CAPÍTULO 26
El primer golpe no fue algo físico, sino sonoro.
Un estruendo ensordecedor, similar al crujido de un glaciar partiéndose en dos, rasgó el cielo nocturno sobre el castillo.
La cúpula de protección invisible que Shiloan había mantenido durante semanas vibró violentamente, brillando por un instante con un color verdoso enfermizo antes de estallar en mil pedazos.
Evie sintió el impacto en todo su cuerpo; una vibración que le recorrió desde la coronilla hasta la punta de los pies.
Arriba, en la almena, el viento cambió de dirección, trayendo consigo el hedor inconfundible de la magia negra, una esencia densa y asfixiante que ahora sabía reconocer a la perfección.
—¡Han roto las barreras! —rugió Athan, apretando ambas manos sobre la empuñadura de su espada hasta que los nudillos se le volvieron blancos—. ¡Geo! ¡Posiciones defensivas! —gritó desde las alturas.
Abajo, en el patio de armas, el caos se desató por completo.
Las sombras de los acantilados cercanos cobraron vida de repente y escupieron a una horda de criaturas.
Los rastreadores de Ares no eran vampiros comunes; se movían a cuatro patas, con una agilidad grotesca, vestidos con armaduras ligeras de cuero que cubrían su piel grisácea.
Sus ojos brillaban con un rojo intenso en la oscuridad, dejando estelas de luz mientras corrían hacia las puertas del castillo.
—¡Mantened la línea! —gritó Geo.
El impacto fue brutal. El sonido del acero chocando contra la carne y los gruñidos de esfuerzo llenaron el aire.
Los vampiros de Athan, guerreros disciplinados, formaron un muro de escudos en la entrada, pero la ferocidad de los rastreadores era abrumadora.
Saltaban sobre los escudos, clavaban sus garras, desgarraban gargantas y mordían con la desesperación de perros rabiosos.
Evie observaba la escena junto a Athan con el corazón desbocado, pero, extrañamente, sus manos no temblaban. La magia que había despertado en su interior se agitaba, ansiosa, pulsando bajo su piel y exigiendo la libertad que le habían negado toda su vida.
—Vamos, ha llegado la hora —dijo Athan, mirándola fijamente—. Pase lo que pase, no te separes de mí.
Él dio un paso hacia ella y le tendió los brazos, dispuesto a cargar con su peso para saltar, pero Evie retrocedió, esquivando su agarre.
Se asomó al borde de la muralla y miró el abismo de más de diez metros.
Cerró los ojos un instante, conectando con esa oscuridad en su interior que Shiloan le había enseñado a buscar apenas unas horas antes.
Visualizó las sombras que se proyectaban desde las torres, densas y largas por la luz de la luna.
Son sólidas si tú quieres que lo sean , recordó. Y antes siquiera de pararse a pensarlo se dejó caer al vacío.
El aire silbó en sus oídos, pero antes de impactar contra el suelo, las sombras se arremolinaron bajo sus pies, amortiguando su caída como un colchón de humo denso. Aterrizó suavemente, apoyando una rodilla en la tierra revuelta del patio.
Athan saltó apenas un segundo después. Aterrizó a su lado con la gracia de un felino, absorbiendo el impacto contra la piedra.
Al incorporarse, le lanzó una mirada fugaz; no había reproche en sus ojos, sino un destello de puro y salvaje orgullo.
Una sonrisa letal curvó sus labios un milímetro antes de girarse y, con un movimiento fluido, decapitar a un rastreador que se abalanzaba sobre ellos.
Al levantar la vista, Evie se encontró directamente con el infierno.
El patio era un auténtico campo de batalla.
Robert y Shiloan estaban cerca de la entrada principal, espalda contra espalda.
Shiloan movía las manos con elegancia, lanzando ondas de choque invisibles que hacían retroceder a los atacantes, mientras Robert, con el rostro desencajado por el esfuerzo pero con una determinación férrea, murmuraba encantamientos defensivos, levantando barreras de tierra y piedra para bloquear el paso.
—¡Por tu derecha! —gritó Evie, viendo cómo otro rastreador intentaba flanquear a Athan por su punto ciego.
Sin pensarlo, extendió la mano. Llamó a la magia en su interior y sintió cómo se desbordaba; esta vez ni siquiera tuvo que esforzarse.
Simplemente, atrapó la sombra del rastreador.
La mancha oscura, que hasta ese momento no era más que una proyección en el suelo, se volvió tridimensional; se enroscó alrededor de los tobillos de la criatura y tiró de ella varios metros hacia atrás.
El rastreador cayó de bruces con un aullido de sorpresa. Antes de que pudiera levantarse, Athan ya estaba sobre él, cercenando su cabeza de un solo golpe de su espada.
—¡Bien hecho! —le gritó Athan por encima del estruendo del combate, mirándola fijamente con sus ojos ahora prácticamente escarlata por el fulgor de la batalla.
Pero la alegría de la victoria momentánea duró poco. Una explosión sacudió las puertas principales del castillo. La madera antigua, reforzada con hierro, se astilló hacia adentro como si hubieran detonado una bomba, lanzando esquirlas mortales por todo el patio.
El polvo se asentó lentamente, revelando la verdadera magnitud de la pesadilla en el umbral.
Drake y Helena no habían venido solo acompañados por los perros de caza de Ares y sus rastreadores.
Tras ellos, emergiendo de la nube de polvo como espectros, aguardaba el aquelarre Andreatos al completo: más de dos docenas de brujos vestidos de negro, sumidos en un silencio sepulcral.
Ambos entraron con una calma que helaba la sangre. Ni siquiera miraron a su alrededor a pesar de la carnicería que los rodeaba. Avanzaban como si fueran los dueños del lugar, envueltos en un aura de poder oscuro que repelía el polvo y la suciedad.
El rostro de Drake estaba pálido, demacrado, pero sus ojos ardían con una intensidad casi maníaca. El amuleto, expuesto sobre su pecho, pulsaba con una luz roja, acompasada con los latidos de su corazón.
—Se acabó el juego, Athan… —la voz de Drake, amplificada mágicamente, resonó en todo el patio, deteniendo momentáneamente la lucha—.
Te llevaste a mi mujer. Devuélvemela ahora mismo o usaré este puto amuleto para que seas tú quien la traiga a rastras hasta mis pies.
No me obligues a convertirte en la mascota que siempre has sido delante de todos tus hombres.
¡Obedece o reduciré a cenizas este maldito nido de ratas!
Athan se colocó al instante delante de Evie, un auténtico escudo viviente de músculo y furia.
—Ella no es tuya, nigromante. Y si das un paso más, te arrancaré la garganta y continuaremos con esto en el infierno, juntos.
Drake dejó escapar una risa fría, cargada de desprecio.
—¿Sigues pensando que tienes elección? Te crees un rey y no eres más que un esclavo. Esto se acaba aquí y ahora, maldito chupasangres. Devuélveme. A. Mi. Mujer. ¡AHORA!
Helena, a su lado, observaba el campo de batalla con desdén. Alzó su mano con firmeza y, con un simple gesto de muñeca, lanzó una ola de energía telequinética que barrió a tres vampiros de Athan como si fueran muñecos de trapo, estrellándolos contra los muros de piedra.
—Acabemos con esto de una vez —ordenó Helena a su aquelarre—. Matad a los vykrolakas . Dejad vivos a la chica y a los traidores de Evan y Shiloan. Yo me encargaré personalmente de ellos.
La batalla se reanudó con una violencia renovada.
Los rastreadores de Ares, envalentonados por la llegada de los brujos, atacaron con más ferocidad.
Geo rugía, cubierto tanto de sangre enemiga como propia, cubriendo la retaguardia de Athan junto a Khion, luchando con espadas, garras y colmillos, dispuestos a proteger a su rey a toda costa.
Drake, sin embargo, solo tenía ojos para una persona. Ignorando a los vampiros y brujos que morían a su alrededor y la mirada amenazante de Athan, clavó su vista directamente en Evie.
—Evie… mi Evie, por fin… —susurró Drake. Comenzó a avanzar hacia ella, apartando a los combatientes con golpes de magia negligentes y erráticos, desesperado por alcanzarla a como diera lugar.
Evie salió de detrás de Athan. No iba a esconderse. No esta vez, ni nunca más.
Drake se detuvo a unos pocos metros de ellos. La observó de arriba abajo. Esperaba verla llorando, temblando, rota por el miedo. Esperaba a la chica dulce y frágil que había manipulado en París.
Pero lo que vio lo dejó sin aliento.
Evie estaba cubierta de polvo y salpicaduras de sangre negra y roja.
Su pelo estaba revuelto por el viento del mar, pero lo más impactante eran sus ojos.
Ya no eran simplemente de aquel precioso color verde; ahora mostraban un tono bicolor, uno verde y otro azul.
Lo que más sorprendió a Drake fue que, en cuanto ella clavó su mirada en él, sus pupilas se dilataron por la adrenalina y la magia hasta devorar ambos colores por completo bajo un abismo negro.
Las sombras parecían bailar a su alrededor, acariciándola, protegiéndola.
No parecía una víctima. Parecía una diosa de la guerra. Una reina oscura.
Una oleada de excitación recorrió la columna de Drake, avivando el hambre posesiva y febril que brillaba en sus ojos.
—Siento mucho haber tardado tanto en encontrarte, mi amor.
Debes haber estado muy asustada —dijo Drake con una voz cargada de una devoción perturbadora—.
Dios… mírate, Evie. Mira en lo que te has convertido.
Esa oscuridad que hay en ti es perfecta.
Siempre supe que estabas hecha para mí. Siempre supe que estábamos destinados.
Tu magia llama a la mía, puedo sentirla.
Evie sintió náuseas ante su tono arrogante y posesivo, pero no retrocedió. Mantuvo la barbilla alta, mirándolo desafiante.
—No estoy hecha para ti, Drake. No soy un objeto que puedas manejar a tu antojo. Y definitivamente, no soy tuya.