siempre anunciaba cuando alguien subía.
En su lugar, una corriente de aire congelado, antinatural y cargado de un olor a tierra mojada y a óxido se filtró por debajo de su puerta blindada.
Las llamas de sus velas de vainilla vacilaron hasta apagarse de golpe, lo que la hizo darse cuenta de que no había imaginado aquella corriente de aire…
era real. Alguien había abierto la puerta de abajo.
—¿Quién está ahí? —logró articular, con un hilo de voz que delataba su terror.
Su mirada voló instintivamente hacia su habitación.
Su móvil estaba allí, sobre la mesa de estudio, a escasos metros de distancia.
Su mente empezó a calcular a toda velocidad si sería capaz de echar a correr y alcanzarlo antes de que quienquiera que estuviese al otro lado de la puerta intentara entrar.
Pero antes de que pudiera dar un solo paso para ir a por él, el infierno se desató frente a sus propios ojos.
La puerta blindada, aquella que Robert le había asegurado que resistiría un asedio, recibió un impacto brutal. Sonó como si un objeto inmensamente pesado se hubiera estrellado contra el metal. Marian soltó un grito ahogado y retrocedió un paso, apretando el abrecartas con las manos temblorosas.
Segundos después, llegó un segundo golpe. Y luego otro más.
Cada golpe sacudía el suelo bajo sus pies y hacía vibrar las paredes, alimentando un pánico asfixiante que la dejó completamente paralizada.
Al cuarto impacto, el metal gimió y las gruesas bisagras de acero saltaron con un crujido ensordecedor.
La pesada lámina de acero blindado se hundió hacia dentro con una violencia brutal, reventando el marco de la pared y quedando colgada, ladeada y balanceándose, de una única bisagra retorcida.
El estruendo levantó una densa nube de polvo y yeso a lo largo de todo el pasillo.
Marian retrocedió a trompicones hasta chocar de espaldas contra el sofá del comedor, tosiendo por el polvo.
A través de la nube de partículas que flotaban por el aire, no vio entrar a los ladrones que ella esperaba.
Aquello era mucho peor. Eran sombras, figuras demasiado altas, cubiertas con túnicas oscuras, que cruzaron el umbral moviéndose con una fluidez que desafiaba la gravedad.
Su instinto le gritaba que corriera, pero sus piernas no respondían; estaba completamente bloqueada por el miedo.
Uno de ellos se adelantó; su rostro pálido como el mármol asomaba bajo la capucha, revelando unos ojos completamente rojos y una sonrisa de dientes amarillentos, puntiagudos y serrados que era absolutamente aterradora.
—Qué presa tan interesante para su majestad —susurró el intruso.
Su voz también sonaba antinatural, demasiado rota y profunda.
Aquel ser era enorme, y bajo la capa negra vestía una extraña armadura de cuero que no parecía de esta época.
En el centro de su pecho brillaba un gran símbolo grabado en dorado: una letra V.
Aquella criatura parecía sacada de sus peores pesadillas.
Antes de que Marian pudiera siquiera levantar el abrecartas, la sombra estuvo sobre ella.
Una mano fría como la muerte se cerró alrededor de su garganta, cortando su grito; su rostro se acercó a apenas unos milímetros del suyo y fijó sus ojos rojos en los de ella.
En ese preciso instante, el mundo de Marian se fundió en una absoluta oscuridad.
No supo cuánto tiempo permaneció atrapada en aquella pesadilla; entraba y salía de la inconsciencia, perdiendo por completo la noción del tiempo y de la realidad.
Ya ni siquiera sabía si todo aquello había sido real o el fruto de una fiebre muy vívida.
Solo era consciente de un frío letal que le entumecía todos los miembros del cuerpo y de una sensación de vértigo, como si la estuvieran arrastrando a través de un vacío sin fin.
—Despierta, pequeña humana.
Aquella voz que resonó cerca de ella, profunda, fuerte y cargada de autoridad, la arrancó violentamente de la inconsciencia.
Marian abrió los ojos de golpe, aspirando una bocanada de aire que la hizo toser.
Le ardía la garganta, la sentía seca y rasposa.
El aire que llenó sus pulmones ya no olía a vainilla ni a café; era un aire helado, limpio y húmedo como las noches de lluvia, pero con ese sutil e inconfundible olor a tierra mojada y cobre que había detectado en su apartamento.