CAPÍTULO 25
Para Evie, los días en el castillo de los acantilados pasaban en una extraña bruma de dolor físico y despertar espiritual.
Todavía no había salido el sol sobre los acantilados cuando ella ya estaba en pie, con el cuerpo dolorido por el esfuerzo del día anterior, pero con una energía renovada que le bullía bajo la piel.
No era la inquietud o el miedo que sintió al llegar allí, sino un fuego constante, una brasa oscura que Shiloan y Robert le estaban enseñando a avivar y a sofocar a voluntad.
Ahora podía sentir su magia sin tenerle miedo; al contrario, deseaba aprender más y controlarla mejor.
El patio de armas se había convertido en su nuevo lugar favorito en el mundo. El olor a tierra removida, el salitre del viento y el aroma dulce y fresco de Athan se mezclaban en el aire, dándole una extraña y reconfortante sensación de hogar.
—¡Más rápido! —le exigió Athan.
Él se movió con una fluidez letal, lanzando un golpe rápido y calculadamente contenido hacia su rostro. Evie se agachó a tiempo, sintiendo el desplazamiento del aire sobre su cabeza, y giró sobre sí misma para lanzar un codazo directo hacia el pecho de él.
Retrocedió un paso, sorprendido, esquivando el impacto por milímetros, y una sonrisa lobuna se dibujó en su rostro.
—Mejor. Mucho mejor. Pero has dejado tu costado derecho totalmente expuesto.
Antes de que Evie pudiera reaccionar, Athan se movió con esa velocidad sobrenatural que lo caracterizaba.
Se coló bajo su guardia, la atrapó por las costillas desprotegidas y, en una fracción de segundo, terminó de espaldas en la tierra, con Athan a horcajadas sobre ella, inmovilizándole las muñecas contra el suelo.
El mundo se detuvo a su alrededor. El pecho de Evie subía y bajaba frenéticamente, rozando el duro torso de Athan.
El olor de la tierra y el salitre se mezclaba en el aire, pero fue su inconfundible aroma lo que la envolvió por completo, nublándole los sentidos.
Evie miró esos ojos azules, tan intensos que parecían brillar bajo la pálida luz de la luna, y sintió cómo la batalla daba paso a algo mucho más peligroso.
—Muerta —susurró Athan. Su voz carecía de amenaza; era ronca, vibrando con un deseo que luchaba por contener—. Si yo fuera Drake, o uno de los perros de Ares, ya estarías muerta, Niní.
Todavía le resultaba extraño escucharlo llamarla así.
Al principio lo hacía de forma aislada, en ocasiones, pero ahora parecía negarse a llamarla de otra manera.
Un escalofrío ardiente le recorrió el vientre.
Tener a Athan así de cerca, inmovilizándola con su peso, hizo que la sangre le hirviera en las venas y la mente se le quedara en blanco.
Athan notó su reacción. Se inclinó un poco más, acortando la escasa distancia que los separaba, hasta que la respiración agitada de Evie chocó contra su boca. Sin embargo, sus ojos se oscurecieron de pronto con una furia que los hizo refulgir en rojo.
—Y créeme, vendrán. Estoy seguro de que cuando mi tío se entere de que he escapado de las garras de los Andreatos, mandará a sus mejores soldados para ayudarles.
Ellos tienen un pacto, y ese pacto incluye que yo siga siendo el esclavo de esa maldita gente, aunque eso implique matarte a ti y a todo el que se ponga por delante para conseguirlo.
Athan bajó la cabeza lentamente. Evie sintió su aliento en el cuello, justo en ese punto sensible donde el pulso le latía desbocado. Podía sentir su hambre, su sed de sangre y cómo se estaba conteniendo. Su cuerpo reaccionó instintivamente, arqueándose hacia él, ofreciéndose.
—Athan… —gimió, y el sonido murió en su garganta—. Si necesitas alimentarte, hazlo —continuó, exponiendo un poco más el cuello hacia sus labios.
Él cerró los ojos y soltó un gruñido de frustración, tan profundo como el ronroneo de un animal salvaje. Se separó de ella bruscamente y se puso de pie.
—No me tientes, Niní, joder —advirtió, con la voz ronca por el esfuerzo de contenerse—. Necesitas toda tu fuerza, y mi control ahora mismo está al límite.
Le ofreció una mano para ayudarla a levantarse, pero evitó mirarla directamente, como si el contacto visual fuera a quebrar su férreo autocontrol. Aceptó el agarre, sintiendo la tensión de sus músculos al tirar de ella hacia arriba.
—Será mejor que lo dejemos por hoy —sentenció él. Su tono se volvió abrupto, casi cortante. Miró por encima de su hombro y su cuerpo se tensó de inmediato—. Va a amanecer. Ve a buscar a Shiloan, yo debo retirarme ahora.
Evie se sacudió el polvo de los pantalones, sintiendo la pérdida de su calor casi como una herida física.
Lo vio alejarse hacia las almenas, caminando con paso rígido, y supo que la guerra no era solo contra los Andreatos.
Había una guerra dentro de ellos, una batalla entre el deber y el deseo que amenazaba con consumirlos antes de que el primer hechizo fuera lanzado.
Fue entonces cuando el cielo empezó a clarear por el este y Evie entendió sus últimas palabras.
Notó el cambio en Athan al instante. Su cuerpo perdió aquella fluidez letal y su velocidad sobrenatural pareció ralentizarse, como si el primer rayo de sol pesara sobre sus hombros.
Shiloan se lo había explicado: el sol hacía hervir la sangre de los vampiros jóvenes desde dentro hasta convertirlos en cenizas, pero no a los antiguos como él.
Simplemente perdían su ventaja. La luz drenaba su fuerza y adormecía sus instintos, reduciéndolos a algo peligrosamente parecido a un ser humano mortal.
Y si había algo que Athan odiaba en este mundo era sentirse mortal.
El ambiente en la biblioteca del castillo era radicalmente distinto.
Olía a pergamino viejo, a cera de vela y a hierbas secas.
Shiloan estaba sentado frente a una mesa llena de grimorios abiertos, mientras Robert la observaba desde un rincón, con los brazos cruzados y el rostro marcado por la preocupación y el insomnio.
—La nigromancia no es solo lanzar hechizos, Evie —explicaba Shiloan con su voz calmada y profunda—.
Es saber escuchar y controlar tu magia en todo momento.
La muerte tiene un idioma: los huesos hablan, las sombras susurran.
Tienes que aprender a imponer tu voluntad sobre ellos, a que sea solo a ti a quien escuchen.
Y si alguna vez cruzas el Velo, debes anclarte primero a este mundo para evitar que puedan arrastrarte hacia el otro lado.
Robert dio un paso al frente, haciendo que la madera del suelo crujiera.
—Ya te dije que jamás deberías cruzar el Velo, es algo prohibido incluso para nosotros.
Pero si alguna vez lo haces, debes tener un ancla.
La mayoría de los nigromantes usamos un vínculo vital para atarnos a los vivos en este lado.
Lealtad, lazos de sangre, amor. Por eso pude traerte de vuelta, porque nuestro vínculo tiró de ti en medio de la oscuridad.
Si no, jamás hubieras podido escuchar mi voz desde el otro lado.
No puedes cruzar sola, ¿me escuchas? Tiene que haber alguien junto a ti en este lado para traerte de vuelta, o podrías quedarte atrapada en el Velo para siempre.
Evie sintió un nudo en la garganta al ver la angustia en los ojos de su tío.
Sabía que su hazaña le había cobrado un alto precio físico y mental, un coste que Robert pagó para rescatarla del otro lado.
El recuerdo del frío antinatural del Velo aún le erizaba la piel, pero no tanto como la expresión de terror puro que vio en el rostro de su tío cuando la trajo de vuelta.
—Lo entiendo, Rob —murmuró, sosteniéndole la mirada para que viera que hablaba en serio—. No volveré a hacerlo sola. Te lo prometo.
Robert dejó escapar un suspiro tembloroso, asintió lentamente y dio un paso atrás, volviendo a cruzarse de brazos. Shiloan permitió que el silencio se asentara unos segundos antes de devolverla al presente.
Por indicación de Shiloan, Evie se sentó en el suelo mientras él formaba un círculo a su alrededor con huesos de pequeños animales.
—Hoy vamos a aprender a escuchar desde este lado, Evangeline.
Robert tuvo que levantar muros en tu mente para esconder tu poder y evitar que te encontraran.
La mayor parte de esas barreras se derribaron cuando Athan te dio su sangre para romper el hechizo de Drake, pero ahora tienes que terminar de echar abajo el resto.
Tienes que dejar que la oscuridad te llene, que se entrelace con tu luz.
No le tengas miedo. Es parte de ti, es lo que eres.
Tú eres luz y oscuridad, pequeña Evangeline; eres mucho más de lo que ningún brujo haya podido soñar jamás.
Evie asintió lentamente y cerró los ojos.
Buscó en lo más profundo de su mente, palpando a ciegas hasta encontrar los restos de aquellos muros que Robert había construido.
Se sentían como bloques de piedra fría y pesada, agrietados por la sangre de Athan, pero aún en pie, conteniendo su verdadero poder.
Evie hizo algo que nunca se había atrevido a hacer: dejó de resistirse.
Soltó el control. Permitió que la oscuridad que siempre había temido se filtrara por las grietas, enredándose en un abrazo perfecto con la luz cálida que le había legado su madre.
Juntas, ambas magias barrieron los escombros de su mente, pulverizando los últimos muros invisibles hasta reducirlos a cenizas.