CAPÍTULO 24 #2
A pesar de la esperanza que les infundía esa risa, en ese momento ambos estaban mucho más preocupados por el despliegue de poder que acababan de presenciar.
Aquella pequeña humana había sido capaz de deshacerse de él sin siquiera tocarlo.
Llevaban siglos observando la magia de los brujos y nigromantes más letales, pero jamás habían presenciado algo semejante; nunca habían visto cómo las sombras danzaban y se ponían al servicio de un brujo de esa forma, como si esperaran sus órdenes.
Apenas unos metros más allá de ellos, ocultos bajo la penumbra que proyectaban los gruesos arcos de piedra, otras dos figuras habían presenciado en absoluto silencio el estallido de poder.
—Tiene una fuerza brutal —murmuró Shiloan en la oscuridad, con las manos entrelazadas a la espalda y los ojos brillando de incredulidad—. Mucho más de la que debería poseer una novata sin instruir. Su núcleo mágico es increíblemente denso. ¿Hay algo que no me hayas contado, amigo?
A su lado, Robert lucía pálido. Miraba el punto exacto donde la energía oscura de su sobrina había estallado, con una mezcla de orgullo reprimido y un terror absoluto. Verla desatar ese poder crudo, sin barreras ni escudos, le recordaba demasiado a su hermano Bastian y al trágico final que tuvo.
—El padre de Syrielle también era un nigromante; ella heredó parte de su magia. Mi sobrina es una sangre pura, Shiloan; por sus venas corre la magia de dos linajes de nigromantes puros.
—Por todos los infiernos —susurró Shiloan, perdiendo por un instante su inquebrantable compostura—. Sabía que era poderosa, yo mismo he sentido esa energía emanar a oleadas de ella, pero esto… esto es increíble.
—Sí, pero ella es inestable —le corrigió Robert en un susurro tenso, tragando saliva—. Si no aprende a controlarlo, esa misma explosión acabará consumiéndola. La nigromancia no es gratuita, Shiloan. Siempre cobra un precio, y nosotros lo sabemos mejor que nadie.
Shiloan esbozó una levísima sonrisa en la penumbra, asintiendo lentamente.
—Por eso estamos aquí, viejo amigo. La ayudaremos para que eso no le pase a ella —le aseguró Shiloan, con un tono lleno de solemne convicción—.
Hiciste un buen trabajo escondiéndola. Si los Andreatos la hubieran encontrado de niña, te la habrían arrebatado y la habrían moldeado para ser la pareja perfecta para su pequeño monstruo.
Pero la guerra finalmente ha llamado a vuestra puerta, igual que a la nuestra. Ha llegado la hora de luchar.
Shiloan endureció la mirada, posándola en la figura de Athan a lo lejos, todavía sorprendido por su risa.
—No podemos dejar que se la lleven, ni a ella ni a Athan.
Él no merece ser un esclavo, y tú lo sabes tan bien como yo.
La magia no debería usarse para esto, no para doblegar la voluntad de nadie ni dominar su mente y su espíritu.
Nadie merece pasar por el infierno que él ha soportado; a veces ni siquiera sé cómo es posible que siga cuerdo después de cuatrocientos años de tortura.
Él la ha salvado de las garras de los Andreatos dos veces, Evan.
La primera, cuando no era más que una niña y masacraron a vuestro aquelarre, y la segunda ahora, arrancándola del control de ese maldito de Drake.
Le debes la vida de tu sobrina y también la tuya.
Se lo debes. Y si no la entrenas, los perderemos a los dos.
—Me importa muy poco lo que le ocurra a Athan —le cortó Robert con los dientes apretados, aferrándose a su instinto protector—. Ella es lo único que me queda en esta vida, Shiloan. No voy a ponerla en riesgo.
Shiloan lo observó con una mezcla de compasión y severidad.
—Yo tampoco he sido nunca fan de los vampiros, créeme.
De hecho, en mis tiempos de juventud tuve algunos enfrentamientos con más de uno que no acabaron demasiado bien.
Pero cuando Geovax acudió a mí en busca de ayuda y me contó la historia de Athan, tuve claro lo que debía hacer.
Algún día, pídele a Athan que te cuente su verdadera historia.
Entonces, y solo entonces, tal vez comprendas por qué lo ayudo y por qué tu hermano quiso hacerlo también.
Shiloan hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras se asentara en la penumbra antes de asestar el golpe de gracia.
—Pero no te engañes, viejo amigo. Si os marcháis ahora, sabes perfectamente que nunca seréis libres. Drake nunca dejará de buscarla y no parará hasta volver a tenerla a su lado. Sin nuestra ayuda, no tendréis ninguna posibilidad.
Shiloan le dio una suave palmada en el hombro a Robert y dio un paso al frente, abandonando por fin el cobijo de las sombras.
El leve sonido de sus pasos sobre la piedra atrajo de inmediato la atención de los presentes.
Robert lo siguió de cerca, aún con el ceño fruncido por la preocupación, todavía barajando seriamente la posibilidad de coger a su sobrina y salir corriendo de allí, aunque tuviera que enfrentarse a todos ellos.
Pero sabía que Shiloan tenía razón. Su hermano había perdido la vida por lo mismo; nadie merecía vivir siendo un esclavo, fuese humano o vampiro.
Y, desde luego, moriría en ese maldito castillo antes de permitir que ese malnacido de Drake volviera a doblegar la mente de su sobrina para convertirla de nuevo en su marioneta.
Esta vez no podría protegerla él solo. Necesitaba ayuda, por más que quisiera negárselo a sí mismo.
Athan asintió en silencio, pero fue incapaz de evitar que sus fríos ojos azules se desviaran directamente hacia el cuello de Evie, dejando claro de una manera muy poco sutil que no era la sangre de su amigo la que deseaba para recuperar sus fuerzas.
Shiloan captó la mirada al instante y dio un paso al frente, interponiéndose entre ambos de forma deliberada para cortar aquella peligrosa conexión visual.
Se detuvo frente a Evie. Su presencia era tan diferente a la de Athan; siempre tranquilo y en un control absoluto de la situación, transmitiendo esa calma casi hipnótica.
Por un momento, Evie pensó que haría alguna demostración aparatosa de su poder, pero no fue así.
Simplemente bajó la mirada hacia las sombras que proyectaban las columnas del patio, que aún parecían ligeramente agitadas alrededor de sus zapatillas, como si la energía salvaje que había liberado siguiera vibrando a su alrededor esperando nuevas órdenes.
—La magia de los elementos, la que usa la gran mayoría de las brujas, toma prestado el poder de la naturaleza: fuego, agua, aire y tierra.
Debes aprender a dominarlos todos, Evangeline.
Pero tú no eres una bruja cualquiera, tú también eres una nigromante.
Lo llevas en tu sangre, el poder está dentro de ti —explicó Shiloan, con su habitual voz profunda y sosegada envolviéndola en la penumbra—.
Los nigromantes no solo manejamos la magia elemental, también tenemos potestad sobre las sombras, sobre la vida y la muerte.
Nosotros no tomamos prestado el poder de la naturaleza; lo dominamos, lo poseemos, nosotros directamente gobernamos la oscuridad.
Bajó la vista hacia las sombras que reptaban por la tierra seca hasta rozar la punta de sus zapatillas.
No le daban miedo. De hecho, sentía una extraña y retorcida familiaridad, como si esas mismas sombras la reconocieran a ella como su dueña, como si ya hubiesen trabajado juntas antes.
Ahora que había recuperado los recuerdos de su infancia, la imagen de su padre volvió a ella con una nitidez abrumadora: él también manejaba la oscuridad a su antojo.
Recordaba cómo, en ocasiones, había hecho bailar a las sombras solo para ella.
—Tu tío te enseñó a esconderte —continuó el Arcano, mirando de reojo a Robert, que se había acercado a ellos sigilosamente—.
Levantó barreras en tu mente para ayudarte a permanecer oculta.
Pero para enfrentarte a un Andreatos, no necesitas escudos.
Necesitas saber caminar entre la vida y la muerte.
Necesitas aprender a protegerte de la oscuridad formando parte de ella.
—¿Pero cómo podría hacer eso? —preguntó ella, con la respiración aún agitada pero los ojos fijos en él—. Apenas puedo manejar mi magia. Sale despedida de mí cuando menos lo espero. Ni siquiera puedo controlarla.
—Probemos con algo sencillo. Cierra los ojos —ordenó Shiloan.
Evie obedeció. Guiada por su voz profunda y sosegada, dejó de intentar reprimir su poder como si fuera un monstruo a punto de escapar, y simplemente escuchó.
—La magia elemental no se somete, Evangeline.
No se usa a la fuerza, se le pide permiso, haces que forme parte de ti —susurró Shiloan, caminando lentamente a su alrededor en la penumbra—.
Empieza por la tierra. Siente los cimientos de este castillo, la roca viva bajo tus pies. Llámala, pídele que venga a ti.
Ella soltó el aire despacio. Al instante, el polvo y los pequeños guijarros alrededor de sus pies comenzaron a temblar, elevándose unos centímetros del suelo y orbitando sus tobillos como minúsculos satélites.
—Bien. Ahora el aire. Siente cómo respira el mundo, conviértete en parte de esa respiración, fluye con ella.
Una ráfaga repentina barrió el patio cerrado. No era viento natural; era un pequeño ciclón controlado que arremolinó su cabello y tiró con fuerza de los abrigos largos de Robert y del propio Shiloan.
—Ahora, el agua —continuó él, implacable.
Extendió las manos. Buscó la humedad del anochecer que impregnaba los muros del castillo. Pequeñas gotas de rocío se condensaron en el aire, uniéndose hasta formar una cinta de agua cristalina que empezó a danzar serpenteando entre sus dedos.
—Y, finalmente, el fuego. La chispa de la creación.