El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 25 #3
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CAPÍTULO 25 #3

Robert la envolvió al instante, apretándola contra su pecho con una fuerza feroz y protectora, escondiendo el rostro en su cabello.

El olor a cuero, a bosque y a hogar que siempre desprendía su tío la rodeó por completo.

En ese abrazo desesperado, Evie no solo encontró su ancla; sintió cómo el calor humano que la magia oscura le había robado regresaba por fin a sus huesos.

Para el resto del mundo podía ser un arma letal o una anomalía aterradora capaz de doblegar a la muerte a su antojo, pero en ese momento, aferrada a la chaqueta del hombre que le había enseñado a cocinar, a montar en bicicleta, a vivir y a ser una niña feliz, Evie volvía a ser, simplemente, su hija.

Drake continuaba observando el cuerpo de su padre en la antigua cripta bajo la casa, todavía incapaz de creer que estuviera allí junto a él. El amanecer había caído con un peso más profundo que de costumbre.

El aire estaba viciado, cargado de magia estática.

Helena estaba de pie frente a un mapa antiguo de la región, extendido sobre una mesa de piedra.

Drake la miró con los ojos inyectados en sangre y las manos temblorosas por la ansiedad.

De vez en cuando trataba de llamar a Athan mentalmente, pero era inútil; no lograba sentirlo.

En el centro del mapa, Helena tenía un cuenco de plata con un líquido espeso y oscuro en su interior, que Drake ahora estaba convencido de que era sangre de vampiro.

Helena dejó caer los cabellos de Robert dentro del cuenco.

El líquido siseó como si fuera ácido y comenzó a burbujear, emitiendo un humo blanco y denso que olía a carne quemada, a cuero y a bosque.

— Aíma pros aíma. Skiá pros skiá. Deíxe moi tin odó [27] —recitó Helena en griego antiguo, su voz elevándose cada vez más, rasgando el silencio de la cripta.

El humo comenzó a elevarse, formando una columna serpenteante sobre el mapa.

Drake contuvo la respiración, esperando que el humo saliera disparado hacia el sur, más allá de París, o quizás hacia el este, hacia las montañas.

Incluso hacia Grecia, si el maldito vampiro había decidido regresar a su hogar.

Esperaba un viaje largo. Esperaba una caza difícil.

Pero, para su sorpresa, el humo no se movió.

La columna blanca se arremolinó sobre sí misma, perezosa, casi burlona. Giró una vez, dos veces, y luego descendió lentamente, posándose como una garra fantasmal sobre un punto en la costa, a escasos centímetros de donde marcaba la ubicación de su propia mansión.

Un silencio pesado cayó sobre la habitación. Drake parpadeó, incrédulo, acercándose al mapa hasta que su nariz casi rozó el papel.

—No puede ser —susurró, sintiendo cómo el estómago se le hundía en una mezcla de pavor y asombro—. ¿Normandía? ¿Los acantilados de Étretat?

Levantó la vista hacia su abuela, con el rostro por completo desencajado.

—¡¿Han estado aquí todo este tiempo?!

—Ese maldito vykrolakas la ha estado escondiendo justo debajo de nuestras narices —siseó Helena, apoyando ambas manos sobre la fría piedra de la mesa, como si quisiera estrangular a Athan a través del pergamino—.

Han estado respirando nuestro mismo aire, viendo nuestras mismas puestas de sol, mientras tú casi te consumes intentando volver a someter su mente.

Drake apretó los puños. El recuerdo de Athan resistiéndose a su control le hizo rechinar los dientes.

—Vamos a arrastrarlo de vuelta —continuó Helena, acercándose a Drake junto al cuerpo de su hijo, bajando la voz hasta convertirla en una promesa letal—.

Y cuando lo hagamos, lo encerraremos en el lugar más profundo de esta casa por el resto de su miserable vida.

Jamás volverá a ver la luz. Y te aseguro, hijo mío, que jamás podrá volver a pedirle ayuda a ningún otro nigromante, aunque tenga que fundirle una máscara de hierro en el rostro para silenciarlo.

Drake clavó los ojos en el muro de piedra, como si pudiera atravesar la tierra con ellos y ver el castillo que se alzaba sobre el mar, a apenas unos kilómetros de distancia.

La cercanía lo hizo sentir enfermo y eufórico a la vez.

Podía sentir a Evie. Ahora que sabía dónde estaba, el amuleto pulsaba contra su pecho, reaccionando a la proximidad de Athan.

—Están tan cerca que casi puedo sentirlos —gruñó Drake, y una sonrisa cruel y depredadora se dibujó en sus labios—. No tenemos que viajar, yiayia . No tenemos que esperar. Podemos caerles encima antes de que salga la luna.

Antes de que Helena pudiera responder, la temperatura de la cripta cayó de nuevo en picado.

Las antorchas parpadearon, reducidas a ascuas moribundas, y las sombras de las esquinas no solo se alargaron; se retorcieron como si estuvieran vivas, creando un muro oscuro sobre la pared.

De esa oscuridad antinatural emergieron, una tras otra, más de una docena de siluetas encapuchadas, ataviadas con largas capas oscuras y armaduras de cuero negro.

En el centro de sus pechos, labrado en la propia armadura, destacaba el imponente escudo con la V de la familia real Vykros.

A Helena le bastó un vistazo para saber que no eran simples rastreadores; eran los perros de caza de Ares, parte de su guardia real.

Vampiros a los que ya no les quedaba ni el más mínimo rastro de humanidad.

Su piel era de un tono grisáceo enfermizo, tensa sobre los huesos, y sus ojos eran pozos de un rojo escarlata absoluto que brillaba en aquella oscuridad, vacíos e inertes, sin una sola chispa del dorado que aún habitaba en la mirada de Athan y los suyos cuando dejaban aflorar su naturaleza.

Cuando el líder dio un paso al frente, desnudó unos colmillos amarillentos, afilados y serrados. Esbozó una mueca de asco al mirarlos, como si la mera presencia de los brujos le repugnara.

—Ese perro traidor ha dejado su hedor por toda la costa —siseó la criatura, con una voz rasposa y profunda que parecía arañar el aire de la cripta—. El amo Ares exige su cabeza, y la de quien sea que le haya ayudado a escapar.

—La chica es mía —lo cortó Drake, dando un paso al frente. Sus ojos oscuros brillaron con una advertencia letal—. Nadie le toca un solo pelo. Ella vuelve conmigo.

El líder vampiro ladeó la cabeza, observándolo con profundo desprecio.

—A mí no me interesa tu mascota, brujo —escupió—. Pero si el traidor de Athan intenta huir de nuevo, no habrá trato que lo salve. Le arrancaré la cabeza yo mismo y me aseguraré de que su corazón alimente a mis soldados.

Drake apretó la mandíbula. Su mano voló instintivamente hacia su pecho, cerrándose en un puño sobre la tela de su camisa, justo donde latía el amuleto.

—Athan también vuelve vivo; él debe regresar con nosotros —intervino Helena, cortando la tensión con voz afilada—.

Ese fue el acuerdo con vuestro amo. Nosotros le pondremos las cadenas y nos aseguraremos de que jamás pueda volver a escapar.

A cambio, cualquiera que esté con ellos es vuestro.

Podéis hacer con sus vidas lo que queráis.

Los ojos escarlata del vampiro parecieron encenderse al escuchar la oferta.

—Te aseguro que habrá una masacre esta noche, bruja. Partiremos en busca de todos esos traidores en cuanto caiga el sol.

Helena sonrió. Una sonrisa lúgubre, tan oscura como la de los propios monstruos que la rodeaban en aquella cripta. Se acercó a su nieto y le susurró:

—Drake, es hora de reunir a los nuestros.

Voy a convocar a todo el aquelarre; esta vez ese vykrolakas no tendrá escapatoria.

Se creen seguros bajo su cúpula de invisibilidad, han pensado que podían ser más listos que nosotros…

Vamos a demostrarles lo equivocados que están.

Esta misma noche, Evie será tuya de nuevo y ese monstruo volverá a estar encerrado, esta vez para siempre.

El fuego de la chimenea se había reducido a ascuas desde que Robert abandonó la habitación.

Sola por fin, Evie apartó la vista de sus propias manos.

Ya no le temblaban. La revelación de su tío había asentado algo muy profundo en su interior; la magia que corría por sus venas con tanta furia ya no se sentía extraña, ni la percibía como algo ajeno que luchaba por invadir su cuerpo.

Ahora era parte de su propio ser. Era su herencia, la esencia de sus padres, que siempre estaría ahí para protegerla en perfecta sintonía con su propio poder.

Un roce casi imperceptible contra la madera de la puerta la sacó de su ensimismamiento.

Se levantó despacio y giró el pomo, pero el pasillo estaba desierto. Antes de que pudiera cerrarla de nuevo, la temperatura de la habitación descendió de golpe. Las sombras se estiraron y, de la oscuridad, emergiendo como un espectro, una figura menuda entró rápidamente sin pedir permiso.

Evie se puso a la defensiva al instante.

Su sangre reaccionó antes que su propia mente, y una chispa de energía oscura, instintiva y letal, crepitó en la punta de sus dedos.

Recordaba perfectamente a aquella chica de aspecto aniñado y larga melena negra.

Recordaba muy bien sus manos frías apretándole el cuello hasta casi romperle la tráquea.

Evie no retrocedió. Al contrario, alzó la mano, dejando que la oscuridad bailara de forma visible entre sus dedos, e iluminando sus ojos con una advertencia letal.

—Si vienes buscando pelea, has elegido un mal momento —dijo Evie con una calma que no terminaba de sentir, sosteniéndole la mirada—. ¿Qué quieres, Alana?

Pero para su sorpresa, esta vez la vampiresa no la atacó.

No enseñó los colmillos ni rugió, ni siquiera se le acercó.

Se quedó clavada junto a la puerta. Sus ojos azules, que días antes brillaban con el amarillo y el rojo de un demonio sediento de sangre, ahora se veían apagados, bordeados por unas profundas ojeras violáceas.