CAPÍTULO 29 #3
Athan no respondió con palabras. Sus manos subieron por su espalda, atrayéndola hacia él con una necesidad renovada.
Se besaron con una pasión que ya no nacía de la desesperación o el instinto.
Fue un beso lento, profundo, que sabía a promesas.
Evie se perdió en el calor de su cuerpo, deseando que el tiempo se detuviera entre esas cuatro paredes de piedra.
Sin embargo, cuando se separaron apenas unos milímetros, Athan mantuvo sus frentes unidas.
Su respiración era pesada y el brillo azul de sus ojos se había vuelto opaco, nublado por una sombra que preocupó a Evie de inmediato.
— Kardia mou … —susurró él, acariciando su mejilla con el pulgar—. Tengo que decirte algo. Algo que me rompe el corazón ahora mismo.
Evie sintió un frío repentino a pesar del fuego de la chimenea. En el fondo, sabía lo que iba a decir a continuación, lo veía en su mirada.
—Tienes que irte, ¿verdad? —dijo ella, más como una afirmación que como una pregunta.
Athan asintió, cerrando los ojos un segundo.
—Mañana, al anochecer, partiremos hacia Aiónia.
No puedo quedarme aquí, kardia mou , no todavía.
Mi gente me necesita. Han pasado años buscándome, rastreando cualquier pista para ayudarme; no me han abandonado ni un solo momento y ahora yo no puedo darles la espalda.
Necesitan regresar a su hogar. Además, los vykrolakas que Ares ha esclavizado y masacrado en mi nombre durante tanto tiempo también me necesitan.
Mientras Ares siga en el trono, ninguno de nosotros estará a salvo.
Él es un mal que ha devorado mi ciudad desde que usurpó un lugar que no le pertenecía, usando la magia de los Andreatos para mantenernos desterrados de nuestro propio hogar.
Athan se incorporó, sentándose en el borde de la cama. Evie vio la tensión en sus hombros, la carga de un rey que finalmente acepta su destino.
—Aiónia es un lugar que no puedes imaginar.
Es una ciudad de sombras y belleza antigua, protegida por la magia al igual que este castillo.
Ha permanecido intacta y oculta al mundo; nadie sabe de su existencia excepto los que son como nosotros.
Incluso muchos vampiros y brujos la creen una leyenda.
Nadie que no tenga sangre Vykros o Andreatos puede entrar en ella sin ser invitado.
Pero Ares la ha gobernado con mano de hierro.
Ha masacrado a todos los que me eran fieles a mí y a mi padre, los ha perseguido sin piedad.
Si no reclamo mi trono ahora, antes de que se entere de que soy libre, vendrá a por nosotros con todo su ejército.
Y créeme, los perros de caza que envió para ayudar a los Andreatos a penetrar el castillo te parecerán meros aficionados comparados con la verdadera guardia de élite de Aiónia.
Esta vez no habrá muros que nos protejan.
Tengo que recuperar mi reino para poder ofrecerte un hogar, mi reina, a ti y a mi gente.
Evie lo miró, sintiendo cómo el nudo en su garganta crecía. Quería rogarle que se quedara, que huyeran lejos, pero sabía que ese no era el hombre del que se había enamorado. Él era un líder, un protector nato.
—Entiendo —respondió ella con voz temblorosa, pero firme—. Pero dime una cosa, Athan. ¿Por qué Ares te odia con tanta saña? ¿Por qué permitir que los Andreatos te torturaran durante tantos años si él es de tu propia sangre?
Él apartó la mirada y la clavó en las llamas de la chimenea. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido todo el calor, volviéndose absolutamente fría y distante.
—Supongo que porque yo soy el único cabo suelto de su pasado que todavía sigue en pie, kardia mou .
El recordatorio viviente de su mayor traición.
Yo y los míos somos los únicos testigos de la sangre que derramó para sentarse en ese trono.
Pero, sobre todo, porque yo soy el último heredero legítimo al trono de Aiónia.
Si yo regresara, si mi pueblo supiera que sigo vivo, Ares perdería esa corona a la que tanto se aferra.
El resplandor naranja del fuego bailaba en sus pupilas, pero ya no había rastro de humanidad en ellas.
—Para Ares, el poder no es algo que se hereda o se comparte… es algo que se arrebata a través del engaño y la traición.
Se levantó de la cama con un movimiento tenso.
Recogió sus pantalones del suelo y se los puso con gestos bruscos antes de empezar a caminar por la habitación, como si el peso de todos esos nombres le persiguiera desde el pasado.
Con el torso aún desnudo y bañado por la luz cobriza del fuego, su forma de caminar recordaba a la de un animal enjaulado.
—Aiónia no siempre fue una leyenda, Niní.
Hace siglos era un reino próspero bajo el mando de un rey justo, Adrien Vykros.
Él tenía tres hijos: Laertes, Demetrius y Ares.
Laertes era el primogénito y el heredero legítimo, pero era un tirano cruel, un cobarde devorado por su propia ambición al que el pueblo despreciaba.
A quien de verdad adoraban era a Demetrius, su segundo hijo, un guerrero justo, un hombre de honor.
Era el Strategos de la guardia de élite de Aiónia, el gran estratega que movía a nuestras tropas como si fueran una extensión de su propio brazo.
Él era quien velaba personalmente por la vida de nuestro rey y la seguridad de nuestras murallas, una lealtad inquebrantable que hizo que el pueblo lo amara aún más.
Sus pasos se detuvieron frente al gran ventanal, dándole la espalda al fuego. La tensión marcaba cada músculo de sus brazos.
—Un día, Laertes escuchó los susurros que corrían por las calles: se rumoreaba que existía un complot en la ciudad para asesinarlo a él y que Demetrius se convirtiera en el futuro rey.
Aterrado por la idea de que lo derrocaran y perder una corona que sentía suya por derecho, ideó un plan.
Supo por sus rastreadores que en el Valle de la Muerte habitaban unas criaturas demoníacas que se alimentaban de sangre humana y atemorizaban a los pueblos de alrededor.
Se decía que atacaban pueblos enteros en la noche, dejando un rastro de cadáveres por allá por donde pasaban. De modo que trazó una trampa perfecta.
Su mirada pareció perderse en la lejanía de los siglos a través del cristal.
—El Valle de la Muerte no era solo un lugar cualquiera.
Era un grupo de tierras baldías y malditas en la frontera de Aiónia, un desfiladero de piedra negra donde la luz del sol apenas lograba tocar el suelo y el aire olía a azufre y carroña.
Era un laberinto sin salida natural, y se convirtió en el perfecto hogar de aquellos seres que no pertenecían a este mundo.
Laertes engañó a sus propios hermanos convenciéndolos de que debían liderar una expedición para exterminar a esas bestias antes de que avanzaran hacia la ciudad.
Sus ojos brillaron de pronto con una intensidad tan oscura que hizo que Evie se estremeciera bajo la sábana.
—Pero todo estaba amañado. Laertes había sobornado a los capitanes que servían bajo el mando de su propio hermano, comprando la lealtad de aquellos que debían haber dado la vida por su Strategos .
Cabalgó con ellos hasta el valle, pero, al llegar a la entrada de aquel desfiladero asfixiante, convenció a sus hermanos para que lideraran la vanguardia.
En cuanto Demetrius y Ares se adentraron en lo más profundo de las tierras baldías, Laertes dio la orden.
Él y todos los soldados se retiraron a toda velocidad, abandonándolos a su suerte frente a una horda de criaturas hambrientas.
Quería que murieran allí, despedazados por esas bestias, para regresar siendo el «héroe» que había tratado de salvar a sus hermanos, pero no había podido.
Evie se llevó una mano a los labios. La sola imagen de aquella traición le revolvió el estómago.
—¿Abandonó a sus propios hermanos? —susurró, horrorizada—. Definitivamente, Laertes era un verdadero monstruo.
—El mayor de todos —concedió él, con un rastro de amarga ironía en la voz—.
Pero para desgracia de Laertes, Demetrius y Ares no murieron en ese desfiladero.
Lucharon con una ferocidad tan salvaje que aquellas criaturas, en lugar de devorarlos, decidieron que eran dignos de unirse a su estirpe.
No los mataron; en lugar de eso, los convirtieron en uno de ellos.
Tuvieron que morir como hombres para renacer en la oscuridad, transformados en lo mismo que soy yo ahora; en lo que el mundo llama vampiros.
En aquella época, en la lengua antigua, a esos seres los llamábamos vykrolakas .
Athan retomó su errático paseo, alejándose de la ventana para quedarse de pie frente a la chimenea. Su perfil perfecto se veía tenso, recortado por el resplandor de las llamas.
—Con la ayuda de Alexandros Andreatos, un brujo oscuro que ya entonces servía a la corona y era la mano derecha del rey, Laertes selló la ciudad con magia para que ninguno de esos «monstruos» pudiera entrar jamás.
Después, lo tuvo fácil: Adrien ya era un hombre anciano y debilitado por la pena de haber perdido a dos de sus hijos.
Laertes se encargó de que su padre no despertara una noche mientras dormía; nunca se supo si fue un veneno sutil o una almohada sobre el rostro…
nadie hizo preguntas. Todo el mundo lo tomó como una muerte natural fruto del dolor.
Así fue como se coronó rey, pisoteando las cenizas de su propia sangre, una tras otra.
Él fue el monarca más cruel que Grecia jamás conoció. Y yo… yo fui su mayor secreto.
Evie notó cómo la temperatura de la habitación parecía descender de golpe en cuanto Athan pronunció aquella última frase.