El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 25 #4
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CAPÍTULO 25 #4

—Tranquila, bruja —siseó Alana. Su voz seguía destilando veneno, pero carecía de la fuerza de antes—.

No vengo a pelear esta vez, aunque sigo pensando que Athan nunca debió traerte aquí.

Es culpa tuya que ese nigromante bastardo no le deje ni un solo segundo de paz.

Si te hubieras ido con él, tal vez se habría distraído lo suficiente para que Athan recuperara fuerzas y habríamos huido lejos de aquí. Pero ya es demasiado tarde.

—¿Qué es lo que quieres entonces, Alana? ¿A qué has venido?

Alana apretó los puños a los costados, desviando la mirada hacia el suelo por un segundo. Se notaba que cada palabra que iba a pronunciar le costaba parte de su orgullo.

—Se está consumiendo… —escupió finalmente, volviendo a clavar sus ojos en Evie—. Athan se está consumiendo por dentro. La magia de ese maldito amuleto lo está devorando. Tu adorado brujo ha seguido llamándolo, ordenándole que vuelva, que te lleve con él de nuevo, y Athan está cada vez más débil.

La chispa de oscuridad que bailaba en los dedos de Evie parpadeó y se desvaneció de golpe, ahogada por la sorpresa.

—Pero ha estado entrenando conmigo, me ha estado ayudando… —murmuró Evie, incrédula—. Me dijo que estaba bien, y que se estaba alimentando de Shiloan.

—Te ha mentido. Shiloan apenas puede alimentarlo.

Necesita toda su magia intacta para mantener las defensas de este castillo —la voz de la chica se quebró ligeramente—.

Pero… yo misma vi lo que tu sangre le hizo aquella noche.

Nunca había estado tan lúcido, tan tranquilo.

Cuando se alimentó de ti, volvió a ser él mismo por fin, después de tantos años.

El efecto le ha durado días, mientras que la de Shiloan apenas le sirve unas horas.

Evie sintió que el pecho se le encogía y el corazón le daba un vuelco doloroso.

—Para mí es como un padre, al igual que Geo —continuó Alana, tragándose el orgullo—.

Geo me salvó hace siglos. Me encontró medio muerta después de que un vampiro renegado destrozara a mi familia y me convirtiera para ser su mascota.

Me trajo con ellos, me ofreció un hogar junto a los suyos y me prometió que su rey era un hombre noble.

Y te aseguro que lo es. Todos los que lo hemos seguido estos años lo hacemos por devoción, no por obligación.

Pero hemos tenido que ver cómo su fuerza se iba apagando con el tiempo, hasta que probó tu sangre.

En ese momento resurgió el verdadero Athan Vykros, nuestro rey, y no el esclavo.

—¿Dónde está? —preguntó Evie, sin dudar un segundo más.

—En las almenas más altas. Vigilando. Es demasiado terco para venir a pedirte ayuda.

Tiene miedo de perder el control y hacerte daño.

Prefiere ir a la batalla medio muerto antes que tocarte —Alana tragó saliva, dejando ver por completo su preocupación—.

Tienes que ir tú. Solo espero que puedas convencerlo, o esta guerra habrá acabado antes siquiera de comenzar.

Volverá a ser un esclavo, no lo podemos permitir. Ayúdalo, te lo ruego.

Evie no esperó ni un segundo. Salió de la habitación dejando a Alana atrás y recorrió los pasillos con zancadas firmes y decididas.

Ya no quedaba rastro de la chica asustada que había cruzado aquellas puertas por primera vez.

La magia de los Betancourt latía bajo su piel, infundiéndole una fuerza que nunca pensó que tendría.

Subió la interminable escalera de caracol de piedra, sintiendo cómo el aire se volvía más cortante a cada paso. Al llegar a la pesada puerta de madera que daba acceso a las almenas, inhaló profundamente y la empujó con fuerza.

El viento racheado de la noche la golpeó de lleno, revolviéndole el cabello al instante.

La fortaleza parecía flotar sobre un mar de oscuridad absoluta, apenas iluminada por una luna pálida que se filtraba entre nubes que amenazaban tormenta.

En el rincón más alejado, recortada contra el horizonte, Evie distinguió su silueta, flanqueada como siempre por Geo, que permanecía inmóvil en una esquina, observando a su rey en silencio.

Athan estaba de pie, rígido e impasible, con las manos apoyadas en la piedra del parapeto.

Vestía solo una camisa oscura y pantalones negros de combate, completamente indiferente a las ráfagas que azotaban la torre.

Sin embargo, incluso desde la distancia, Evie podía percibir la tensión que emanaba de su cuerpo; la forma en que sus hombros se curvaban hacia adelante, soportando un peso invisible que lo estaba devorando por dentro.

Se acercó a él. Sus pasos, aunque firmes, no hacían ruido sobre la piedra, pero él sintió su presencia mucho antes de que ella llegara a su lado.

—¿Qué haces aquí, Niní? Deberías estar descansando. Has gastado mucha energía hoy y tu magia no es infinita; necesitas reponer fuerzas —dijo Athan. Su voz sonó más grave y rasposa de lo habitual, una orden directa. Ni siquiera se giró para mirarla.

—Tú también necesitas descansar. Y necesitas alimentarte. Alana ha venido a verme; me ha contado la verdad que todos os empeñáis en ocultarme —replicó ella, clavando la mirada directamente en Geo.

Athan se tensó por completo al escuchar el nombre de la chica.

Finalmente, se giró despacio hacia ella.

La luz de la luna iluminó su rostro y a Evie se le encogió el corazón.

Estaba pálido, mucho más que aquella madrugada, con unas ojeras profundas que hacían resaltar todavía más sus ojos azules.

Ahora parecían oscuros, apagados; el reflejo vivo de su lucha interna por mantener la cordura.

—¿Y qué te ha dicho esa pequeña entrometida? —siseó, aunque Evie notó que le costaba mantener la agresividad en la voz al tratarse de Alana—. Solo estoy montando guardia, estoy bien, ya lo has visto. Vuelve a tu habitación. Es peligroso que estés aquí fuera.

—Me ha dicho que no te estás alimentando lo suficiente, Athan.

—Evie dio un paso más hacia él, desafiando la distancia de seguridad que él intentaba imponer—.

Me ha contado lo que tú te niegas a decirme: que Drake no deja de llamarte y que te niegas a alimentarte de mí.

Dice que estás débil, y ahora sé que no miente. Lo veo en tus ojos.

Él soltó una carcajada seca, carente de humor, un sonido doloroso que se perdió en el viento.

—Shiloan es un brujo muy poderoso. Su sangre es más que suficiente para mantenerme. Alana exagera. Es muy joven y se preocupa demasiado.

—¡Mientes! —le espetó Evie. Su confianza recién encontrada surgió con fuerza, y sin pensarlo dos veces, le agarró el brazo.

Su piel estaba tan fría que le quemó los dedos, pero no lo soltó.

Pudo sentir cómo él temblaba bajo su tacto, una vibración sutil pero constante que delataba la agonía que estaba soportando—.

Te estás debilitando por puro orgullo. ¿Prefieres ir a la guerra medio muerto antes que pedirme ayuda?

Si sigues así no tendrás ninguna posibilidad.

Athan clavó la vista en ella y, por un segundo, un destello rojo refulgió en las profundidades de sus pupilas.

La fachada de control que trataba de mantener se desmoronó por completo y Evie vio al monstruo que acechaba bajo su expresión usualmente dulce: un depredador hambriento, desesperado, que la observaba con una mezcla de avidez y pánico.

—Geo, déjanos solos —ordenó Athan con un tono más agresivo de lo habitual, pasándose una mano por el cabello, visiblemente alterado. Su amigo respondió con un escueto asentimiento y se marchó, cerrando la pesada puerta tras de sí.

—No tienes ni idea de lo que estás diciendo —susurró Athan.

Su voz tembló, rompiéndose por fin. Se apartó de ella de un tirón, dando un paso atrás, como si el contacto físico le resultara doloroso.

Apretó los párpados, negándose a que ella viera su tormento—.

No es orgullo, Niní. Es miedo, joder. Me aterra lo que podría ser capaz de hacerte.

Si te toco estando así… si pruebo tu sangre de nuevo…

—jadeó, con el rostro contraído por la contención—.

No podré parar. Perderé la cabeza. Te drenaré hasta estar completamente saciado y luego te haré mía sobre este maldito suelo de piedra sin importarme las consecuencias.

Cuando volvió a mirarla, el azul eléctrico de sus iris había desaparecido por completo, devorado por ese amarillo salvaje y antinatural.

El halo escarlata, inyectado en sangre, rodeaba sus pupilas, dándole el aspecto de un demonio insaciable; pero, al mismo tiempo, cargado de una vulnerabilidad que desarmó a Evie por completo.

—Nunca me he alimentado de alguien que desequilibre mi mundo como tú lo haces —confesó, dando un paso al frente, incapaz de mantener la distancia.

Su voz era un gruñido ronco, desesperado—.

Compartir sangre es algo muy diferente a alimentarse cuando estás hambriento.

Para los nuestros, compartir sangre es algo sagrado entre una pareja, es como reclamar un alma.

Athan dejó escapar una exhalación temblorosa. Toda su postura irradiaba una contención que rozaba el dolor físico.

—El otro día compartí mi sangre contigo porque no tenía más remedio, quería ayudarte como tú hiciste conmigo, pero ahora sería diferente. Tu sangre me llama, hace que mi cuerpo arda de un deseo que apenas puedo contener, pero… es mucho más que eso.

Acortó el último palmo de distancia que los separaba. Tomó la mano de Evie con suavidad, a pesar del ligero temblor de sus propios dedos, y la apretó directamente contra el centro de su pecho.

—Mírame, Niní —suplicó en un susurro áspero—. Mi puto corazón lleva siglos muerto y ahora mismo está latiendo por ti. ¿Lo entiendes? Me vuelvo jodidamente loco cada vez que te tengo cerca.

Evie sintió el golpe sordo, rítmico y salvaje bajo su palma. El aliento se le atascó en la garganta, incapaz de apartar la mirada de él.