CAPÍTULO 29 #2
Athan la reclamó como un hombre que por fin encuentra su hogar tras siglos en la oscuridad.
Sus dedos se aferraron a las caderas de Evie, hundiendo las yemas en su piel para anclarla a él, mientras clavaba sus ojos en los de ella.
La miraba como si fuera un espejismo, como si todavía le costara creer que de verdad la tenía entre sus brazos; que lo había elegido a él por encima del poder del amuleto.
El placer era tan intenso que amenazaba con consumirlos a ambos.
Evie se aferró a sus anchos hombros, sosteniendo su mirada, mientras la tensión se acumulaba en su bajo vientre. Una presión insoportable y deliciosa, que la hizo temblar de pies a cabeza.
Athan detuvo sus embestidas una fracción de segundo.
Apoyó una mano a un lado del rostro de ella y, con la mirada ardiendo de pura posesividad, apresó el labio inferior de Evie entre sus colmillos.
Lo rasgó con una suavidad imposible, justo lo suficiente para liberar el sabor de su sangre, y lamió la gota escarlata con un ronroneo que casi la hace explotar en ese preciso instante.
Sin apartar sus ojos de los de ella, hundió los dientes en su propio labio hasta abrir su carne inmortal.
—Para toda la eternidad, Niní —gruñó, y sus caderas volvieron a moverse—. Para toda… —asestó una estocada profunda y salvaje— la puta eternidad. —Se hundió en ella hasta la empuñadura, dejándola sin aliento.
Sin darle tiempo a respirar, Athan estampó sus labios contra los de Evie en un beso salvaje y desesperado.
La sangre de ambos se fundió en sus lenguas en un choque metálico y ardiente, una mezcla perfecta de fuego líquido y magia oscura.
En el instante en que Evie tragó la esencia de él, y Athan devoró la de ella, el mundo entero voló por los aires.
—¡Athan…! —El grito se le desgarró contra la boca de él cuando la tensión en su interior detonó, arrastrándola a una cima de puro éxtasis, radiante y arrollador.
Al contrario que en el pasado, no hubo sombras, ni frío, ni extrañas visiones o sensación de vacío; solo una plenitud ardiente provocada por la sangre compartida, que la hizo sentir completa por primera vez.
Sus paredes se contrajeron en espasmos violentos, exprimiéndolo hasta sacarle un rugido ronco y gutural que se ahogó en ese beso sangriento.
Athan se dejó llevar por el clímax junto a ella, con una fuerza que le hizo vibrar hasta los huesos, sabiendo que, a partir de ese momento, con amuleto o sin él, sus almas y su sangre estaban entrelazadas para toda la eternidad.
Horas más tarde, el fuego de la chimenea era lo único que iluminaba la habitación, bañando la cama revuelta con un resplandor cobrizo. Estaban tumbados, entrelazados bajo las sábanas. Athan acariciaba el cabello de Evie en silencio mientras la observaba embelesado.
Ella apoyó la mejilla en su pecho, escuchando su respiración.
Se sentía tan diferente de sus anteriores veces con Drake.
Con Athan no había egoísmo, manipulación ni frialdad; él la adoraba, se lo había demostrado en cada gesto, en cada mirada.
Un guerrero de su envergadura, un rey vampiro, no había tenido ningún reparo en rendirse a sus pies, entregándole su cuerpo y su alma.
Por primera vez desde que lo conocía, las líneas de tensión habían desaparecido por completo de su rostro.
Sus ojos, que tantas veces habían sido fríos como el hielo o llamaradas de furia, ahora brillaban con una paz absoluta.
Tenía una curva suave dibujada en los labios, la expresión serena de un hombre que por fin había soltado el peso de años de oscuridad y esclavitud, y había encontrado su verdadero hogar en los brazos de su mujer.
Evie, con la cabeza apoyada en su pecho y una pierna enroscada perezosamente sobre las suyas, le acarició el torso. Todavía le maravillaba la temperatura que emanaba de él.
—Estás caliente —murmuró ella, devolviéndole la sonrisa y rompiendo el confortable silencio—. Siempre he notado tu piel fría… excepto cuando te has acercado a mí, digamos, con otras intenciones.
—Te guste o no, sigo siendo un depredador, kardia mou .
Puedo regular mi temperatura para que mis presas no sospechen y huyan de mí; en tu caso la regulo para que estés a gusto conmigo, pequeña humana curiosa —respondió él, acompañando la advertencia con una sonrisa perezosa que no llegó a ocultar sus colmillos.
Evie arrugó ligeramente la nariz, trazando círculos ociosos en su pecho desnudo.
—¿Qué significa eso? ¿ Kardia mou ? —preguntó.
La sonrisa juguetona de Athan se suavizó, transformándose en algo mucho más profundo. Atrapó la mano de Evie, la que descansaba sobre su torso, y se la llevó a los labios para depositar un beso suave en sus nudillos.
—Significa «mi corazón» en la lengua antigua de mi pueblo —murmuró, mirándola con una devoción absoluta—. El mío dejó de latir el día que me encadenaron a la oscuridad obligándome a ser un esclavo. Tú me has devuelto a la vida. Eres mi corazón ahora.
Evie sintió que el aire se le atascaba en los pulmones ante la intensidad de esa confesión, desarmada por completo.
De pronto, la mirada de Athan se fijó en el amuleto y, sin poder evitarlo, pasó su dedo índice por él con el miedo reflejado todavía en sus ojos, como si de pronto el objeto pudiera atacarlo de alguna manera.
—Antes no podía tocarlo; me quemaba, me abrasaba la piel con apenas rozarlo.
Ahora su energía es diferente, muy diferente de esa oscuridad que lo envolvía y me atrapaba.
Siento que tú eres mi dueña, pero ya no de la misma manera que cuando un Andreatos lo portaba.
Me siento como si fuera libre, aunque en realidad no lo sea.
Evie se incorporó ligeramente, apoyando la barbilla en su pecho para mirarlo a los ojos.
—Creo que podría romperlo definitivamente, Athan —dijo totalmente convencida—. Si practico un poco, si logro comprender cómo aislar la magia que lo creó, estoy segura de que podría deshacer el hechizo para siempre. Podrías ser libre por completo.
Los dedos de Athan se detuvieron sobre la joya. Levantó la vista hacia ella con una intensidad que le robó el aliento.
—No quiero que lo hagas.
—¿Qué? —Evie parpadeó, incrédula—. Pero ¿qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loco? Pensaba que tu libertad era lo que más anhelabas en este mundo.
—Sí, lo era. Pero eso era antes de conocerte.
Ahora lo que más anhelo en esta vida eres tú, Niní.
Te amo, y la sola idea de perderte me vuelve loco.
Moriría si te pasara algo. Mientras lleves el amuleto, tu vida está anclada a la mía.
El amuleto te otorga parte de mi inmortalidad: no podrás morir como cualquier humano normal y, si algo te ocurre, yo lo notaré y podré acudir a salvarte de inmediato.
Evie se quedó en silencio, procesando sus palabras.
El peso del amuleto sobre su pecho ahora se sentía diferente.
Ya no era una cadena para él, sino un escudo para ella.
La idea de que Athan, el hombre que había odiado su esclavitud durante cuatro siglos, eligiera voluntariamente permanecer vinculado a ella para no perderla, le encogió el corazón.
—¿Estás diciendo que prefieres seguir atado a este objeto solo por mí?
—susurró Evie, buscándole la mirada—. Athan, has sufrido horrores por culpa de esta magia.
No puedo pedirte que renuncies a tu libertad total solo para que yo no envejezca o para que seas mi guardián.
No es justo para ti. Y, además, tampoco es que a los Andreatos les haya funcionado mucho: el padre de Drake murió joven, y muchos de sus antepasados también, por culpa de este amuleto maldito.
Athan la atrajo más hacia él, obligándola a apoyar la mejilla sobre su corazón, que latía con una fuerza constante.
—Ellos hicieron mal uso de su poder. Querían dominarme a toda costa, usar el amuleto incluso agotando su magia y su esencia vital cuando no podían someterme del todo; solo deseaban la sensación de poder que les daba tener a un rey vampiro a sus órdenes y ese amuleto potenciando su magia oscura, aunque eso los consumiera por completo.
Tú no eres así. Además, no me lo estás pidiendo, Niní.
Lo estoy eligiendo yo — su voz vibró en su pecho, profunda y firme—.
Mi libertad no vale nada en un mundo donde tú no estés.
Durante todos estos años, mi existencia fue una tortura, una condena.
Para mí tú eres la lluvia, eres el sol… eres todo lo que creí que nunca tendría.
Si el precio de tenerte a salvo es que nuestras almas sigan entrelazadas por este trozo de metal, es un precio que pagaría mil veces más.
Él le levantó la barbilla con delicadeza, obligándola a mirar esos ojos eléctricos que ahora brillaban con una devoción absoluta.
—Además —añadió con una pequeña sonrisa ladeada—, ser tu esclavo es, con diferencia, el mejor castigo que he tenido nunca.
Evie soltó una risa suave, aunque sus ojos estaban empañados. Se incorporó un poco, dejando que la sábana cayera hasta su cintura.
—Yo también te amo, Athan —susurró, mirándolo directamente a los ojos—.
Durante mucho tiempo no supe lo que era el amor real; mi mente estaba demasiado rota y confusa.
Creo que empecé a enamorarme de ti la misma noche que salvaste mi pañuelo del viento, aunque mi corazón tardara en entenderlo.
Me has devuelto mis recuerdos, me has mostrado de lo que soy capaz y me has recordado que soy una Betancourt.
Acarició su mejilla, sintiendo cómo de repente su pulso se aceleraba bajo su piel.
—Y me salvaste… no habría sido capaz de regresar del otro lado sin ti. Cuando estuve al otro lado del Velo y escuché tu voz, entonces lo supe. Supe que ese fuego que sentía en mi interior y que me pedía a gritos que regresara a tu lado… eso era amor. Tú siempre serás mi ancla.