CAPÍTULO 29
A pesar de la victoria, el aire en el castillo todavía vibraba con una tensión que no tenía nada que ver con la guerra.
Aquel silencio resultaba ensordecedor después de la cruel batalla que se acababa de librar; las paredes de piedra todavía palpitaban con el eco de los gritos y el latido desbocado de los supervivientes.
Evie estaba de pie frente al ventanal de su habitación, mirando cómo la luna se reflejaba en el mar embravecido.
Se sentía eléctrica, con la magia de nigromante todavía recorriéndole las venas como aceite caliente.
Escuchó la puerta abrirse y cerrarse, pero no tuvo que girarse siquiera para saber quién era.
El aroma a mar, frescura y algo dulce la golpeó antes de que él diera el primer paso.
Athan caminó lentamente hacia ella, acechándola. Cuando llegó a su altura, la agarró del brazo y la giró suavemente hasta que estuvieron cara a cara. Sus ojos azules brillaban con una intensidad que no había visto hasta ahora.
—Me elegiste a mí —susurró apenas sin aliento, como si no pudiera asimilar todavía lo que él mismo estaba diciendo—.
En más de cuatro siglos nadie me ha elegido.
Podrías haber usado el amuleto para ordenarme que los masacrara a todos, podrías haberme usado como una simple arma, pero tú… Tú. Me. Elegiste. A mí.
Se estrelló contra sus labios con una urgencia que le robó el aliento.
No era un simple beso; eran cuatrocientos años de soledad liberándose en un solo instante.
Él volcó en su boca toda la desesperación de su oscura existencia; la gratitud salvaje de ser tratado al fin como a un hombre y no como a un arma que empuñar o como a una marioneta que simplemente obedeciera órdenes.
Evie se estremeció ante la crudeza de aquel beso.
No tenía nada que ver con los que habían compartido hasta entonces.
Soltó un gemido y se aferró a su nuca, reclamando su propia parte en esa urgencia compartida.
Athan la levantó en vilo y ella enroscó las piernas alrededor de su cintura, soltando un jadeo cuando su espalda chocó contra la piedra helada de la columna.
—¿Tienes idea de lo que me has hecho? —la voz de Athan era un rugido bajo—.
Siento tu sangre golpeando en mis venas con una fuerza descontrolada, siento tu deseo por mí.
Durante todos estos años me relegaron a ser un simple esclavo, un ser invisible sin voluntad propia; yo…
no era nadie. Y, sin embargo, tú me has elegido esta noche, mi maldita chiquilla loca.
Evie, con la respiración entrecortada, lo miró a los ojos con una ternura que amenazó con robarle la poca cordura a la que trataba de aferrarse para no abalanzarse sobre ella como un animal salvaje.
—Tú no eres un monstruo como ellos te hicieron creer, Athan, y mucho menos un esclavo. Yo siempre te elegiré.
—Tu cuerpo me anhela, puedo sentirlo, Niní.
Tu sangre me arrastra hacia ti… y mi instinto me exige que te reclame, que ponga mi marca definitiva en ti de una maldita vez por todas —ronroneó él.
Su voz vibraba con una textura rasposa, oscura, mientras clavaba la vista en la vena que palpitaba desbocada en el cuello de Evie.
—Entonces hazlo, reclámame de una vez. Muérdeme, Athan —susurró ella ladeando la cabeza hacia atrás para exponer la suave línea de su garganta.
Fue un ofrecimiento absoluto, una rendición voluntaria.
Ese simple gesto hizo pedazos el último hilo de control que Athan intentaba mantener.
El azul eléctrico de sus ojos desapareció al instante, devorado por su amarillo depredador y enmarcado por ese fiero halo rojo.
La humanidad se esfumó de sus facciones, dejando aflorar al ser salvaje y letal que latía bajo su piel, listo para reclamar a su compañera.
Athan se detuvo un segundo, a apenas unos centímetros de su garganta, y con una sonrisa lenta y peligrosa dibujándose en sus labios, reveló los colmillos que tanto ansiaban perforar su piel.
—Te dije que llegaría el día en que estarías suplicando que te mordiera mientras te hacía mía, con tus piernas enroscadas en mi cintura…
y mira cómo estamos. Qué ironía del destino, ¿verdad?
—gruñó él contra su piel, con una voz ronca que a ella le hizo vibrar el bajo vientre—.
Ahora eres mi dueña, Niní… y no puedo negarte nada.
Abrió la boca y trazó la vena palpitante con la punta de sus colmillos, saboreando el pulso enloquecido de ella antes de hundirlos sin piedad.
En el instante en que él perforó su piel, una oleada de poder, magia y placer puro estalló entre ambos, sellando el nuevo vínculo que los unía a través del amuleto.
Ya no era la urgencia desesperada de antes de la batalla.
Era una reclamación absoluta, un torrente de fuego que hizo que el mundo entero desapareciera.
Evie soltó un grito ahogado de euforia y se aferró a la nuca de Athan, arqueando la espalda contra la piedra fría mientras él bebía de su maravilloso contraste de luz y oscuridad.
Un gruñido salvaje vibró en el pecho de Athan.
En ese cruce exacto de dolor, placer y sangre compartida, una certeza absoluta se grabó a fuego en su mente.
Aquel sabor embriagador, esa conexión brutal que los unía más allá de la carne y la magia, era la prueba definitiva de que Syrielle no se había equivocado.
Evie no solo era la mujer que había roto sus cadenas y lo había salvado.
Ella era su destino. La única para él, la otra mitad de su alma.
Athan se apartó lentamente de la herida, con el pulso desbocado y la respiración pesada.
La sangre de ella brillaba en sus labios, oscureciendo aún más la ferocidad de sus facciones.
Sin darle tregua, trazó un camino ardiente desde la base del cuello hasta su mandíbula, marcando su piel con besos sensuales que eran casi nuevos mordiscos; quería dejar su huella por todas partes.
Evie soltó un grito sofocado. La presión de sus manos agarrando sus muslos era posesiva, tan firme que seguramente le dejaría marcas al día siguiente, pero no le importó.
Se aferró a él, atrapada entre el frío helado de la columna de piedra a su espalda y el fuego abrasador que emanaba del cuerpo de Athan.
—Ahora soy tuyo, Niní —susurró con los labios pegados su piel, con una voz tan rota y profunda que a Evie la sintió en el alma—. Y tú eres mía. Mi dueña, mi reina… mi perdición.
Sus manos subieron por las piernas de Evie, desgarrando la fina tela del camisón con un tirón seco que resonó en el silencio de la habitación.
El encaje de su ropa interior rozó su piel sensible cuando él tiró de la prenda para romperla con un ansia feroz, pero no la apartó de inmediato.
En un tormento deliberado, arrastró el material roto sobre su centro palpitante, provocándole un espasmo de placer que la hizo arquearse aún más contra él.
Evie abrió los ojos y se encontró con su mirada depredadora.
El amarillo salvaje se había desvanecido, devolviéndole ese azul eléctrico y magnético que tanto le fascinaba, pero había algo nuevo ardiendo en sus pupilas.
Ya no era la mirada de un esclavo a la defensiva; era la devoción absoluta de un hombre libre adorando a la mujer que nunca lo trataría como a un monstruo.
Sin darle tregua para recuperar el aliento, Athan se separó de la columna y, sosteniéndola con un solo brazo, cruzó la habitación hacia la gran cama de madera tallada.
La depositó sobre las sábanas de seda con una dulzura que hizo que el corazón de Evie golpeara contra sus costillas.
Antes de que pudiera reaccionar, él ya la había cubierto con su peso, usando sus grandes manos para anclar las piernas de ella a sus caderas.
—Dime que deseas esto tanto como yo, Niní —gruñó contra su boca—. Porque con mi marca en tu cuello y tu sangre en mis venas, me estás volviendo jodidamente loco. No voy a aguantar un segundo más sin estar dentro de ti.
Evie arqueó la espalda, buscando instintivamente la fricción que le estaba nublando los sentidos. La humedad entre sus muslos era una súplica silenciosa, un olor dulce y embriagador que lo atraía y amenazaba con desatar por completo a la bestia que llevaba dentro.
—Te deseo… te necesito, Athan. Ahora —suplicó ella, con la voz quebrada.
Athan la soltó solo el tiempo necesario para deshacerse de su propia ropa con movimientos erráticos, poseído por una necesidad que había contenido durante semanas cada vez que estaba a su alrededor.
Cuando su cuerpo desnudo volvió a cubrir el de ella, la piel de Evie se encendió.
Él se posicionó entre sus muslos y, clavando sus ojos en los de ella, se hundió hasta el fondo con un empuje lento y brutalmente posesivo.
Un grito mudo escapó de los labios de Evie mientras sus paredes internas se estiraban para acogerlo.
Era demasiado grande, demasiado intenso; una mezcla irreal entre el frío de su piel inmortal y el fuego abrasador que la quemaba por dentro…
era simplemente perfecto. Athan se quedó inmóvil un segundo, con los ojos fuertemente cerrados y la mandíbula apretada hasta el límite, saboreando el calor de ella envolviéndolo por completo.
—Por todos los dioses, Niní… —Su voz fue un gruñido oscuro y roto al enterrarse por completo en ella, mientras sus manos se aferraban a las sábanas con una tensión que amenazaba con rasgarlas—. Aquí y ahora, te juro que soy tuyo, kardia mou [28] . En cuerpo y alma.
Empezó a moverse. Primero con embestidas largas y lentas que le arrancaban su nombre de los labios una y otra vez, y luego pasó a movimientos más salvajes, más desesperados.
Con cada empuje, el aura de Evie, ahora de color violeta y cargada de magia, fluía a su alrededor en el aire de la habitación, entrelazándose con el aura oscura que emanaba de él.
Aquello iba mucho más allá del deseo físico; era una comunión absoluta, una conexión de almas que le erizaba hasta el último milímetro de piel.