CAPÍTULO 27
El tiempo pareció ralentizarse; el aire se volvió espeso, casi asfixiante.
Evie vio los labios de Helena moverse, pronunciando una especie de hechizo en una lengua muerta con una voz que le pareció casi demoníaca.
Vio la energía acumularse en las manos de la bruja.
No era una bola de fuego o un rayo visible, sino algo mucho peor: una esfera de oscuridad absoluta, una masa de energía negra y densa que absorbía la luz a su alrededor.
Al avanzar, la esfera desgarraba el espacio, creando una onda de presión letal que hacía que el aire ondulara como el asfalto bajo un sol abrasador. Era una fuerza diseñada para colapsar los órganos internos de su objetivo.
Y su objetivo, sin lugar a dudas, era Robert.
Evie supo entonces con certeza que Helena no iba a por ella; iba a por lo único que le quedaba en esta vida.
Robert estaba a apenas unos metros, luchando contra un rastreador.
Evie gritó su nombre de nuevo, pero ya era tarde: la esfera negra volaba por el aire directa hacia él.
Sin pararse a pensarlo, se lanzó a correr en un intento desesperado por interponerse entre su tío y esa cosa que pulsaba casi viva, imparable, cargada de pura magia oscura.
Athan se movió a una velocidad imperceptible para el ojo humano, dispuesto a interponer su propio cuerpo en la trayectoria. Pero la magia negra de la esfera distorsionaba el espacio, creando una pesada onda expansiva que lo frenó justo antes de que ella le adelantara.
—¡Evie, no! —rugió, luchando contra la presión invisible para alcanzarla, con la voz quebrada por un terror que ella nunca le había escuchado hasta ese momento.
Al escuchar el grito, Robert se giró hacia ellos, pero no tuvo tiempo de reaccionar.
El impacto no fue espectacular. No hubo explosión, ni luz cegadora.
Solo un sonido húmedo y terrible, un crac sordo que resonó por encima del estruendo de la batalla cuando la esfera de oscuridad impactó directamente sobre su pecho.
La caja torácica de Robert cedió bajo la presión mágica, aplastando su corazón y sus pulmones en una fracción de segundo.
Robert ni siquiera gritó. El aire se le escapó de los labios en un suspiro agónico, y sus ojos, clavados en Evie, perdieron su brillo antes incluso de que sus rodillas tocaran el suelo. Cayó de bruces sobre la tierra del patio, inerte, como un muñeco de trapo.
El mundo de Evie se detuvo en el preciso instante en que vio el cuerpo de su tío desplomarse contra el suelo. El sonido de las espadas chocando, los gruñidos de los rastreadores, las palabras de Helena que continuaba recitando aquel maldito hechizo… todo se desvaneció en un zumbido blanco y lejano.
—¿Robert? ¡Robert! —Su propia voz le sonó extraña, lejana, como si viniera del fondo de un pozo.
Evie cayó de rodillas junto a su cuerpo, con el aliento escapándosele de los pulmones.
Athan llegó a su lado un segundo después, y se arrodilló con ella, metiendo sus manos bajo los hombros de Robert para ayudarla a darle la vuelta.
Entre los dos, con movimientos torpes por la urgencia y el miedo, colocaron a su tío boca arriba sobre la tierra empapada de la sangre de sus enemigos.
—Vamos, Robert, tenemos que luchar. Rob… tío, levántate, por favor. ¡Levántate!
Su rostro estaba extrañamente sereno, con los ojos abiertos mirando al cielo nocturno, pero sin verlo. Un hilo de sangre le salía por la comisura de la boca. Evie colocó las manos sobre su pecho, desesperada, buscando un latido, un movimiento, cualquier cosa.
No había nada. Solo un silencio aterrador bajo su piel. El calor de su cuerpo comenzaba a disiparse, devorado al instante por el frío definitivo y antinatural que provenía de aquel hechizo.
—No… no, no, no —empezó a negar Evie, sacudiéndolo, como si pudiera despertarlo, como si tan solo estuviera inconsciente—. ¡No puedes hacerme esto! ¡No puedes dejarme sola ahora! ¡Robert! ¡Despierta!
Un sollozo desgarrador se le escapó de la garganta, una mezcla de dolor puro y rabia.
Había perdido a sus padres, y aunque ahora recordaba el dolor de ese día, no era comparable con esto.
Esto lo estaba sintiendo en carne viva, la destrozaba por dentro.
Robert, el hombre que había sido realmente su padre, que le preparaba un chocolate caliente con nubes cuando tenía pesadillas, que había sacrificado su propia magia y su vida entera solo para verla a salvo, su único refugio en el mundo… se había ido.
Helena Andreatos soltó una risita fría desde el otro lado del patio, rompiendo el silencio de muerte que rodeaba a Evie y Athan. Miró el cuerpo de Robert con una indiferencia que helaba la sangre.
—Lo siento, Evangeline, pero en realidad te he hecho un favor aunque no quieras verlo —dijo, dando un paso al frente con una calma insultante—.
Ese estúpido solo era un lastre para ti.
Te estuvo ocultando quién eras realmente; se encargó de impedir que vieras tu verdadero potencial.
Siempre habría estado intentando que ocultaras tu magia al mundo.
Los Andreatos nunca haremos eso. Nosotros cuidaremos de ti y te enseñaremos a desatar todo tu poder, mi querida niña; ahora nosotros somos tu familia.
El comentario de Helena fue la chispa que prendió fuego a la gasolina que la estaba quemando por dentro.
Evie dejó de llorar de golpe. Las lágrimas se secaron en sus mejillas como si se hubieran evaporado en un segundo.
Un frío glacial, mucho más intenso que el helor de la madrugada que reinaba en aquel patio, se expandió desde el centro de su pecho hacia afuera.
Dejó de sentir la tristeza, el duelo, el dolor.
En cambio, comenzó a sentir un vacío absoluto.
Un agujero negro que engullía cualquier otra emoción humana.
Lentamente, Evie levantó la cabeza y miró a Helena. El abismo negro de sus pupilas se expandió de inmediato. La esclerótica blanca se oscureció, y en cuestión de segundos, sus ojos se convirtieron en dos pozos de negrura líquida, sin iris, sin pupila, sin rastro de humanidad.
El aire en el patio de armas cambió en ese preciso momento.
La temperatura cayó diez, veinte grados en un parpadeo, helando el sudor en la piel de los combatientes.
Las antorchas parpadearon varias veces antes de apagarse, dejando como única iluminación la luna llena y el resplandor enfermizo del amuleto de Drake.
—¿Qué… qué coño está pasando? —murmuró Drake, sintiendo una energía extraña que le erizaba el vello de la nuca.
Athan, que seguía arrodillado junto a ella, se puso en pie de un salto y retrocedió instintivamente.
Su bestia interior, esa parte de él que no temía a casi nada, gimió de miedo ante la presencia de poder y oscuridad que emanaba de la chica.
Shiloan, que había corrido junto a ellos en el momento que vio el ataque a Robert, miró a Athan con una expresión de pánico absoluto.
Evie clavó su mirada directamente en los ojos de Helena.
—Yo no soy una Andreatos, zorra. Soy Evangeline de Betancourt y te juro por la vida de todos mis antepasados que hoy los Andreatos os vais a arrepentir de haberme conocido —dijo Evie con una voz que ya no era la suya.
Era una voz de ultratumba, una voz que resonaba a mitad de camino entre este mundo y el mundo de los muertos.
Las sombras se arremolinaron a su alrededor, creando una especie de aura oscura que rodeaba su silueta. Danzaban rápidas, furiosas; le revolvían el pelo y silbaban en el aire.
Evie ya no escuchaba a nadie. El estruendo de la batalla se había convertido en un eco sordo, un ruido insignificante comparado con el silencio absoluto que emanaba del pecho de Robert.
Y ella no lo aceptaba. No iba a permitir que la muerte le arrebatara de esta manera lo único que le quedaba en esta vida.
—No voy a abandonarte, Rob. No puedes dejarme… así no —dijo Evie. Su voz ya era un eco profundo y distorsionado que hizo vibrar las piedras del castillo.
Colocó ambas manos planas sobre el pecho destrozado de su tío. No pidió ayuda a Shiloan ni se encomendó a nadie. Shiloan y su tío se lo habían enseñado: los nigromantes no piden, toman lo que la naturaleza y la magia les dan.
Bajo sus palmas, la temperatura de la piel de Robert ya no era lo único que sentía.
Podía sentir el rastro de la esfera negra, la huella de la magia de Helena que aún vibraba en su interior, como un veneno.
Evie cerró sus ojos negros y, por primera vez, no buscó la luz.
Se sumergió de cabeza en la oscuridad que siempre había temido.
—Vuelve —ordenó.
No fue un ruego. Fue una orden absoluta que rasgó el tejido de la realidad.
Entonces, las grietas del patio empezaron a exhalar una bruma negra y densa que se enroscó en las piernas de Evie como serpientes hambrientas.
Athan se obligó a dar un paso hacia ella, desafiando a su propio instinto.
Las venas de su cuello se marcaron bajo la piel por el esfuerzo, pero fue inútil.
La fuerza aplastante que desprendía Evie lo golpeó desde arriba y le hizo doblar una rodilla contra el barro con un crujido sordo.
Helena, por primera vez en toda la noche, dio un paso atrás, protegiéndose los ojos ante la presión invisible que emanaba de la chica que acababa de llamar «niña».
Evie visualizó el vacío, y cruzó el Velo sin una pizca de duda o miedo. Vio la chispa vital de Robert, una luz grisácea y tenue, alejándose rápidamente hacia la nada, desvaneciéndose en la corriente de la muerte.
No vas a llevártelo , pensó.
Extendió su voluntad, no como una mano humana, sino como una garra de sombras, y sujetó esa chispa. La sintió tan lejana, fría, resbaladiza. La muerte tiraba del otro lado, una fuerza ancestral que nunca había sido desafiada de esa manera.