El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 28
90%

CAPÍTULO 28

La voz de Evie resonó en el patio como un auténtico grito de guerra:

—¡Aquí me tenéis!

Helena, recuperándose del shock inicial de ver a Robert respirar de nuevo, reaccionó por puro instinto al verse acorralada. Sabía que había perdido el control. Sabía que esa niña era algo que nunca vieron venir. Un poder como el suyo nunca podría ser domado, solo destruido.

—¡Matadla! —chilló Helena a los rastreadores de Ares, con la voz quebrándose por la histeria—. ¡Olvidad a los demás! ¡Arrancadle la cabeza antes de que nos mate a todos!

El olor a muerte que desprendía Evie repelía los instintos más primarios de los rastreadores, pero su disciplina era inquebrantable.

En lugar de ceder a la repulsión, clavaron la vista en su capitán, un guerrero masivo con armadura negra que aguardaba a escasos metros.

El vampiro evaluó la situación y les indicó con un gesto seco que atacaran.

Tres de ellos se lanzaron hacia Evie en un ataque sincronizado, con las garras extendidas y sus dientes serrados y amarillentos brillando bajo la luna en una sonrisa demoníaca.

Pero ella ni siquiera se movió. Ni siquiera parpadeó. Sus ojos negros se quedaron fijos en las criaturas que saltaban hacia ella.

—Atrapadlos —susurró.

De pronto, las sombras a los pies de las bestias cobraron vida.

Ya no eran simples sombras, eran cepos sólidos de oscuridad que se enroscaron alrededor de sus piernas, inmovilizándolos en el aire.

Se escuchó el crujido húmedo de sus huesos rompiéndose cuando las sombras apretaron, aplastando las extremidades de los monstruos.

El sonido repugnante de las fracturas se unió a sus aullidos de dolor, convirtiendo el patio en una cacofonía espeluznante.

Al ver aquel brutal despliegue de poder, el capitán de la guardia supo de inmediato que la batalla estaba perdida. Aquella era una guerra que no iban a ganar esa noche. Sin dudarlo, cerró los ojos y concentró su mente para invocar el vínculo con su amo.

— ¡Ares! —gritó mentalmente, proyectando la imagen de Evie con sus ojos negros y enviándole las secuencias de todo lo que acababa de suceder—.

¡Esa maldita cría es una nigromante de sangre pura!

Ha cruzado el Velo, domina a las sombras, las fuerzas oscuras la obedecen.

Es una fuerza incontrolable, ¡su poder está más allá de todo lo que hemos visto hasta ahora!

La respuesta de Ares fue instantánea y fría, una voz que resonó en su mente dejando claro que era una orden directa.

—¡Retiraos! —La orden fue absoluta—. Los Andreatos no tienen ni idea de a lo que se enfrentan. Su ambición los ha cegado tanto que no son capaces de ver lo que tienen delante. Regresad a Aiónia de inmediato. Ya sabes lo que tienes que hacer. No me falles.

El Capitán abrió los ojos. Miró a Helena, sintiendo una mezcla de desprecio y lástima.

Luego, levantó su barbilla en alto y lanzó al aire un grito espeluznante.

Una mezcla entre chillido y gruñido animal que hizo que todos sus soldados se giraran de golpe hacia él porque sabían exactamente lo que significaba: Retirada.

Evie observó atónita cómo el ejército de Ares se retiraba hacia las sombras de los acantilados que rodeaban el castillo, fundiéndose con ellas y desapareciendo en apenas unos segundos.

—¡¿Qué estáis haciendo?! —gritó Helena, al ver que los vampiros con los que Ares le había prometido ganar aquella guerra la dejaban sola—. ¡Regresad! ¡Regresad, traidores!

Pero no la escucharon. Desaparecieron en las sombras con la misma velocidad con la que habían llegado.

Lentamente, Evie giró la cabeza para inspeccionar el resto del patio.

Los brujos del aquelarre Andreatos se habían convertido en una marea sangrienta desperdigada por el suelo de piedra.

La mitad de ellos yacían muertos, con las gargantas desgarradas o los pechos atravesados.

La otra mitad luchaba desesperadamente contra los vampiros de Athan, pero claramente estaban perdiendo.

Durante su estancia en el castillo, Evie se había cruzado con algunos de aquellos vampiros; siempre la habían mirado con indiferencia o con un abierto desprecio.

Sin embargo, nunca imaginó que hubiera tantos, y mucho menos que, bajo su habitual fachada fría, fuesen auténticos guerreros, máquinas de matar perfectamente entrenadas.

Los hechizos de los brujos eran débiles comparados con la fuerza desatada de los inmortales, quienes, inspirados al ver el increíble despliegue de poder de Evie y la ferocidad renovada de su rey, luchaban de forma absolutamente implacable.

Miró de nuevo a Helena, que continuaba parada frente a ella, y su voz resonó todavía con la frialdad del Velo.

—Nunca debiste tocar a mi familia, Helena Andreatos.

Helena alzó las manos para crear un escudo protector a su alrededor al ver la furia en su rostro, pero Evie fue más rápida.

Levantó los brazos hacia ella y una lanza de sombra pura salió disparada del suelo, atravesándole el hombro y clavándola contra la pared de piedra del castillo.

Gritó más de indignación que de dolor, al ver que había quedado atrapada en la piedra sin poder moverse.

La lanza era completamente sólida a pesar de estar hecha de sombras. Sin embargo, cuando intentaba quitársela con las manos, se le escurría entre los dedos como el humo. Miró a Evie perpleja. Realmente había subestimado por completo, y ahora ya era demasiado tarde.

— ¡Yiayia! —El grito de Drake rasgó el aire, pero sus pies se clavaron en el suelo en cuanto la mirada vacía de Evie cayó sobre él.

Un silencio sepulcral se tragó el patio, interrumpido únicamente por los estertores de los brujos Andreatos moribundos y el rítmico ploc , ploc de la sangre de Helena, que ya dibujaba un charco oscuro a sus pies.

A su alrededor, los vampiros de Athan habían bajado las armas, contemplando a Evie con una mezcla de temor y reverencia; sabían que su sangre era lo que permitía a su rey liderar aquella batalla en lugar de yacer postrado a los pies de los Andreatos.

Incluso Robert, sostenido a duras penas por Shiloan, parecía perdido.

Sus ojos buscaban a su sobrina, pero solo encontraron a un ser extraño y letal al que no lograba reconocer.

Drake, sin embargo, no podía apartar los ojos de ella. En su pecho, el amuleto reaccionó a la nigromancia que saturaba el aire y comenzó a pulsar con una violencia salvaje, iluminándose con un resplandor color rojo sangre.

—Evie, por favor. Escúchame. No tienes que hacer esto. No tienes que luchar contra nosotros. Yo te amo, Evie… siempre te he amado, desde la primera vez que te vi. Todavía podemos detener esta guerra absurda.

Ella ladeó la cabeza, estudiándolo. Trataba de averiguar qué quedaba en él del chico dulce y amable que conoció.

¿Había existido siquiera alguna vez? ¿O realmente siempre había sido este el verdadero Drake Andreatos?

La oscuridad en su interior rugía, pidiendo sangre y venganza, pero sabía que eso no bastaba.

Si lo mataba ahora, el amuleto haría que Athan muriera con él.

De pronto, el negro absoluto de sus ojos comenzó a remitir.

El blanco de la esclerótica volvió y sus iris recuperaron sus colores naturales, aunque ahora brillaban con una intensidad casi febril.

Sus hombros cayeron de golpe, pareciendo de pronto diminuta en medio del patio, y dio un paso vacilante hacia él.

—Drake —dijo ella, suavizando su voz—. Esto es demasiado. No puedo controlarlo. Me… me quema. Ayúdame.

Drake vio por fin una grieta en su armadura, la primera desde que habían llegado a ese asqueroso castillo, y se lanzó hacia ella sin dudarlo, antes de que pudiera arrepentirse.

—Lo sé, amor, lo sé —dijo él, caminando hacia ella con las manos extendidas y un tono de voz bajo y suave—.

Es demasiado poder, tú no estás acostumbrada a esto.

Te consumirá si no tienes a alguien que te guíe.

Yo puedo ayudarte. Vamos, nena, vuelve conmigo y olvidaremos todo lo que ha pasado. Empezaremos una nueva vida, juntos.

—¿Ayudarme? —Evie dejó que una lágrima solitaria rodara por su mejilla, sucia de tierra y sangre—. Me engañaste, me manipulaste, Drake. ¿Cómo puedo confiar en ti ahora?

—Porque soy el único que puede salvarte la vida ahora mismo —se apresuró a decir, desesperado, acercándose más—. Todo eso pertenece al pasado, amor. Sé que hice muchas cosas mal, pero tienes que regresar conmigo, tienes que dejar que te ayude o esta magia te devorará viva.

Drake puso una expresión de absoluta sinceridad, forzando una mirada de dolor que casi parecía real.

—Ese maldito chupasangres no puede anclarte, su cuerpo no está hecho para soportar este tipo de oscuridad.

Te verá morir y no podrá hacer nada para evitarlo.

Todos en este castillo han estado conspirando para usarte como un arma contra nosotros, incluido tu tío, sin importarles si te consumías en el proceso.

Pero yo te entiendo, amor, yo sé cómo se siente esa oscuridad que albergas ahora mismo en tu interior.

Tú eres como yo. Imagina lo que podríamos hacer juntos; seríamos invencibles.

—¡No lo escuches, Niní! —gritó Athan, luchando contra la orden invisible que aún lo retenía.

A pesar de estar hablando con ella, Drake mantenía sobre Athan una fuerte orden mental que era incapaz de rechazar a tan poca distancia.

Debido al esfuerzo que tuvo que hacer para traer a Evie de vuelta y a la adrenalina de la batalla, su sangre ya se estaba consumiendo en su organismo y cada vez le costaba más resistirse a las órdenes de su amo—. ¡Es una trampa!

Evie se tensó de repente y giró la cabeza hacia Athan. Sus ojos, ahora de su color natural, lo recorrieron con un gesto frío, muy diferente a como lo había mirado apenas unos instantes atrás.