El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 30 #2
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CAPÍTULO 30 #2

Un aire helado y estancado se filtraba por la abertura, cargado de un olor a tierra mojada y un rastro cobrizo.

Era el mismo aroma metálico que Evie había detectado en los perros de caza de Ares durante la batalla.

Aquel hedor asfixiaba el perfume dulce de las velas de vainilla de Marian, que solía filtrarse hasta el mismo portal como un recordatorio constante de que ya estaba en casa; era el aroma de su hogar, su lugar de paz.

Marian y ella habían hecho de ese apartamento su refugio, y ahora ese olor ya no estaba, tan solo quedaba un rastro lejano que no dejaba presagiar nada bueno.

—¡Marian! —gritó, sintiendo que el pánico le arañaba la garganta.

Esto no puede estar pasando. Por favor, ella no.

Subió los escalones de dos en dos, con Robert pisándole los talones.

Al llegar al rellano, sintió un vuelco brusco en el pecho.

La puerta de su apartamento colgaba precariamente de una sola bisagra.

Su tío, en su afán exagerado por protegerlas, había insistido en instalar la puerta blindada más segura del mercado, jurándoles que era absolutamente impenetrable.

Sin embargo, alguien la había arrancado casi de cuajo.

Solo una fuerza sobrenatural habría sido capaz de lograr algo así.

El interior era mucho peor de lo que habría imaginado.

Muebles volcados, sus libros y los de Marian hechos jirones, y una nevada de plumas blancas flotando en el aire denso de la habitación.

Entró a trompicones, buscando desesperadamente algún rastro de sangre, aterrorizada por la idea de encontrar el cuerpo de su amiga tirado en cualquier rincón.

Pero no había nada. El apartamento era un vacío absoluto.

Por un segundo, sintió una chispa de esperanza: quizás Marian no estaba en casa cuando atacaron.

Quizás estaba en la biblioteca, o tomando algo, ajena al horror que había arrasado su hogar.

Pero esa ilusión se evaporó en cuanto llegó a la habitación de Marian.

Se detuvo en seco. En el interior, clavada con saña en el centro exacto de la mesa de estudio —allí donde Marian pasaba las noches subrayando apuntes entre sus velas perfumadas—, una daga de empuñadura negra atravesaba un pergamino con una violencia tal que había astillado la madera maciza, casi partiendo la mesa en dos.

Evie se acercó, con el corazón martilleando contra sus costillas con tanta fuerza que le dolía el pecho. Sus dedos rozaron el pomo de la daga y reconoció el símbolo grabado en el metal de inmediato: el escudo real de los Vykros, el mismo que Athan llevaba en su sello.

—Se la han llevado, Robert… —susurró, y su voz sonó tan débil que él apenas pudo escucharla—. Se la han llevado por mi culpa.

Robert no respondió de inmediato. Se acercó a la mesa con el rostro desencajado, convertido en una máscara de pura impotencia y furia contenida.

Sus ojos se clavaron en la daga que atravesaba el tablero y, con un gruñido de esfuerzo, rodeó la empuñadura negra con su mano y tiró con saña.

Sus músculos se tensaron hasta que los nudillos se le pusieron blancos y, con un movimiento seco y violento, arrancó el metal.

El sonido de la madera astillándose de nuevo fue lo único que rompió el silencio del apartamento.

Liberó el pergamino y, sin soltar el arma, se lo entregó a Evie.

Se quedaron allí, hombro con hombro, mirando el papel que sostenía entre las manos.

Era una hoja gruesa que desprendía un sutil rastro a papiro antiguo.

Evie la desdobló con dedos temblorosos y sintió cómo se le helaba la sangre al ver la caligrafía.

Era una letra fina y remilgada, escrita con una elegancia y unas florituras que dejaban claro que no pertenecían a esta época.

Al final de la nota, impreso en cera roja, brillaba el sello de los Vykros.

El mensaje era corto, pero Evie sintió que se le caía el mundo encima al leerlo:

La victoria puede ser un espejismo, pequeña nigromante. Si quieres volver a ver a tu ruidosa amiga con vida, ven a Aiónia Nyctha, la ciudad de la noche eterna.

El rey Ares Vykros te espera.

Robert leyó por encima de su hombro y un gruñido de rabia y frustración escapó de su garganta.

—Es una trampa, Evie. ¿Acaso no lo ves? —susurró, aferrando la daga que aún sostenía con todas sus fuerzas—.

Ares ya debe saber que Athan es libre y va a por él.

Nadie entra en Aiónia sin su autorización o a sus espaldas.

Es una ciudad impenetrable, blindada por una magia sumamente poderosa.

Lo que busca es tenerte allí para manipular a Athan a su antojo, para encerrarlo de nuevo y evitar que reclame el lugar que le pertenece.

Evie no apartó la vista de aquellas letras arrogantes que firmaban el destino de Marian. Sintió una chispa caliente y oscura prendiendo en su pecho.

—No pienso abandonar a Marian a su suerte, Robert.

No me importa que sea una trampa —sentenció ella.

Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del amuleto, sintiendo el calor de la magia vibrar contra su piel, como si fuese algo vivo; como si pudiese apoyarse en la fuerza de Athan a través de ese simple objeto.

—Vamos a regresar a Étretat. Me vas a ayudar a abrir ese maldito portal y voy a reencontrarme con Athan y Shiloan.

Tienen que saber lo de Marian antes de atacar Aiónia, ella no puede sufrir ningún daño.

Levantó la mirada hacia su tío. Ya no había rastro de la antigua Evie en sus ojos, no quedaba nada de la alegre estudiante de derecho que vivía en ese piso junto a su amiga; ahora era la heredera de los Betancourt, bañada por un destello violeta que chisporroteaba a su alrededor y que prometía venganza contra los que se habían atrevido a robarle a la única persona del mundo a la que amaba tanto como a Robert.

—Shiloan me dijo que mi magia era un océano y que yo no sabía nadar… —murmuró, estrujando el pergamino en un puño—. Pero te juro que voy a encontrar la puta ciudad de Aiónia y voy a hacer que sea Ares Vykros quien se ahogue en ella.