El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 28 #2
90%

CAPÍTULO 28 #2

—¡Cállate! —le espetó ella, y su voz cortó el aire—.

Él tiene razón. ¿Crees que me tragué que no quisiste hacer daño a mi familia?

No he creído ni una sola de tus palabras, Athan.

Solo he fingido que lo hacía para mantenerme a salvo hasta que Drake pudiera venir a rescatarme.

Tú no eres nada para mí. Eres un monstruo, siempre lo has sido y siempre lo serás.

Athan se quedó completamente paralizado ante sus palabras, al mismo tiempo que sus guerreros daban un paso atrás, confundidos.

No quedaba un solo Andreatos en pie salvo Helena y Drake, pero si Evie se unía a ellos ahora, Athan volvería a ser un esclavo sin voluntad y toda aquella lucha no habría servido de nada.

—Sí, amor, esa es mi chica. Sabía que volverías conmigo —dijo Drake, abriendo los brazos hacia ella.

Evie no esperó ni un segundo y se lanzó hacia él.

Dejó que la rodeara en un abrazo protector.

Él la estrechó contra su pecho sonriendo hacia Athan, saboreando su victoria.

Evie apoyó la mejilla en su hombro y colocó las manos suavemente sobre sus costados.

Sentía el amuleto palpitando con un rojo furioso contra su pecho, casi parecía algo vivo entre los dos.

—Lo siento mucho, Drake. Me confundieron. Me hicieron creer que tú me habías manipulado, que tu familia fue quien destruyó a la mía —continuó ella, mientras acariciaba su pecho con suavidad.

—¡No, Niní, no dejes que te manipule de nuevo! ¡Aléjate de él! —gritó de nuevo Athan.

—¡Cállate, esclavo! —rugió Drake, lanzando una onda de energía que hizo retroceder a los vampiros que rodeaban a Athan para protegerlo—. Evie, no lo escuches, nena. Tú eres mía; estamos hechos el uno para el otro.

Ella se aferró todavía más a él. Podía oler su colonia cara mezclada con su sudor, y un escalofrío la recorrió entera. Drake mostró una sonrisa triunfal; por fin tenía a su mujer de nuevo entre sus brazos.

—Tienes razón, cariño —susurró Evie, subiendo más las manos sobre su pecho, justo encima del corazón—. Estamos hechos el uno para el otro.

Él apoyó la barbilla sobre su cabeza y cerró los ojos, extasiado, bajando la guardia por fin.

—Sabía que lo entenderías, sabía que volverías conmigo. Te amo, Evie.

—Lo sé, Drake —dijo ella, y su voz se endureció hasta sonar como un susurro gélido que brotó de entre sus dientes apretados—. Pero yo te odio.

Antes de que él pudiera reaccionar, Evie cerró el puño alrededor del amuleto y tiró con todas sus fuerzas. La cadena de plata cedió con un sonoro chasquido metálico.

—¡¿Qué haces?! —gritó él, abriendo los ojos con pánico.

Evie retrocedió rápidamente. Sin dudarlo, sacó el cuchillo de su cinturón y se hizo un tajo profundo en la palma de la mano. Apretó el puño sobre el amuleto y dejó que su sangre lo empapara por completo, tiñendo el cristal central de un rojo oscuro y brillante.

—¡No! —chilló Helena—. ¡Detenla, Drake!

Drake se lanzó hacia ella con las manos envueltas en fuego negro, pero, antes de que pudiera acercarse, Evie alzó el amuleto hacia el cielo.

Drake se detuvo de inmediato, aterrorizado por la posibilidad de que lo dejara caer y se hiciera añicos.

Pero lo que escuchó a continuación le heló la sangre en las venas.

—Estoy segura de que en todo este tiempo has aprendido mucho sobre mí, Drake Andreatos… todo, en realidad. Todo menos una cosa… Tengo memoria fotográfica, hijo de puta.

Evie apretó el amuleto ensangrentado en su puño y su voz cortó el aire, oscura y antinatural, con una fuerza que hizo que el tiempo pareciera detenerse:

—¡Athan, athánate, se epikaloúmai! To sóma sou aníkei se ména, to myaló sou aníkei se ména, to aíma sou aníkei se ména, i psychí sou aníkei se ména! ¡Eísai o sklávos mou kai tha me ypakoús!

El amuleto dejó de brillar. La enfermiza luz roja que emanaba se apagó, reemplazada por un resplandor intenso y puro de un color violeta oscuro. La magia de Drake fue expulsada del objeto con una onda expansiva que lo lanzó de espaldas contra el suelo.

Al mismo tiempo, Athan cayó de rodillas, sintiendo cómo las cadenas de su alma cambiaban de dueño.

Pero esta vez fue diferente a todas las ocasiones en que un Andreatos había recitado aquel hechizo.

Dejó de percibir el frío del odio y empezó a notar el calor de la pertenencia.

Por fin, después de cuatro siglos, su mente estaba en paz; no había ninguna voz intentando clavarle las garras para dominarlo, solo había silencio.

Athan levantó la cabeza para mirarla. Sus ojos eran azules. Cristalinos. Libres.

—¡¿Pero qué has hecho?! —gritó Drake, levantándose del suelo, enloquecido—. ¡Ese amuleto es mío! ¡Evie, maldita sea, no sabes con lo que estás jugando, joder! ¡Devuélvemelo! ¡No seas estúpida!

Dejó que la ira lo consumiera por completo.

Su mujer acababa de traicionarlo en sus propias narices y no iba a consentirlo.

Esta vez había ido demasiado lejos. Tenía que recuperar el amuleto o estaba perdido.

Comenzó a recitar un hechizo de muerte apuntando directamente al corazón de Evie; ahora tenía muy claro que si no era suya no pensaba dejar que fuera de nadie más, y mucho menos de ese esclavo chupasangres.

—¡Zorra traidora!

Pero el hechizo nunca llegó a abandonar sus labios. Athan se movió tan rápido que Drake ni siquiera lo vio venir. En un parpadeo, estaba frente a él, rompiéndole la muñeca y desviando el ataque que pretendía lanzar contra Evie.

—Se acabó, nekromantis —gruñó Athan, escupiendo la palabra con un odio visceral reflejado en su mirada.

Drake intentó retroceder, aferrándose a su magia para doblegarlo de nuevo.

—¡Apártate de mí! ¡Atrápala! ¡Soy tu amo! ¡Obedece!

Lejos de obedecer, Athan lo agarró por el pelo, tirando de su cabeza hacia atrás con tanta violencia que estuvo a punto de partirle el cuello, y lo obligó a mirar directamente a Evie.

—Mírala, amo . Obsérvala bien. Lleva mi marca en su cuello y el amuleto está en sus manos.

Athan lo soltó de un tirón, girándolo violentamente para tenerlo frente a frente.

—¡Tú ya no eres nada!

Con un movimiento brutal, Athan hundió su espada hasta la empuñadura en el estómago de Drake.

Un grito de pura agonía surgió de sus labios, pero Athan no se detuvo.

Lo agarró por el cuello con su mano libre, acercando su rostro al de él y obligándolo a sostenerle la mirada, mientras comenzaba a retorcer la hoja hacia arriba.

Lento. Implacable. Cobrándose cada gota de sufrimiento.

—Cuatrocientos años… —Athan habló con voz gutural, disfrutando del terror puro que por fin veía en los ojos de su captor—. Cuatrocientos años esperando para destrozar a un Andreatos con mis propias manos.

Drake intentó balbucear, escupiendo sangre oscura sobre el rostro de Athan, pero él tan solo sonrió con crueldad y empujó el acero aún más profundo, destrozándolo por dentro.

—Saluda a tu padre en el infierno —siseó, atrapando el último destello de odio en su mirada antes de sacar la espada con un empujón final.

Drake se desplomó contra el suelo, retorciéndose en el polvo, con las manos apretadas contra el abdomen para sujetar la herida mientras un frío helado se iba asentando en su organismo.

Helena soltó un alarido desgarrador.

—¡No! ¡Drake! ¡No, no, no! ¡Maldita perra traidora!

Evie miró hacia ella, que todavía permanecía inmovilizada contra la pared del castillo por su lanza de sombras.

Se acercó a ella con una calma absoluta.

Sus ojos se fueron oscureciendo poco a poco hasta convertirse de nuevo en dos pozos de obsidiana negra, mientras un aura violeta comenzaba a rodear su cuerpo y unas sombras emergían a su espalda.

Helena observó atónita cómo el velo se abría tras ella, permitiéndole vislumbrar por un instante el otro lado.

Una legión de siluetas oscuras se posicionó a espaldas de Evie antes de que ella abriera los labios y hablara con una voz multiplicada, como si decenas de almas lo hicieran a través de ella:

— El aquelarre Betancourt tiene un mensaje para ti desde el otro lado, Helena Andreatos.