CAPÍTULO 29 #4
—Mi madre era la esposa de Laertes. Y cuando él se coronó rey, ella se convirtió en la legítima reina de Aiónia…
—confesó, mientras las palabras le raspaban la garganta—.
Una mujer de sangre real, una princesa, a la que Laertes desposó para afianzar su poder.
Pero el pueblo la amaba, ella era una reina buena y justa.
Cuando descubrió la traición de su marido a través de sus propios soldados, y supo cómo había abandonado a sus hermanos en el valle y asesinado al rey Adrien, temió que el hijo que llevaba en su vientre sería el siguiente si algún día se interponía en su camino.
Apretó la mandíbula con tanta fuerza que un músculo palpitó en su mejilla.
—Así que huyó de palacio en mitad de la noche.
Renunció a su corona para protegerme. Aiónia ya era una ciudad blindada, por lo que no pudo salir de ella; tuvo que esconderse en los peores arrabales.
Laertes, para justificar su desaparición y asegurarse de que nadie la buscara, hizo correr el rumor de que la reina había contraído una plaga letal y había muerto.
De modo que mi madre, una mujer que había nacido en la realeza, pasó el resto de su vida condenada a vivir en la más absoluta miseria, convertida en un fantasma para su propio pueblo.
Crecí sin saber quién era yo realmente, trabajando desde que era apenas un crío hasta que mis manos sangraban, intentando que a ella no le faltara de nada.
El asco deformó sus facciones por un instante.
—Pero Laertes necesitaba calmar a la corte y ganarse de nuevo el favor del pueblo tras las trágicas y repentinas muertes de su padre y sus hermanos; necesitaba forjar nuevas alianzas.
Al dar por muerta a su esposa, tuvo el camino libre para casarse con otra mujer y legitimar su corona con nuevos herederos.
Hijos a los que pudiera controlar y moldear a su retorcida imagen, que no estuvieran criados por una reina que conocía su monstruoso secreto.
Deslizó una mano hacia su bolsillo y sacó el kombolói , dejando que la luz del fuego arrancara destellos rojizos a las pesadas cuentas de ámbar de sangre.
—Este es el único recuerdo que conservo de ella.
Una joya heredada de su padre —murmuró, deslizando las piedras entre sus dedos con un suave chasquido—.
Podría haberlo vendido. Habríamos vivido bien durante muchos meses, sin pasar frío ni hambre, pero se negó.
Prefirió guardarlo para entregármelo cuando yo tuviera la edad suficiente para entender lo que era ser de linaje real…
lo que significaba ser un verdadero rey para Aiónia.
Apretó la joya en el puño. Por un momento, el eco de las últimas palabras de su madre resonó en su mente, nítido y doloroso.
«Tú eres el primogénito legítimo, hijo mío. Aiónia merece un rey justo y noble como tú. Tienes que derrocar a ese tirano y salvar a tu pueblo».
—Le prometí en su lecho de muerte que me vengaría de todos los que la habían obligado a vivir en la miseria y que salvaría a nuestro pueblo en su nombre —continuó, y su voz se convirtió en un susurro cargado de un odio visceral—.
Cuando ella murió, fui a palacio. No buscaba la corona, ni riqueza, creéme.
Solo buscaba que ese malnacido me mirara a los ojos y reconociera todo el dolor que le había causado a mi madre; que pagara por habernos destrozado la vida.
Le juré, mirándolo fijamente, que limpiaría el nombre de mi madre y que todo el pueblo sabría la clase de monstruo que realmente los gobernaba.
Cerró los ojos, atrapado de nuevo en aquel recuerdo.
—Logré escapar de allí antes de que sus guardias pudieran atraparme.
Pero Laertes vio en mí a su peor pesadilla: a su primogénito legítimo, el hijo de la reina Elara, aquel al que su pueblo seguiría sin dudar.
Vio en mis ojos la fuerza y el honor de los Vykros de los que él mismo y sus nuevos hijos carecían.
Aterrado de que cumpliera mi promesa y provocara una rebelión, mandó a sus mejores rastreadores a darme caza.
Tuve que esconderme durante mucho tiempo, huyendo entre las sombras como un fugitivo, pero al final…
me encontraron. Me apresaron y me encadenaron en lo más profundo de las mazmorras de palacio, para que la oscuridad y el hambre me consumieran hasta la muerte.
Ni siquiera tuvo el valor de matarme él mismo.
Se giró y caminó de nuevo hacia el ventanal, apretando los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Pero mientras yo me pudría lentamente en la oscuridad de mi celda, las leyendas de los hijos caídos de Aiónia empezaron a cobrar vida fuera de esos muros.
Fue entonces cuando nació la historia más cruel de todas: que el nombre de los monstruos del valle y nuestro propio apellido, sonaban de forma demasiado similar.
El pueblo empezó a mezclar ambos nombres en sus pesadillas hasta que ya no sabían dónde terminaba el monstruo y dónde empezaba el legado de sangre de mi familia.
El apellido de mi sangre se convirtió en el sinónimo universal del horror, hasta que finalmente la palabra vykrolakas acabó siendo usada para referirse a los hijos caídos de Adrien Vykros y su ejército de sombras sediento de sangre y venganza.
Evie contuvo el aliento, imaginando a un Athan humano, débil y agonizante, aguardando su final en una celda oscura.
—Yo escuchaba esas historias susurradas por los guardias que vigilaban mi celda —añadió él con un levísimo temblor en la voz—.
Incluso se decía que algunos soldados, aquellos que todavía eran fieles a la memoria de su Strategos , Demetrius, habían desertado para ir en su busca y unirse a un ejército de vykrolakas que cada vez era más grande y letal.
Desde la cama, Evie lo observaba sin apenas atreverse a respirar.
El silencio de la habitación era tan denso que podía oír los latidos de su propio corazón.
Ver su silueta recortada contra la luz de la luna, tan distante, le encogía el alma.
Quería correr hacia él, pero no quería interrumpir su relato.
Estaba horrorizada pensando en cuánto habría sufrido encerrado en aquella celda, muriendo lentamente por causa de su propio padre.
—Finalmente, las historias de miedo se hicieron realidad.
Demetrius y Ares volvieron para recuperar lo que era suyo.
Su estrategia consistía en entrar a escondidas en Aiónia y atacarla desde dentro; se infiltraron a través de las catacumbas subterráneas del castillo que conocían perfectamente desde que eran niños.
Fue allí, en el fango y la inmundicia de las celdas, donde Demetrius me encontró.
Yo estaba a un suspiro de la muerte, apenas era ya un saco de piel y huesos.
» Demetrius se apiadó de mí, quiso saber qué había hecho para que Laertes me condenara a morir de esa manera tan cruel, y con mi último aliento le conté quién era.
Le dije que el mismo hombre que le había robado su vida me estaba arrebatando la mía.
Aquella noche, Demetrius tenía la oportunidad de subir a la sala del trono y arrancarle el corazón a Laertes, de consumar la venganza por la que había regresado desde el mismo infierno…
pero renunció a ella por mí. Prefirió salvar al sobrino que nunca había conocido, antes que saciar su propia sed de sangre.
Se hizo un silencio largo, solo roto por el crujido de la madera a sus espaldas.
—Lo que mi padre humano nunca me dio, mi padre vampiro me lo entregó sin dudar.
Me dio su sangre, su esencia y su protección.
Me devolvió la vida y, por primera vez, me dio un honor que yo ni siquiera sabía que existía.
Me convirtió en su hijo de sombras para que, algún día, ambos pudiéramos reclamar lo que nos pertenecía por derecho.
Me convertí en un auténtico guerrero de Aiónia, Niní.
Pero también en vykrolakas de pura sangre.
Uno de aquellos cuyo nombre despertaba tanto terror que, con el paso de los siglos, la gente acabó deformando la palabra por puro miedo a pronunciar nuestro apellido; temblaban ante la sola idea de invocar a los Vykros, a los hijos caídos sedientos de venganza.
Quería ser digno de mi sangre y del linaje legítimo que me habían robado.
Demetrius me lo dio todo: se convirtió en un verdadero padre para mí, me dio un propósito y una lealtad inquebrantable que yo juré pagar con mi vida.
El odio volvió a nublar su expresión.
—Pero Ares… Ares nunca perdonó a Demetrius por aquello.
Se enfureció porque su hermano había interrumpido la misión de ese día; para él, mi vida no valía el retraso de su venganza.
No quería un sobrino que le recordara que, con mi sola existencia como primogénito legítimo, él descendía un peldaño más en la línea de sucesión.
Él tenía la esperanza de reinar después de matar a Laertes y a sus hijos, puesto que sabía que a Demetrius no le interesaba el poder.
Nos observaba desde las sombras con un rencor que crecía cada día.
Odiaba la devoción que nos profesábamos.
Demetrius no solo se convirtió en mi padre; era mi amigo, mi hermano de armas.
Me enseñó a luchar, a defenderme, a ser un auténtico guerrero.
Pero ese perro malnacido de Ares sabía que, mientras yo fuera el protegido de Demetrius, él jamás podría rozar la corona.
Athan apoyó una mano contra el marco de la ventana. La tristeza parecía pesarle físicamente sobre los hombros caídos.
Sin pensarlo, Evie abandonó el refugio de la enorme cama, se envolvió rápidamente en la sábana de seda y caminó descalza hacia él.
Se detuvo a su espalda y apoyó la frente entre sus omóplatos, rodeándolo en un abrazo silencioso.
El contacto la hizo estremecerse. El calor que la había envuelto unos minutos antes había desaparecido por completo, dejando paso a una frialdad absoluta, casi dolorosa al tacto.
Era la prueba física de que el peso de los recuerdos estaba resquebrajando su control.