El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 24 #3
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CAPÍTULO 24 #3

Abrió los ojos. Con un leve giro de muñeca, el agua flotante se evaporó con un siseo, y en el centro de su palma derecha se encendió una intensa llama dorada.

No la quemaba; irradiaba un calor reconfortante.

Miró asombrada los elementos que vibraban en armonía a su alrededor: la tierra levitando, el viento arremolinándose y el fuego brillando en su mano.

Drake le había demostrado que podía dominar los cuatro elementos a la perfección, pero ahora… ella también lo estaba haciendo.

Shiloan asintió, esbozando una levísima sonrisa de satisfacción.

—Ahora, enraíza esa energía. Agradece a la naturaleza y devuélvesela.

Cerró el puño, extinguiendo la llama. El viento amainó de golpe y las piedrecitas cayeron al suelo con un repiqueteo seco. Cuando el silencio y la quietud regresaron por fin al patio de armas, Shiloan dio la lección por concluida.

—Es suficiente por hoy. Has vaciado mucha energía —dictaminó, girándose hacia Robert—. Evan, acompáñame al interior. Tenemos asuntos que discutir sobre las defensas del castillo.

—Es Robert, joder —lo corrigió él, tajante—. Acostumbraos de una vez. Evan ya no existe.

Shiloan lo observó durante un segundo, asintiendo lentamente con una mezcla de respeto y comprensión.

—Como desees, Robert. Acompáñame.

Robert asintió, dándole una última mirada protectora a su sobrina antes de seguir a Shiloan. Athan, acatando la orden de conservar sus fuerzas, se retiró en silencio hacia la galería superior, fundiéndose con las sombras de los arcos.

Evie estaba tan agotada que no tenía fuerzas siquiera para caminar. Se dejó caer en el banco de piedra, frotándose las sienes.

Entonces, un golpe seco y sordo la sobresaltó.

A escasos metros de ella, un pequeño gorrión acababa de estrellarse a toda velocidad contra el grueso muro de la torre. Su cuerpecito cayó a plomo sobre la tierra seca, levantando una minúscula nube de polvo.

Se acercó despacio y se arrodilló a su lado.

Siempre había adorado a los animales, y se le encogió el corazón al ver que el pequeño gorrión tenía el cuello torcido en un ángulo antinatural.

Estaba muerto. No había latido, no había respiración.

Sin embargo, al mirarlo, no pensó en las advertencias de Shiloan ni en los escudos de su tío.

Solo sintió una punzada de pura y cruda compasión, y el llamado de su magia exigiendo salir de su cuerpo.

Sin pensarlo, ahuecó las manos y recogió el frágil cadáver.

En cuanto tocó el cuerpecito del gorrión, frente a ella se alzó el Velo.

Siempre había pensado que era un mito o una leyenda que leía en sus libros de fantasía.

Pero allí estaba: un inmenso muro de energía insondable, una barrera tangible y ondulante que habría resultado completamente invisible para cualquier ojo humano.

Pero ella lo veía con absoluta claridad, el fino velo que separaba el mundo de los vivos del de los muertos.

El azul y el verde de sus iris fueron devorados por la oscuridad hasta volverse completamente negros, como dos profundos estanques de tinta. Y, sin un solo atisbo de miedo, dio un paso al frente y lo cruzó.

El frío del otro lado era absoluto, un abismo helado que le caló hasta los huesos.

En aquella infinita negrura, logró vislumbrar una pequeña lucecita dorada que se escapaba rápidamente hacia la oscuridad: el alma del gorrión.

Impulsada por un instinto ancestral que latía en su sangre pura, extendió su voluntad como si fuera una red invisible, envolvió la cálida chispa con su energía y tiró de ella hacia la luz.

Pero el Velo no quería soltar a su presa.

La oscuridad empezó a tirar de Evie en dirección contraria, arrastrándola hacia el vacío.

Su cuerpo físico, arrodillado en el patio, comenzó a temblar violentamente.

No sabía cómo soltarse. No sabía cómo regresar.

El frío le estaba calando hasta los huesos, paralizándole el corazón.

—¡Evie! ¡No!

Una fuerza arrolladora la agarró por los hombros, sacudiéndola con desesperación.

—¡Evie, mírame! ¡Vuelve a mí, cariño, vuelve conmigo!

El grito desgarrador de Robert cruzó el Velo y pudo escucharse desde el otro lado.

Evie tomó una bocanada de aire agónica, como si acabara de salir a la superficie tras casi ahogarse en un mar profundo de agua helada y espesa, y la oscuridad se retiró de sus ojos, devolviéndoles su color natural.

Robert nunca se había alegrado tanto en la vida de ver su heterocromía.

Temblaba de pies a cabeza. Estaba empapada en un sudor helado y se refugió instintivamente en sus brazos. Él había caído de rodillas frente a ella, pálido como un cadáver y respirando con tanta agitación como ella.

En ese instante, los diminutos huesos del cuello del gorrión volvieron a encajarse con un suave chasquido entre sus manos.

El animal tomó aire de golpe, parpadeó con sus brillantes ojos oscuros llenos de vida y sacudió las plumas.

Sin un solo rastro de torpeza o muerte, echó a volar de forma ágil y natural, perdiéndose en el cielo del anochecer.

Robert miró al pájaro alejarse, completamente sano, y luego clavó sus ojos aterrorizados en su sobrina, agarrándole el rostro con ambas manos.

—No vuelvas a hacer eso —le suplicó, con la voz rota—. Cruzar el Velo es asomarse a un abismo hambriento. Si entras ahí sin saber cómo anclarte, no podrás volver. Acabarás perdida al otro lado, la muerte te arrastrará con ella y te perderé para siempre. ¿Me entiendes? ¡No lo vuelvas a hacer!

Evie asintió torpemente, todavía en shock , sintiendo el calor de sus manos contrastar con el hielo que aún le entumecía las venas.

En lo alto de la galería, oculto en las sombras más espesas, Athan había presenciado cada segundo de la escena.

Observó al pájaro revivido perderse en el horizonte y luego bajó la mirada hacia Evie, que temblaba en los brazos de Robert.

Su pecho inmortal se agitó. Lo que sentía no era miedo ante el poder absoluto de aquella joven; era una devoción oscura, febril e inquebrantable.

Ella era la bruja más poderosa que había visto jamás en sus más de cuatrocientos años. Nunca había visto a nadie capaz de cruzar el Velo y traer un alma de vuelta, aunque fuera la de un pequeño animalito como aquel gorrión.

Un instinto de protección salvaje que nunca había sentido hasta ahora encendió una llama en su pecho. Durante un segundo, recordó la frase que Syrielle de Betancourt le dijo antes de morir: «Protégela, Athan, porque ella es tu destino».

No lo había entendido entonces, pero lo entendía ahora.

Ella era su destino, ella era su ancla a este mundo…

ella lo era todo. Y lo había comprendido en el preciso instante en que la sintió cruzar el Velo, cuando, justo antes de ver aparecer a Robert, estaba dispuesto a lanzarse en picado desde aquella galería y cruzar el puto Velo tras ella solo para traerla de vuelta.

Horas más tarde, Evie seguía sentada en el borde de su cama, envuelta en un albornoz de rizo grueso, incapaz de conciliar el sueño.

El agua hirviendo de la ducha no había sido suficiente para arrancarle el frío del Velo de los huesos.

Le dolía cada músculo del cuerpo, pero su mente era un torbellino de pensamientos.

Se miraba las palmas de las manos, temblando levemente.

Las mismas manos que, hacía apenas un rato, habían entrado en el abismo y le habían arrebatado un alma a la mismísima muerte.

Se sentía diferente, sí, pero a la vez más fuerte, más letal.

Unos golpes suaves, casi imperceptibles, sonaron en la madera.

—¿Puedo pasar?

Su voz profunda despertó las mariposas en su estómago de nuevo. Se ajustó el albornoz, cruzándolo un poco más sobre su pecho, y asintió, aunque él no pudiera verla.

—Pasa.

La puerta se abrió y se cerró a sus espaldas con un clic sordo que pareció aislar la habitación del resto del mundo.

Llevaba una bandeja con algo de comida y un pequeño frasco de cristal.

Athan se movió con esa gracia depredadora y silenciosa que le caracterizaba, dejó la bandeja sobre la mesa y arrastró una silla para sentarse frente a ella.

Mantuvo una distancia física respetuosa, pero sus fríos ojos devoraron cada centímetro de su rostro, buscando cualquier grieta, cualquier signo que el Velo pudiera haber dejado en su cuerpo.

—No has bajado a cenar, debes alimentarte si quieres seguir entrenando mañana. ¿Cómo te sientes? —preguntó él en un susurro grave.

—Como si me hubieran vaciado por completo y me hubieran vuelto a llenar, pero de hielo —admitió. Intentó sonreír, pero solo consiguió una mueca cansada—. Y extraña. Verás, después del entrenamiento ha pasado algo que…

—Lo sé —la interrumpió, acortando instintivamente la distancia entre ellos. Su voz ya no era firme, sino un susurro ronco, cargado del terror puro que había sentido al verla casi desvanecerse—. Vi lo del gorrión. Vi cómo cruzabas el Velo. ¿Te asustó? ¿Es por eso que todavía estás temblando?

—No —respondió ella, alzando la vista y clavando sus ojos bicolor en los de él, desnudando su verdad más oscura—.

Eso es lo peor, Athan. No me asustó en absoluto.

De hecho, creo que… me gustó. Cuando crucé al otro lado, sentí paz.

Sentí que era mi lugar, que era lo correcto.

Sentí que pertenecía a ese lugar tanto como a este.

Me sentí a gusto en la oscuridad y eso me aterra.

¿Acaso me estoy volviendo como ellos? ¿Acaso voy a acabar siendo tan malvada como los Andreatos?

La miró fijamente. No había ni rastro de miedo o juicio en su rostro, solo una fascinación absoluta. Negó con la cabeza muy despacio.