El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

—¡Claro que lo eres! —respondió, perdiendo la compostura por un segundo—.

¡Míranos! Somos iguales. Tú y yo, Evie. Somos nigromantes.

Podemos gobernar sobre la vida y la muerte.

Ese vampiro… —Señaló a Athan con repugnancia—.

Ese monstruo solo es un cadáver que camina y se alimenta de sangre humana, Evie.

Es un maldito esclavo. Una mascota. Tu lugar está a mi lado; aléjate de él antes de que te haga daño y ven conmigo, amor.

—Él no es ningún monstruo; tú eres el monstruo. Athan es más hombre de lo que tú serás en mil vidas —escupió Evie con veneno—. Tú me manipulaste. Tú y tu maldito aquelarre destruisteis todo lo que yo amaba, matasteis a mi familia. ¿Y crees que voy a volver contigo como si nada? Antes muerta.

Drake sacudió la cabeza, adoptando una expresión de falso dolor.

—No… él te está manipulando, Evie —dijo, dando un paso hacia ella—. No sé qué mentiras te habrá contado, pero es falso. Ese monstruo asesino mató a tu familia. Los masacró sin piedad. Fue él. Tienes que creerme, mi amor, mi familia jamás haría algo así.

Evie soltó una risa amarga, carente de cualquier atisbo de duda.

—Lo recuerdo todo, Drake. Cada puto minuto de aquella noche —siseó, con los ojos brillando de pura furia—. Cada grito. Cada gota de sangre derramada por mi familia. Y ¿sabes lo que también recuerdo? A ti. ¡A ti, robándole la magia a mi padre mientras moría!

Drake dio un paso más hacia ella, negándose a abandonar su retorcido papel de salvador.

—Yo traté de ayudarlo, Evie, tienes que creerme —suplicó con una convicción perturbadora—.

Pero él enloqueció, se rebeló contra nosotros.

¡Mi padre también murió por su culpa! —bramó, señalando a Athan con un odio visceral—.

¡Todo esto es obra suya! Pero no te preocupes, mi amor…

Yo me encargaré de que pague por lo que nos ha hecho.

Evie lo miró con pura repulsión, asombrada por su nivel de delirio.

—¡Ahórrate tus jodidas mentiras, Drake! —escupió ella, con cada sílaba goteando puro desprecio—. El único que merece estar encerrado eres tú. Pero en una puta celda acolchada.

La máscara de víctima de Drake se hizo añicos en una milésima de segundo, dejando al descubierto su verdadero rostro, consumido por una rabia fría y desquiciada.

—¡Son las mentiras de este engendro las que te han jodido la mente! Pero yo te demostraré lo que es verdaderamente —siseó en respuesta.

Levantó la mano y el amuleto brilló con una luz cegadora.

—¡Athan! —gritó con una voz que parecía brotar del mismo infierno, usando esa magia antigua diseñada para doblegar la voluntad del vampiro—. ¡Arrodíllate ante mí!

Athan se tensó. Evie vio cómo los músculos de su cuello se contraían y cómo las venas de su frente se hinchaban.

El amuleto estaba tirando de él; una orden ineludible, una fuerza invisible que le obligaba a ceder por más que intentara resistirse.

Athan soltó un gruñido de dolor, hincando una rodilla en el suelo lentamente, luchando con cada fibra de su ser contra ese mandato.

—¡No! —gritó Evie, corriendo hacia él.

Una sonrisa de absoluto triunfo se dibujó en los labios de Drake.

—¿Lo ves? Él no es más que un esclavo. Y siempre lo será. ¡Athan, tráela hacia mí! ¡Obedece!

Athan se levantó, temblando violentamente.

El fulgor escarlata de sus ojos fue devorado por un amarillo febril en una milésima de segundo, rodeado por un halo rojo encendido alrededor de las escleróticas y el brillo hambriento de un lobo que acababa de acorralar a su presa.

Era una mirada puramente animal que ya no reconocía a amigos ni aliados.

Se giró hacia Evie, levantando las manos como si fuera a apresarla.

Ella se quedó paralizada, con el corazón en un puño.

—Athan… no. Puedes resistirte, puedes hacerlo —susurró, buscando al hombre detrás del monstruo que habitaba ahora en su mirada.

La mano de Athan se cerró alrededor del brazo de Evie con fuerza.

Drake soltó una carcajada seca, saboreando su victoria.

Pero, de pronto, Athan la miró fijamente y se detuvo.

Cerró los ojos y respiró hondo. El olor de Evie, el latido de su sangre corriendo furiosamente por sus venas y el recuerdo de los besos y las caricias que habían compartido apenas unos instantes antes de que su mundo se fuera al infierno, actuaron como un antídoto, quemando la orden de Drake.

Athan abrió los ojos. El amarillo febril había desaparecido; el azul de su consciencia brilló libre por un instante al mirarla, antes de teñirse del letal escarlata de la furia.

—No —gruñó.

Con un movimiento brusco, tiró de Evie, pero no hacia Drake. La colocó detrás de él de nuevo y se encaró en su dirección, enseñando los colmillos en una sonrisa desafiante.

—Te lo dije, maldito nigromante —dijo con voz letal—. Ella. No. Es. Tuya.

La sonrisa de Drake se borró al instante. La incredulidad dio paso a una ira que ardía en sus venas como un volcán.

—¿Cómo? ¡Es imposible! El poder del amuleto debería ser absoluto —rugió Drake, clavando una mirada rabiosa en su abuela—. Nuestro aquelarre está bloqueando la magia de Shiloan esta vez. ¿Qué cojones pasa, abuela?

—Ya no —intervino Helena. Su voz se filtró en el caos, fría e inapelable. Había estado observando la escena con una fijeza letal—. Se ha alimentado de ella, Drake. ¿No te das cuenta?

Helena miró a Evie y, por primera vez, un destello de preocupación real cruzó sus ojos.

—Ella no solo es una Betancourt; es una fuente de poder puro.

Su sangre está actuando como un antídoto contra nuestra magia en las venas del vykrolakas .

Ahora comparten un vínculo, su magia está filtrando tu poder y anulando parcialmente el del amuleto.

De alguna manera, ella lo está protegiendo desde dentro.

—¿Entonces qué hacemos? —gruñó Drake a su abuela, lanzando una bola de fuego oscuro que Athan desvió con su espada en un movimiento fulminante.

—Mataremos a todos los demás —sentenció Helena con una frialdad despiadada, bajando la voz para que solo Drake pudiera captar sus palabras—.

Si ella es su escudo, debemos distraerla, debilitar su magia.

De lo contrario, no conseguirás llevarla de vuelta, y mucho menos a Athan.

No podemos dañarla físicamente, Drake… pero podemos romper su espíritu para que acabe cediendo.

Helena alzó ambos brazos y el suelo del patio comenzó a temblar bajo sus pies. No iba a por Athan. No iba a por Evie. Sus ojos se clavaron directamente en el brujo que luchaba valientemente a unos metros de distancia, defendiendo a Shiloan de dos rastreadores.

—Empecemos por la familia que le queda —murmuró Helena con una sonrisa perversa que le deformó el rostro.

Evie sintió el cambio de energía en el aire, una sacudida violenta en su propia magia. Percibió la intención asesina de Helena enfocándose directamente en su objetivo y palideció al descubrir hacia quién se dirigía aquella mirada depredadora.

—¡Robert! —gritó, pero su voz se perdió entre el chocar de las espadas y el estruendo de los conjuros invocados como gritos de batalla.

La noche se volvió aún más oscura. Una neblina espesa y antinatural cubrió el patio, y Evie supo en ese instante, con una certeza aterradora, que la verdadera pesadilla acababa de empezar.