CAPÍTULO 29 #5
—Continúa, Athan. Estoy aquí, contigo —dijo ella, tratando de infundirle fuerzas.
Él tuvo que coger aire para poder seguir hablando.
—Viéndose superado por Demetrius y su ahora nuevo hijo, Ares ideó un nuevo plan de venganza que todavía me revuelve la sangre.
A través de algunos de sus soldados que todavía le eran fieles desde dentro, secuestró a la hija de Alexandros Andreatos y la convirtió.
Quería un arma, alguien del círculo del propio Laertes para que perteneciera a nuestras filas, puesto que la chica estaba comprometida con el nuevo hijo mayor de Laertes y futuro heredero al trono.
Pero la magia de los brujos y nuestra sangre son como el agua y el aceite: simplemente no son compatibles.
La chica enloqueció; su magia luchaba contra su naturaleza vampírica.
Se transformó en una bestia furiosa y sedienta de sangre que masacraba a inocentes por todos los pueblos cercanos.
Ares, viendo que no podía controlarla y temiendo que el rastro llegara hasta él, la degolló como si fuera ganado.
Evie sintió un escalofrío recorrerle la columna. Casi podía ver la escena: la sangre de una inocente derramada solo para alimentar la ambición de un hombre.
—Le entregó el cadáver a Alexandros a las puertas de la ciudad y me señaló a mí como culpable.
Le juró al brujo que yo la había violado y asesinado; le dijo que yo quería una mujer a mi lado y que me había encaprichado de su hija porque era la prometida del otro hijo de Laertes, que ese usurpador iba a tener la corona y la vida que a mí me correspondían por legítimo derecho, y que yo lo había hecho por pura venganza.
Le ofreció mi cabeza a cambio de que retirara el hechizo de protección y le abriera las puertas de Aiónia.
Y el maldito brujo, cegado por el dolor de la pérdida de su hija y su deseo de venganza, aceptó el trato con el diablo y retiró las protecciones mágicas entregándole la ciudad.
Una vez dentro, Ares mató a Laertes, pero todavía quedaba un cabo suelto para conseguir el trono de Aiónia.
Con ayuda de su propio ejército y de los soldados de Laertes, que no tardaron en arrodillarse ante el usurpador, nos emboscaron a Demetrius y a mí.
Me entregó a Alexandros sin una pizca de piedad, pero antes…
Athan se giró entre sus brazos, y la expresión de sus ojos hizo que el corazón de Evie se encogiera. Ya no había furia, solo una tristeza infinita.
—Antes me obligó a ver la muerte de aquel al que yo ya amaba como a mi verdadero padre.
Me ataron y amordazaron. Me forzaron a observar cómo sacaban a Demetrius a la plaza pública junto con sus soldados.
Le habían puesto una capucha para que no pudiera usar sus sentidos, pero yo reconocí su armadura al instante.
Lo expusieron al sol del mediodía para debilitarlo.
Vi cómo le cortaban la cabeza mientras su cuerpo se convertía en ceniza frente a mí.
Su anillo rodó por el suelo manchado de tierra y barro hasta llegar a mis pies.
El símbolo de nuestra estirpe, el que todos los Vykros de sangre real llevaban en su dedo.
Él se había encargado de que yo tuviera el mío propio —susurró, acariciando el que aún portaba en su mano izquierda—, mientras el suyo era arrastrado por el fango junto con su vida.
Lo ejecutaron como a un traidor. A él, al hombre con más honor de toda Aiónia.
Ni siquiera pude ver sus ojos por última vez.
Evie no pudo contenerse más; rodeó su cuello con los brazos y lo atrajo hacia ella con fuerza, queriendo absorber parte de ese peso que él llevaba cargando solo durante siglos.
Él escondió el rostro en el hueco de su cuello, respirando su aroma para calmarse, mirando el anillo que llevaba en su mano como un amargo recuerdo de aquel fatídico día.
—Alexandros, sin embargo, decidió que no me mataría como hicieron con Demetrius.
Él quería algo peor que la muerte para mí como castigo por la pérdida de su hija y del inmenso poder que habría obtenido cuando ella engendrara al futuro heredero al trono.
De modo que invocó la magia más oscura y demoníaca que existía, convirtiéndose en el primer nigromante de su estirpe solo para crear este maldito amuleto —dijo Athan, rozando con los dedos el metal que ahora colgaba del cuello de Evie.
» Ese bastardo vinculó mi vida a la suya para que una sola existencia no bastara para pagar su odio contra mí.
Pero el amuleto era un parásito que drenaba su magia junto con su energía vital.
Quería conseguir mi inmortalidad para castigarme durante el resto de mi vida, pero a pesar de ser un nigromante, su magia no era lo suficientemente fuerte para dominarme del todo.
Se fue consumiendo rápidamente; el amuleto requería de un poder inmenso para controlarme, y cuando se dio cuenta de que iba a morir pronto, obligó a su hijo a heredar mi condena junto con la joya.
Fue entonces cuando los Andreatos, temiendo que los vykrolakas que habían resistido el ataque vinieran a por mí, hicieron un pacto con Ares: ellos se llevarían al monstruo lejos para torturarlo eternamente, y Ares gobernaría Aiónia sin que nadie pudiera arrebatarle la corona.
Él, a cambio, se encargaría de que ningún vampiro fuera tras ellos y les otorgaría su protección para toda su generación presente y futura.