El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

La sensación fue totalmente abrumadora. Con la sangre de Athan fue como si se abrieran parcialmente las compuertas de una presa que contuviera un río inmenso en su interior.

Pero ahora esas compuertas estallaron, dejando paso a una marea que lo inundó todo con una violencia salvaje.

Sintió la presencia de cada ser vivo en aquel castillo: la ansiedad de su tío, la calma de Shiloan, el pulso de todos los guerreros que habitaban allí.

Pero, por encima de ese murmullo general, latía el corazón de Athan en las almenas.

No necesitaba siquiera concentrarse para reconocerlo; después de aquellos pocos días juntos, distinguiría su ritmo en cualquier parte. Y notó que estaba ansioso, inquieto.

Pronto comprendió que la vida no era lo único que vibraba a su alrededor.

También sentía a los muertos. Percibió los insectos secos bajo las tablas del suelo, los ratones que habían perecido entre los muros hacía siglos e, incluso, muy al fondo en las entrañas de la tierra, la resonancia de antiguas tumbas bajo los cimientos del castillo.

Abrió los ojos. Sintió cómo una fría oscuridad inundaba su visión; de pronto, el mundo a su alrededor adquirió un matiz completamente distinto.

Las sombras de la biblioteca cobraron vida. Ya no eran simples proyecciones de la luz; eran entidades físicas, zarcillos de humo negro que se levantaron del suelo y comenzaron a girar a su alrededor, acariciándole los brazos y el pelo como mascotas fieles saludando a su dueña.

—Dios santo… —susurró Robert, dando un paso atrás, sin poder creer lo que estaba viendo—. Ni siquiera su padre tenía esta facilidad. Mi hermano lo intentó en alguna ocasión, pero le consumía demasiada energía. A mí las sombras nunca me obedecieron.

—Porque ambos luchabais por dominar a la muerte, Robert —intervino Shiloan, con una sonrisa de absoluta fascinación, dando un paso hacia Evie—.

Mírala. A ella ni siquiera le cuesta esfuerzo.

Las sombras no están consumiendo su energía.

Simplemente responden a ella por puro instinto, como si la reconocieran, como si supieran que su lugar también está entre ellas.

Evie levantó una mano y las sombras imitaron su movimiento, formando una garra gigante en el aire. Se sentía poderosa. Intocable por primera vez en su vida.

—Con esto… —murmuró, y su voz sonó extraña, distorsionada, como si el propio Velo hablara a través de ella—. Con esto, Drake nunca más volvería a tocarme. Nadie podría hacerme daño. Sería tan fácil protegerme, podría protegernos a todos.

—Sí, lo sería —advirtió Shiloan, chasqueando los dedos para romper el trance—. Pero si te dejas llevar por esa sensación de poder, te perderás. La oscuridad es seductora, Evie. Te ofrece soluciones rápidas. Matar es fácil. Controlar es fácil. Lo difícil es saber cuándo parar.

Las sombras se disiparon y volvieron a su lugar. Evie parpadeó, y sus ojos recuperaron su color natural. Se sintió mareada de golpe, vacía, como si le hubieran quitado un abrigo en medio de la nieve. Robert corrió a sujetarla antes de que cayera.

—Ya basta —espetó Robert, mirando a Shiloan con reproche—. La estás agotando. No es un soldado, Shiloan. Es muy joven para esto, es demasiado para ella.

—Ya no, amigo —respondió Shiloan con suavidad—. Ya no es una niña. Ahora es la única que puede salvarnos a todos. Y más vale que esté preparada cuando lleguen, porque te aseguro que los Andreatos no tendrán piedad.

Robert la guio por los silenciosos pasillos del castillo, sosteniéndola suavemente por el brazo hasta que llegaron a su habitación. El frío de la propia piedra parecía habérsele metido en los huesos a Evie, que se dejó caer al borde de la cama, temblando ligeramente todavía.

Sin decir una palabra, Robert encendió el fuego de la chimenea y le acercó una taza con una infusión humeante que alguien había dejado en la mesita de noche.

Sospechaba claramente quién había sido: Athan.

Siempre andaba al acecho de su sobrina, siempre vigilando.

Notaba sus ojos en la nuca cada vez que estaba con ella.

Tendría que hablar con él definitivamente y aclararle que debía mantener las distancias con su Evie.

Podía estar aceptando su ayuda para protegerla, pero otra cosa muy diferente sería tolerar que se acercara a ella de otro modo. Eso nunca lo iba a permitir.

El aroma a menta y hierbas logró disipar un poco el olor a humo y sombras que aún impregnaba los sentidos de Evie.

—Bebe —ordenó él con voz ronca pero suave, sentándose en una silla frente a ella—. Te ayudará a entrar en calor.

Evie obedeció, sintiendo cómo el líquido le quemaba agradablemente la garganta.

El olor de la infusión le resultó familiar; era idéntico al del ungüento que Athan le había aplicado en las manos cuando se las raspó entrenando, y eso la hizo sentirse todavía más reconfortada.

El silencio entre ambos pesaba en la habitación.

—En realidad asusta, Rob —susurró Evie al cabo de unos minutos, mirando todavía el fondo de la taza—. Lo que sentí ahí abajo… la facilidad con la que podría haberlo destruido todo. El poder que sentí era demasiado grande. Demasiado abrumador.

Robert dejó escapar un suspiro cansado y se frotó el rostro con las manos, mostrando sin poder evitarlo todos los años que llevaba cargando con el peso de protegerla de su propia oscuridad.

—El poder a veces asusta, pequeña. Y eso es bueno. Si no lo hiciera, si solo sintieras placer al usarlo, entonces sí que te habrías perdido. —La miró a los ojos, dejando entrever un atisbo de melancolía.

—Tu padre era el brujo más brillante de nuestra generación —continuó Robert, con la mirada aún empañada por una profunda tristeza—. Pero cada hechizo era un pulso para él, un esfuerzo agotador para someter la oscuridad a su voluntad. A él le costaba la vida, Evie. Pero a ti te sale natural.

Ella aferró la taza entre las manos, sintiendo que el corazón le latía con fuerza.

—No es solo que me salga natural, Rob… —murmuró, levantando la vista hacia él—.

Es la luz. Esa luz que todos veis en mí, la que tuviste que esconder creando esos muros.

Creo que es la magia de mi madre. La noche que murieron, cuando me escondió en el callejón, me besó en la frente antes de ir a buscar a mi padre, y sentí cómo algo cálido y brillante entraba en mí.

No supe lo que era en ese momento, pero ahora creo que, de alguna manera, me traspasó su magia.

Robert se quedó petrificado. El aliento pareció escapársele de los pulmones mientras las palabras de su sobrina caían sobre él con el peso de una montaña.

Parpadeó una, dos veces, y, de pronto, una risa áspera y profunda brotó de su garganta.

Se puso en pie de un salto, pasándose las manos por el pelo con absoluta incredulidad.

—Qué hijo de puta… Joder, es increíble —susurró, mirando a la nada—. Mi hermano fue el hijo de puta más listo que he conocido nunca.

—¿Rob? —Evie se encogió ligeramente en la cama, asustada por su reacción.

—¡Piénsalo, Evie! —Robert se giró hacia ella; sus ojos brillaban ahora con una mezcla de orgullo salvaje y dolor por el recuerdo de su hermano—.

Syrielle era una gran vidente, además de una bruja blanca excepcional.

¡Ellos sabían que iban a morir esa noche!

Sabían que Helena y los Andreatos no venían solo a por Athan.

Venían a por la magia de tu padre. Así que él se la pasó a Syrielle, para que ella te la entregara a ti, purificada por su luz.

Por eso albergas tanta fuerza. Llevas la esencia de los dos fundida en tu sangre, en cada célula de tu cuerpo.

Evie entreabrió los labios, pero el aire se le atascó en la garganta, incapaz de articular palabra ante el peso de aquella revelación.

—Los Andreatos siempre pensaron que ese niño demoníaco suyo había robado la magia de tu padre para pasársela al suyo —escupió Robert con una sonrisa feroz—.

Creen que Drake es el portador de su poder, de su oscuridad, de todo su legado.

Pero solo se llevaron las migajas, Evie.

El residuo que quedó en su cuerpo. Ahora estoy completamente seguro de que todo el poder de mi hermano te lo cedieron a ti, junto con el de tu madre.

Ella sabía que, a pesar de ser una niña, ya eras inmensamente fuerte; sabía que podrías soportar la carga de ambos.

Puede que Drake sea un nigromante temible solo con la sangre de los Andreatos que corre por sus venas…

Pero tú eres una Betancourt. Llevas la esencia de los brujos más grandes que han caminado por esta tierra; nuestra familia fue su mayor terror, y juntos vamos a hacer que se arrepientan de habernos subestimado.

—Entonces por eso Shiloan piensa que soy un arma. ¿Es eso lo que soy, Rob? ¿Una jodida arma que mis propios padres forjaron?

—Shiloan solo ve la guerra —la interrumpió Robert, acercándose de nuevo para tomarle las manos, aún heladas, entre las suyas—.

Pero yo te veo a ti. Y también veo el último acto de amor de tus padres.

Ellos solo se encargaron de reforzar lo que ya corría por tus venas por herencia.

No me importa cuánto poder tengas, ni que las sombras se arrodillen a tus pies.

Para mí sigues siendo tú, mi pequeña Evangeline, mi adorable Niní.

Y si alguna vez sientes que esa oscuridad te arrastra, mírame, llámame. Yo siempre seré tu ancla, hija mía.

Las palabras de Robert rompieron la última barrera que Evie mantenía en pie. El miedo, el frío del Velo y la abrumadora presión de su propio poder se desmoronaron de golpe. Con un nudo en la garganta, soltó la taza sobre la mesita y se lanzó a sus brazos.