CAPÍTULO 29 #6
Un suspiro ronco y cargado de siglos de cansancio escapó de sus labios, dejando que la magnitud de la traición flotara en el aire.
—Esa es mi historia, kardia mou . Así fue como ese amuleto del infierno y mi condena pasaron de mano en mano entre los Andreatos… hasta llegar a ti. Por la traición de mi propio tío. Lo perdí todo por su culpa: mi vida, mi libertad y a aquel al que yo realmente amé como a un padre.
» Cuando Ares usurpó la corona, no se detuvo ahí.
Convirtió a casi toda la ciudad y ha reinado desde el miedo absoluto durante todo este tiempo.
Los vampiros no somos monstruos, Niní. Puede que haya malas personas entre nosotros, exactamente igual que las hay entre los humanos, pero mi gente no merece vivir sometida bajo el yugo del terror y la oscuridad.
Le acarició la mejilla con el pulgar, con una suavidad que contrastaba con la dureza de su relato.
—¿Entiendes ahora por qué debo regresar? Tengo que arrebatarle ese trono que no le pertenece. Debo hacerlo por el honor de mi madre y por la memoria de Demetrius… Aiónia debe ser libre.
Evie se quedó en silencio, abrazándolo, sintiendo su profunda tristeza.
Podía sentir el latido constante de su corazón contra su propio pecho; un corazón que había sobrevivido a más cuatrocientos años de tortura.
La tristeza inicial que la había embargado empezó a mutar.
Una chispa caliente y oscura comenzó a arderle en las venas.
Toda la línea de sangre de los Andreatos había construido su imperio sobre la espalda de un hombre inocente, torturándolo, manteniéndolo atado como a un perro rabioso por un crimen que no cometió.
Una sonrisa afilada y letal, impropia de la chica asustada que fue semanas atrás, asomó a sus labios.
Esta noche, los Andreatos habían pagado con su propia sangre.
El linaje de sus captores se había extinguido finalmente, ahogado bajo la magia de los Betancourt y la fuerza del verdadero rey de Aiónia.
Se separó lentamente, lo justo para poder mirarlo a los ojos. Sus propias pupilas brillaban con una intensidad feroz. Alzó una mano y trazó con suavidad la línea de la mandíbula de Athan, recorriendo esa piel fría que escondía tantas cicatrices invisibles.
—Lo entiendo, Athan. Ares te quitó tu hogar, a tu padre y tu libertad —susurró ella con voz firme—.
Te condenaron por un crimen que no cometiste solo por ambición.
Los Andreatos pudieron haber investigado, pero eran demasiado codiciosos para renunciar al poder de tener a un rey vampiro bajo sus órdenes y otro rey vampiro como aliado.
Él la miró, sorprendido por la fiereza que destilaba su pequeña humana. No había lástima en los ojos de Evie, solo el orgullo oscuro de haber aniquilado a sus enemigos; algo que hizo que el propio instinto depredador de Athan ronroneara de satisfacción.
—Mañana partirás a Aiónia —continuó ella, acariciando el metal del amuleto que ahora descansaba inofensivo sobre su pecho—.
Vas a entrar en esa ciudad, vas a arrancar a ese traidor de tu trono y vas a recuperar lo que te pertenece por sangre, por el honor de tu madre y del hombre que te salvó la vida y te vio como a un verdadero hijo.
Athan cerró los ojos un instante, deleitándose en la firmeza de sus palabras. Cuando los volvió a abrir, sus grandes manos acunaron el rostro de Evie, con los pulgares acariciando sus pómulos con dulzura.
—Eres la mujer que hizo temblar a la muerte esta noche.
Mi pequeña Betancourt —murmuró él, con una sonrisa que era puro pecado—.
Recuperaré mi reino, kardia mou . Te juro por las cenizas de Demetrius que el reinado de Ares terminará en una carnicería; le arrancaré la cabeza frente a todos, en la misma plaza en la que mató a mi padre y a su ejército.
Prepararé Aiónia para ti. La haré segura, la haré digna.
Y cuando la corona de oro negro de mis antepasados vuelva a estar sobre mi cabeza…
Se inclinó, rozando sus labios con los de ella antes de hacer su última promesa.
—…Vendré a buscar a mi reina. Porque mi trono no significará nada si tú no estás sentada a mi lado.
Evie le devolvió la sonrisa, una mezcla de dolor por la inminente despedida y de esperanza por el futuro.
Sabía que los días que se avecinaban serían duros.
Tendría que aprender a dominar la totalidad de su magia, enfrentarse a su propio legado y prepararse para la onda expansiva que recorrería el mundo sobrenatural cuando se supiera que los Andreatos habían caído y que el auténtico heredero al trono de Aiónia era por fin libre.
—Ve a reclamar tu ciudad, Athan Vykros —susurró contra su boca, antes de acortar todavía más la distancia—. Estaré esperándote, mi rey.
Él la envolvió entre sus brazos, tumbándola de nuevo sobre las sábanas de seda.
Esa noche no habría más palabras sobre guerras y traiciones pasadas.
Esa noche, el Rey de Aiónia y la última de las Betancourt se pertenecían el uno al otro, amparados por las sombras, antes de que el próximo día los obligara a separar sus caminos para que él pudiera por fin cumplir con su destino.