El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 28 #3
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CAPÍTULO 28 #3

Evie alzó los brazos hacia ella; de sus manos surgieron dos esferas de fuego violeta brillante, y sus extremidades quedaron rodeadas por un remolino de sombras.

Las siluetas oscuras que aguardaban tras ella se abalanzaron al unísono a través de ellas, convirtiéndose en un torrente de sombras espectrales, gemidos y rabia antigua encarnada.

Como una jauría de espíritus famélicos, se lanzaron contra Helena sin piedad.

Penetraron en su cuerpo con violencia por la boca y la nariz, como si miles de manos invisibles tiraran de ella desde dentro, impidiéndole siquiera gritar.

Las sombras la envolvieron con furia desatada, silenciándola para siempre.

Su corazón se detuvo ante la presión de aquella magia de aspecto demoníaco, y su rostro quedó congelado en una mueca de terror absoluto.

El silencio cayó de golpe sobre el patio del castillo. Athan, de pie junto al cuerpo agonizante de Drake, se giró lentamente hacia Evie. Caminó hacia ella, sintiéndose extraño. El amuleto pulsaba, lo atraía hacia ella, pero de una forma muy diferente esta vez.

—Parece que ahora eres mi dueña —susurró, fijando la mirada en el amuleto, que ya no irradiaba el amenazante rojo sangre, sino un hermoso y puro color violeta.

—No, Athan —respondió ella con suavidad—. Ahora eres libre.

Athan no pudo evitar sentir un orgullo feroz al mirarla.

Aquella chiquilla loca se había convertido en el centro de su universo, en su reina.

Y aunque él sabía perfectamente que ella no comprendía del todo que aquel hechizo le acababa de otorgar el control total sobre su voluntad, no le importaba.

Se habría puesto a sus pies por elección propia; desataría el mismísimo infierno y reduciría el mundo a cenizas si alguien intentaba volver a hacerle daño.

—Mi alma es tuya, Niní —añadió con voz ronca, posando su frente contra la de ella—. Ahora y siempre.

Evie sintió cómo las lágrimas de alivio brotaban y recorrían sus mejillas. Todo había terminado por fin, aquella guerra absurda había acabado y habían ganado. Se acercó a Athan dejando que la rodeara entre sus brazos, permitiéndose sentir la fuerza del vínculo que ahora los unía.

Pero entonces, un sonido gorgoteante rompió el momento.

Drake, tirado en un charco de su propia sangre, trataba de hablar.

Se estaba muriendo, pero sus ojos, perdiendo ya el brillo de la vida, se movían frenéticamente buscando algo —o a alguien— mientras las palabras escapaban de sus labios con dificultad.

Geo, que ya se había posicionado entre él y Athan, dio un paso al frente con la espada en alto para asegurarse de que el nigromante no volviera a levantarse. Se inclinó ligeramente sobre él con el ceño fruncido.

— Ypotáxou sti thélisí mou… áfise to pneúma sou… paírno to sóma sou… —susurró Drake como pudo, escupiendo sangre mientras clavaba su mirada vidriosa en los ojos de Geo, que se hallaba a escasos centímetros.

—¿Qué dices, hijo de puta? ¿Todavía tienes fuerzas para hablar? Di tus últimas palabras antes de morir —replicó Geo, inclinándose un poco más y alzando el filo dispuesto a rematarlo.

Entonces Drake sonrió con una mueca grotesca. Reunió la última chispa de su voluntad oscura, ignorando el frío de la muerte que ya le trepaba por las piernas.

— ¡KATOKHÍ! —gritó con su último aliento, una palabra cargada de veneno puro que solo Geo escuchó con absoluta claridad.

La palabra resonó con una vibración extraña, casi imperceptible para los demás, pero devastadora en la corta distancia que los separaba. El cuerpo de Drake se arqueó en un espasmo final, su cabeza cayó hacia atrás y sus ojos quedaron fijos, vacíos, mirando a la nada. Muerto.

Geo se tambaleó hacia atrás, llevándose una mano a la sien como si hubiera recibido un golpe invisible.

Soltó un gruñido de dolor y parpadeó varias veces, sacudiendo la cabeza con brusquedad y sintiéndose profundamente mareado, luchando por enfocar la mirada mientras la realidad parecía distorsionarse ante sus ojos.

—¿Geo? —Athan se acercó, mirando a su amigo con preocupación—. ¿Estás bien?

Geo se quedó quieto un segundo, respirando con dificultad. Luego, se pasó la mano por la cara y miró el cadáver de Drake. Sus ojos eran normales. Su postura era la de siempre.

—Sí… —dijo Geo, con la voz un poco ronca, todavía aturdido—.

Solo… me… me ha gritado antes de morir. Ese bastardo me ha gritado al oído.

Estaba recitando algo, pero no he logrado escucharlo bien, seguro que ha intentado maldecirme o algo así.

Por suerte el muy hijo de puta ha muerto antes de intentar nada.

Geo le dio una patada al cadáver de Drake, un gesto de desprecio que pareció natural, pero que ocultaba algo más profundo. Luego, levantó la vista hacia Athan y Evie, y esbozó una sonrisa cansada.

—Se acabó, hermano . Por fin se acabó.

Athan asintió, devolviéndole la sonrisa, aliviado. Abrazó a Evie con más fuerza, apretándola contra su pecho.

—Sí. Se acabó.

Evie cerró los ojos, dejándose llevar por la calidez de Athan.

Pero mientras el viento soplaba en el patio del castillo, llevándose el olor a sangre y magia, una extraña inquietud se instaló en su pecho.

Nadie vio la sombra que parecía haberse despegado del cuerpo de Drake en el último segundo.

Nadie notó el brillo fugaz, casi invisible, en la mirada de Geo cuando se giró para limpiar su espada, ni el ligero temblor en su mano al envainarla.

La guerra había terminado por fin. O, al menos, eso querían creer.