CAPÍTULO 25 #6
Al volver a abrirlos, la fiereza de su mirada se había convertido en un hambre oscura. Ahuecó el rostro de Evie con ambas manos, con una posesividad que le robó el aliento. Apoyó la frente contra la de ella, temblando, respirando su mismo aire de forma errática.
—Mía —gruñó, con una voz rasposa que vibró en el pecho de Evie.
Sin darle tiempo a respirar, Athan se abalanzó sobre ella.
Evie, que aún mantenía las piernas fuertemente enredadas a su cintura, se aferró a sus hombros mientras él la aplastaba de nuevo contra la piedra, devorándole la boca en un beso salvaje.
El sabor de la sangre se mezcló con el de su propio deseo en la lengua de Athan.
Allí, al borde del precipicio, ambos se dejaron consumir por un fuego que amenazaba con devorarlos a los dos.
Athan retrocedió apenas unos centímetros, con el pecho subiendo y bajando de forma errática, devorándola con la mirada. Evie tenía las mejillas encendidas por el orgasmo que acababa de darle, los labios hinchados y el pelo completamente alborotado por el viento y por sus manos.
Él alzó una mano de nuevo, acariciándole el rostro con una suavidad inesperada. Con el pulgar, trazó la curva de su labio inferior. El contraste entre la letalidad de la bestia que habitaba en sus ojos y la absoluta delicadeza de ese roce la hizo sonreír.
—Mírate, Niní… —susurró él, con la voz ronca, incapaz de apartar la vista—. Eres la cosa más hermosa que he visto en toda mi condenada existencia.
Evie sintió que el corazón le daba un vuelco. Con los labios todavía palpitando y la respiración errática, alzó una mano para acariciar la mandíbula de Athan. Se inclinó hacia él, guiada por una necesidad ciega de buscar su boca de nuevo, de demostrarle que ella sentía lo mismo.
Pero antes de que sus labios llegaran a rozarse, un aullido lejano, antinatural, rompió la noche.
No era el aullido de un lobo; era un sonido desgarrador, metálico y gutural que le heló la sangre a Evie instantáneamente.
Luego otro. Y otro más, multiplicándose desde la espesura de la arboleda, tierra adentro, a espaldas del castillo.
Athan no retrocedió. Al contrario, su agarre sobre Evie se volvió de acero, aplastándola protectoramente contra la piedra y cubriéndola por completo con su cuerpo.
La furia asesina que cruzó el rostro de Athan fue tan intensa como el deseo de hacía un instante.
Alguien se había atrevido a interrumpirlos.
Alguien venía a por lo que él acababa de reclamar.
Ahora tenía algo mucho más inmenso por lo que luchar que su libertad; ahora mataría a cualquiera que se atreviera a venir a por su reina.
La bajó al suelo con lentitud, sin apartar su vista de la lejana y oscura arboleda. El halo escarlata de sus ojos refulgía con fuerza, casi tragándose el amarillo. Su mano voló hacia Evie, atrayéndola hacia su costado.
—¿Qué es eso? —susurró ella, con el corazón todavía desbocado por el orgasmo y el pánico helado que empezaba a treparle por la garganta.
—Drake ha llegado, y esta vez viene acompañado de los perros de caza de Ares. Son sus rastreadores. Reconocería ese sonido en cualquier parte. Están cerca —siseó Athan. La preocupación en su voz dejaba claro que estaba a punto de desatarse el infierno.
Evie se tensó junto a él. Miró hacia la línea de árboles y sintió una punzada en el estómago.
No era miedo. Ese horrible sonido era la certeza de la muerte acercándose.
Abajo, en el patio, Geo gritaba órdenes.
Shiloan y Robert salían corriendo del edificio principal; sus figuras se recortaban contra la luz de las antorchas.
La calma había terminado. La guerra había llegado a sus puertas.
—Tengo miedo, Athan —confesó ella en un susurro—. No de morir. Tengo miedo de perderte. Tengo miedo de que Drake use ese puto amuleto y te obligue a llevarme con él, o que te obligue a ser su esclavo de nuevo.
Athan se giró hacia ella y le agarró la muñeca con suavidad, besando el centro de su palma, justo sobre la línea de la vida.
—Mientras tu sangre corra por mis venas, su voz es solo un susurro lejano.
No podrá obligarme. Te lo prometo. Antes me arranco el corazón con mis propias manos que levantar una mano contra ti.
Pero si las cosas se ponen feas, Geo tiene órdenes de sacarte de aquí junto a Robert.
Él os pondrá a salvo para que Drake no pueda llevarte con él de nuevo.
Quédate detrás de mí —ordenó Athan. Dio un paso hacia el parapeto y recogió la espada negra con una V dorada en la empuñadura que había dejado apoyada contra la piedra; su hoja brilló con un destello letal bajo la luz de la luna—.
Y no tengas piedad, Evie. Porque ellos no la tendrán.
Evie miró de nuevo hacia los lejanos árboles, donde docenas de ojos rojos comenzaban a brillar entre la maleza como brasas sacadas directamente del infierno. Inhaló profundamente, dejando que la oscuridad de su interior se expandiera, llenándola de un poder frío y terrible.
—No la tendré —susurró ella. Sus ojos se volvieron completamente negros. Athan estaba muy equivocado si creía que ella huiría con Geo o lo abandonaría a su suerte; esa noche se liberarían los dos al fin, o morirían juntos en el intento.