El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

La noche siguiente no trajo consigo el descanso que todos merecían, sino un frío antinatural que se aferraba a los huesos como una advertencia silenciosa de lo que estaba por venir.

Evie se quedó de pie en el borde del acantilado, observando cómo la luna llena se filtraba entre la bruma espesa que siempre envolvía Étretat.

Abajo, el mar golpeaba la roca caliza con furia; un rugido blanco de espuma que parecía querer tragarse los últimos restos de la batalla.

Le fascinaba la violencia de esas olas. Eran tan hermosas como letales, exactamente igual que el mundo al que ahora pertenecía.

Se ajustó el abrigo contra el pecho, sintiendo bajo la tela el peso frío y oscuro del amuleto.

A su espalda, en el patio del castillo solo quedaban los cuerpos exhaustos de los que habían sobrevivido a la batalla.

Geo fue el primero en acercarse. El gigantesco vampiro caminó hacia ella, pero sus pasos no resonaron con la pesadez de siempre.

Se movía de una forma fina, casi demasiado elegante para un hombre de su envergadura.

Se detuvo frente a Evie y, en lugar de inclinar la cabeza como el soldado que era, ladeó el rostro de una forma extraña.

Fue un movimiento lento, acompañado de una mirada tan intensa que la hizo sentir profundamente incómoda.

—Gracias por devolvernos a nuestro rey, Evie —dijo Geo. Su voz ronca sonó extrañamente suave, arrastrando las sílabas—. No te preocupes, yo me encargaré de que ocupe el lugar que le corresponde. Te doy mi palabra.

Evie frunció el ceño. Las palabras eran las correctas, pero había una nota de familiaridad en ellas que le resultó extraña.

Entonces, Geo alzó una de sus enormes manos e hizo ademán de apartarle del rostro un mechón de pelo azotado por el viento.

Fue un gesto tan íntimo que Evie se apartó casi por instinto.

Él pareció detectar su incomodidad y dejó caer la mano a medio camino, ofreciéndole una media sonrisa ladeada, cargada de una confianza fría que no concordaba con su rostro de guerrero.

Un escalofrío le bajó por la columna vertebral.

Aquella forma de observarla desde arriba, con esa suficiencia silenciosa…

le provocó una punzada de inquietud que no supo nombrar.

Pero antes de que su mente agotada pudiera analizar aquel rastro de extrañeza, la presencia de Shiloan rompió el espejismo.

El brujo se paró a su lado, evaluándola con la precisión de un maestro que por fin ve a su alumna graduarse.

—Tienes el poder de los Betancourt, de eso ya no hay duda —murmuró Shiloan—. Pero todavía eres un peligro para ti misma, Evie. Tu magia es un océano y tú apenas sabes nadar. Entrena, muchacha, practica todo lo que te hemos enseñado.

El brujo señaló los muros del castillo, cuya piedra parecía absorber la luz de la luna con un resplandor sobrenatural.

—Este castillo pertenece a mi aquelarre, los Dolovain.

Ya nadie lo usa, apenas quedamos unos pocos, pero cualquiera de los míos acudirá en tu ayuda si lo necesitas.

Haz de este lugar tu santuario, como lo ha sido de Athan durante los últimos años; la magia que corre por estas paredes protegerá la tuya mientras aprendes a dominarla.

No dejes que la oscuridad te consuma, Evie; aprende a controlarla y demuéstrame cuánto has mejorado cuando volvamos a vernos.

Evie asintió, asimilando el peso de aquella oferta.

Era un gesto de hermandad inmenso entre dos aquelarres marcados por la pérdida.

Aquel castillo, que al llegar le había parecido una prisión, se convertía ahora en un verdadero hogar; un refugio donde por fin podría ser ella misma y dejar fluir su magia sin miedo.

A unos metros de distancia, Robert se apoyaba contra la base de piedra de una gárgola.

Apenas parecía tener fuerzas para sostenerse.

Su piel, de un blanco azulado y traslúcido, seguía atrapada por el frío del «otro lado».

A Evie le dolía mirarlo, ver el rastro de la muerte grabado en el rostro de alguien que siempre desbordaba vida.

Pero estaba respirando. Estaba vivo. Lo había traído de vuelta y eso era lo único que importaba ahora.

Entonces, el mundo entero pareció desvanecerse cuando Athan caminó hacia ella.

Ignoró el chasquido de asco de Alana y las miradas curiosas de sus guardias.

Para él solo existía ella. Sus ojos azules, encendidos con una intensidad que Evie nunca le había visto, se clavaron en los suyos.

Sus enormes manos le acunaron el rostro y la besó con una urgencia abrumadora, sin dejar espacio para dudas ni despedidas.

Fue un beso desesperado, un juramento silencioso de que volvería a por ella costara lo que costara.

—Debería ir contigo —susurró ella cuando se separaron, con los labios todavía ardiendo por el beso—. Mi magia podría darte la ventaja que necesitas, podría…

—Lo sé —la interrumpió Athan, acunando su mandíbula con firmeza y mirándola con devoción—.

Sé que llevar conmigo a la bruja más poderosa que ha visto este siglo me daría una ventaja increíble sobre mis enemigos; estoy seguro de que me darías la victoria.

Pero no voy a arriesgarme, Niní, no cuando esa misma bruja es mi vida entera.

Una ráfaga de viento helado les azotó el rostro, pero él no apartó la mirada de ella ni un segundo.

—No podría luchar sabiendo que te estoy poniendo en peligro.

Necesito saber que estás a salvo, lejos de la guerra que se va a desatar en cuanto pongamos un pie en Aiónia.

Quédate aquí. Entrena. Hazte tan fuerte que nadie vuelva a atreverse a mirarte a los ojos pensando que puede dominarte de alguna forma.

—Lo haré. Entrenaré y lograré dominar mi magia por completo, te lo prometo.

—Espérame, mi reina —murmuró él, dejando un último roce áspero en su mejilla—. Pronto regresaré a por ti, kardía mou .

Se giró hacia Shiloan y asintió. El brujo alzó las manos hacia el horizonte nocturno.

El aire crepitó, cargado de estática y olor a azufre, hasta que la realidad misma se rasgó con un sonido atronador.

Un portal de sombras giratorias se abrió ante ellos, revelando al otro lado los pilares caídos de un templo olvidado bajo el cielo estrellado de Grecia.

Shiloan, Alana y Khion cruzaron primero.

Geo dedicó una última inclinación de cabeza a Evie antes de seguirlos junto al resto de soldados.

Athan se detuvo en el umbral. Miró por encima de su hombro, grabando el rostro de ella en su memoria, y luego se sumergió en la oscuridad.

El portal se cerró con un chasquido brusco frente a sus ojos.

El vacío que quedó fue absoluto. Solo quedaban Robert, ella y el sonido ensordecedor del mar embravecido.

El trayecto de regreso a París fue un borrón de asfalto gris y nubes bajas.

Robert conducía como un autómata, con las manos aferradas con fuerza al volante y la mirada perdida en la carretera.

A Evie le preocupaba su silencio; bajo la luz intermitente de las farolas, su rostro casi le parecía el de un extraño.

Estaba allí físicamente, sentado a su lado, pero su mente parecía no haber regresado del todo, como si una parte de él se hubiera quedado atrapada en ese vacío del que ella lo había rescatado.

Evie apartó la vista, sintiendo un nudo de ansiedad en el estómago.

Solo quería llegar a casa de una vez. Deseaba con todas sus fuerzas cruzar el umbral de su edificio y que la normalidad la golpeara en la cara.

Quería volver a sus clases en la universidad, a sus libros de derecho y a las charlas banales con Marian mientras se tomaban un café.

Necesitaba creer que, una vez en casa, los monstruos y la sangre de Étretat se convertirían en un recuerdo borroso junto con los Andreatos.

Tendría que inventar algo sobre la desaparición de Drake.

Sabía que tanto Marian como los demás se extrañarían de su ausencia, pero durante el trayecto ya había empezado a dar forma a una excusa creíble.

Con el comportamiento errático y posesivo que Drake había tenido las últimas semanas, todos entenderían que ella le había dejado definitivamente y que él, despechado, había regresado a Grecia con sus abuelos, quienes siempre habían echado de menos su hogar.

Era una mentira sencilla, limpia. Una forma de enterrar el horror bajo una capa de cotidianidad.

Y, por Dios, necesitaba esa cotidianidad después de todo lo que había vivido.

No dejaría de pensar en Athan ni en las ganas que tenía de volver a verlo; no dejaría de ir al castillo de Shiloan los fines de semana con Robert para seguir practicando su magia, pero necesitaba recuperar su vida y salir de aquella pesadilla de una vez por todas.

Eran pasadas las tres de la madrugada cuando doblaron la esquina de su calle y Robert aparcó frente a su casa. El bullicio distante de la ciudad parecía haberse congelado frente a su edificio. El instinto de Evie se despertó antes de que sus ojos comprendieran lo que estaba viendo.

La puerta de hierro del portal estaba entreabierta.

Todas las alarmas saltaron en su cabeza al instante.

Robert había comprado aquel viejo edificio reformado para que ellas pudieran vivir tranquilas, sin tener que soportar a vecinos molestos.

Solo ellas dos vivían allí y esa puerta jamás debía estar abierta, y mucho menos a esas horas de la madrugada.

Bajó corriendo del coche, ignorando los gritos de advertencia de Robert, pero se paró en seco justo en el umbral.