El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 27 #2
88%

CAPÍTULO 27 #2

Evie gritó. No fue un grito humano, sino un alarido de poder puro que rompió los cristales de las ventanas del castillo.

Las sombras del patio se levantaron como una marea negra, arremolinándose alrededor de ella y del cuerpo de Robert, formando un tornado de oscuridad que ocultó incluso la luz de la luna.

Drake vio cómo la tierra alrededor de Evie se agrietaba, cómo la hierba se marchitaba instantáneamente. La energía que ella estaba canalizando era obscena. Era antinatural. Y, por todos los santos, era magnífica.

Evie tiró con todas sus fuerzas. Sentía que su propia alma se desgarraba en el proceso, que sus venas iban a estallar por la presión de contener la muerte misma.

Comenzó a quedarse sin fuerzas, a sentir que la arrastraban hacia el otro lado, que tiraban de ella para seguir el mismo camino que Robert.

Y ella se dejó llevar. No soltaría su alma.

No abandonaría a su tío, aunque tuviera que morir en el intento.

Athan la sintió perder las fuerzas, vio impotente cómo comenzaba a desvanecerse. Su rostro perdió todo el color, y unas venas oscuras y palpitantes se marcaron bajo su piel.

—Shiloan, haz algo, ayúdala —susurró Athan, todavía paralizado ante el despliegue de poder que estaba viendo.

—No puedo, Athan. Ha cruzado el Velo, está al otro lado. No tiene un ancla en este mundo. Se lo advertí, no se puede cruzar el Velo sin un ancla. Ya es demasiado tarde, el otro lado está reclamando también su alma. No podrá volver.

—¡No!… No lo permitiré. ¡Al infierno! ¡Su alma es mía, y que el otro lado intente arrebatármela si se atreve! —rugió Athan.

Sin pensarlo un segundo, se lanzó directamente hacia el interior del torbellino de sombras que giraba furiosamente alrededor de Evie.

Atravesó la barrera de magia negra y cayó de rodillas a su espalda, envolviéndola con sus brazos en un abrazo de hierro.

Estaba tan fría que, por una fracción de segundo, el rey vampiro temió haber llegado demasiado tarde.

—Niní, suéltalo. Déjalo ir, por favor… —le rogó junto al oído, apretándola más contra su pecho—. Tú me has devuelto la vida, eres lo único que me importa en este maldito mundo. No puedes dejarme ahora en la oscuridad de nuevo, mi maldita chiquilla loca. Yo… te amo, ¿me oyes? Te amo. Vuelve conmigo…

—Athan —respondió Evie. Su voz era apenas un susurro roto, un hilito apenas imperceptible—. No puedo, ya no tengo fuerzas, Athan…

Su voz se apagó antes de terminar de pronunciar la última palabra.

Un gruñido sordo, cargado de pura agonía, vibró en el pecho de Athan al sentir cómo la energía de Evie se le escurría.

Se apagaba en sus brazos. Pero no estaba dispuesto a abandonar, no iba a perder a lo único que había merecido la pena en su larga y condenada existencia.

Ella era la única luz en medio de su oscuridad, y pensaba demostrarle al universo que no se podía jugar con la fortaleza de un rey vampiro.

Sin pensarlo dos veces, clavó sus colmillos en el cuello de Evie, al tiempo que se hacía un corte en la muñeca con su propia espada y apretaba la herida sangrante contra los labios de ella.

En cuanto la primera gota de sangre rozó su boca, Evie abrió los ojos y su espalda se arqueó violentamente.

Pero Athan se negó a soltarla; siguió con los colmillos hundidos profundamente en su cuello, uniendo sus almas de nuevo a través de la sangre.

Conectó mentalmente con ella y le habló dulcemente, implorándole que regresara.

De pronto, pudo ver lo que ella veía: una oscuridad absoluta, un velo negro apenas perceptible con una lucecita grisácea que se alejaba hacia la nada y un resplandor brillante y anaranjado que trataba de atraparla.

Comprendió que era la energía de Evie intentando alcanzar el alma de su tío, de modo que empujó con todas sus fuerzas, vertiendo su propio poder hacia ella.

La sangre de Athan estaba inundando su sistema, alimentando cada una de sus células, haciendo que su magia devorara aquella nueva energía.

Poco a poco, fue recuperando el aliento.

Comenzó a tirar de nuevo del alma de Robert y, en un último intento, un alarido agónico surgió de sus labios.

Un grito que retumbó en todo el castillo, lanzando una onda expansiva de energía que hizo temer a los presentes que el edificio entero se viniera abajo.

Evie tiró con desesperación, sintiendo que su alma se desgarraba también en el intento.

La Muerte no quería soltar a su presa. Entonces, se concentró en el cuerpo de Athan a su espalda, en sus colmillos clavados en su cuello y en la inmensa energía que la estaba inundando.

Ya no estaba sola; tenía un ancla en este lado.

—Devuélvemelo —sentenció Evie hacia el abismo, con una voz que no pertenecía a este mundo—. Libera su alma ahora mismo y te prometo que antes de que acabe la noche, te entregaré tantas almas que el Velo colapsará bajo su peso.

Fue un pacto de sangre, una oferta que la oscuridad no pudo rechazar. Y de pronto, el universo simplemente obedeció.

Hubo un sonido de succión, como si el aire llenara un vacío repentino.

El cuerpo de Robert se arqueó violentamente sobre la tierra, su espalda curvándose en un espasmo imposible.

Sus costillas rotas crujieron, recomponiéndose, soldándose bajo la piel a una velocidad vertiginosa.

Un humo negro, espeso y denso comenzó a salir de su nariz y de su boca.

Apenas unos instantes después, Robert tomó aire.

Fue una bocanada desesperada, agónica, el sonido de un hombre que se ahoga en las profundidades y sale a la superficie en el último segundo. Sus ojos se abrieron de golpe, desorbitados, llenos del terror puro de quien ha visto el otro lado y ha sido arrastrado de vuelta.

Tosiendo violentamente, Robert se incorporó a medias, agarrándose el pecho, mirando a su alrededor con confusión y pánico. Estaba vivo, respiraba. Su corazón latía de nuevo con un ritmo fuerte y constante.

El tornado de sombras se disipó, dejando a Evie arrodillada junto a él, respirando con dificultad.

Athan apartó sus colmillos de ella y la giró lentamente para que lo mirara.

Pero ella seguía con los ojos completamente negros, fijos en su tío, temiendo que fuera a desvanecerse de nuevo hacia el otro lado en cualquier momento.

—Has vuelto, Niní —susurró Athan, acariciándole suavemente la mejilla.

—Gracias a ti… tú has sido mi ancla —respondió con la voz todavía rasgada.

Un silencio sepulcral cayó sobre el campo de batalla.

Los rastreadores de Ares habían dejado de luchar, retrocediendo en silencio, con el vello erizado y los ojos desorbitados ante el aroma a muerte y destrucción pura que emanaba de la chica.

Ellos eran depredadores, entrenados durante siglos, curtidos en las más crueles batallas.

Pero nadie les había advertido que su misión consistiría en enfrentarse a una criatura como aquella.

El olor a muerte que desprendía Evie gritaba a sus instintos que retrocedieran.

Las sombras cerrándose tras ella les advertían que sus almas ya no estaban seguras en aquel castillo.

Incluso Geo, Shiloan, Khion y el resto de los vampiros de Athan retrocedieron aterrorizados por lo que acababan de presenciar, mirando a Evie con auténtico miedo en sus ojos.

Helena Andreatos había perdido su máscara de superioridad. Estaba pálida como un cadáver, retrocediendo paso a paso con las manos temblorosas, incapaz de creer lo que sus propios ojos acababan de ver.