El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 27 #3
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CAPÍTULO 27 #3

—¡No! Es imposible que ella tenga tanto poder, Drake —balbuceó—.

Se suponía que la verdadera magia nacería de la unión de vuestras sangres.

Se suponía que ella solo sería el recipiente, un simple puente para pasarle el legado a vuestro hijo.

Nadie que no sea un nigromante puro debería ser capaz de canalizar el Velo de esa manera sin consumirse; se necesita a todo un aquelarre para conseguir algo así.

Ni siquiera Alexander se atrevió a intentarlo en vida.

Pero, en cambio, Drake no parecía asustado. Estaba sumido en un completo éxtasis.

Se mantuvo de pie, inmóvil, mirando la escena con los ojos febriles, inyectados en una mezcla de lujuria, adoración y una codicia infinita.

Su corazón latía tan fuerte que le dolía el pecho.

Había visto mucho poder a lo largo de su vida, había visto auténtica magia negra, pero aquello…

aquello era la confirmación de todas sus obsesiones.

Ahora podría tenerlo todo. Ella traería a su padre de vuelta y por fin los tendría a los dos: a su padre y a su mujer.

Evie no solo era una bruja poderosa con sangre de nigromante corriendo por sus venas, como su abuela pensaba.

Era una auténtica nigromante de sangre pura.

Era la muerte encarnada. Había metido la mano en el abismo y había sacado una vida; el mismo abismo que casi se cobra la suya cuando él llevó su propio poder hasta el límite absoluto para intentarlo.

Ella no era solo su mujer predestinada, no era solo un trofeo.

Ella era la energía definitiva, la fuente de poder inagotable que los Andreatos habían buscado durante siglos.

Pero el maldito vampiro se había entrometido; estaba claro, después de haber presenciado aquella escena, que algo había pasado entre ellos.

Ese esclavo chupasangres quería robársela, pero él no iba a permitírselo.

Volvería a encerrarlo como a un perro y se alimentaría de su sangre, ahora que había comprobado hasta qué punto era capaz de potenciar la magia de un nigromante.

—No vas a arrebatármela, Athan —susurró Drake, con la voz cargada de una rabia oscura que se reflejaba en su mirada—. Ella es mía.

Evie, todavía con los ojos negros como la noche, se aferró a su tío con tanta fuerza que le robó el aliento. Él la miró confundido, como si por un instante no la reconociera, pero después, poco a poco, la rodeó con sus brazos y la apretó contra su pecho hasta dejarla sin aire.

—Por Dios santo, Evie, cómo has podido arriesgarte tanto. Creí que no volvería a verte, mi pequeña.

Evie sollozaba escondiendo el rostro en el cuello de Robert, pero al alzar la vista para responder a su tío, vio los ojos de Helena y de Drake fijamente clavados en ella.

En el rostro de la bruja se grababa el terror puro, mientras que en el de él brillaba una fascinación enfermiza.

Se levantó casi de un salto, dejando atrás a Robert, que la observaba con una mezcla de gratitud y pánico.

Evie se mantuvo en pie, con la espalda recta y el cabello agitado por un viento que solo ella parecía provocar. Sus ojos seguían siendo dos abismos de negrura líquida, pero ya no había rastro de la chica dulce y amable que ellos habían conocido.

Drake dio un paso al frente, con la locura brillando en sus pupilas. La adoración que sentía por ese despliegue de poder era tan densa que se podía palpar.

—Eres perfecta, amor. Mírate, eres una jodida diosa —susurró él, ignorando a todos los demás—. Juntos, tú y yo… no habrá fuerza en este mundo que nos detenga.

Athan se colocó al lado de Evie, con los labios aún manchados de la sangre de ella y su mirada de depredador clavada en Drake.

El vínculo de sangre que acababan de sellar pulsaba entre ambos como un tambor de guerra.

Ya no eran solo un vampiro y una nigromante; eran una fuerza unificada que el mundo no había visto jamás.

Athan sintió la vibración del poder de Evie a través del vínculo; no era una corriente suave y constante como antes; ahora era un incendio forestal.

Ella no estaba agotada como las otras veces que había cruzado el Velo; estaba sobrecargada.

La magia del Velo la recorría con una violencia que amenazaba con calcinar sus venas si no la expulsaba pronto.

—No habrá un nosotros, Drake —sentenció Evie, extendiendo su mano hacia el suelo—. Y, desde luego, no habrá un futuro para ti ni para la zorra asesina de tu abuela. El linaje de los Andreatos termina aquí hoy.

Bajo sus pies, las piedras del patio comenzaron a agrietarse por la presión de las sombras, que pujaban por salir respondiendo a la llamada de su única dueña. Evie ya no sentía el frío mortal del otro lado, solo sentía una furia oscura y letal que amenazaba con consumirla por dentro.

A una señal de sus dedos, las sombras que rodeaban a Evie se dispararon hacia adelante como lanzas negras, barriendo a los últimos rastreadores y obligando a Helena a levantar un escudo a la desesperada.

—¡¿Queríais a una Betancourt?! —La voz de Evie resonó con el eco de la muerte—. ¡Aquí me tenéis!