CAPÍTULO 24
El sudor le escocía en los ojos y le pegaba la camiseta a la espalda como una segunda piel, pero Evie se negaba siquiera a parpadear.
Los pulmones le ardían exigiendo aire, sus músculos temblaban por el esfuerzo y el sabor a polvo seco le rascaba la garganta con cada respiración.
Estaba exhausta, le dolía cada centímetro del cuerpo y sentía que iba a colapsar en cualquier momento sobre aquel duro suelo de tierra. Sin embargo, no bajó los puños.
Le había pedido que la entrenara, que no tuviera piedad con ella, y el puñetero Athan Vykros estaba cumpliendo su promesa, aunque quizás se había tomado las cosas demasiado literalmente.
Llevaban horas en el patio de armas del castillo.
Habían salido al atardecer, cuando el sol ya se estaba poniendo en el horizonte.
Supuso que esa hora era más segura para él por ser un vampiro, pero Athan no hizo ningún comentario al respecto.
Simplemente había llamado a la puerta de su cuarto y la había dirigido hacia allí sin apenas mediar palabra, tan solo para anunciarle que había llegado la hora de comenzar su entrenamiento.
Iba vestido solo con unos pantalones oscuros y una camiseta de tirantes que dejaba a la vista la perfecta musculatura de sus brazos, de los que, para su propia sorpresa, Evie era incapaz de apartar la mirada.
Athan no mostraba ni un solo signo de fatiga.
Su respiración era pausada, su piel pálida ni siquiera brillaba por el sudor.
Se movía a su alrededor con la gracia letal de un depredador acorralando a su presa, observando cada temblor en el cuerpo de ella con aquellos insondables ojos azules.
—Eres demasiado lenta, Niní —la provocó, esquivando un gancho de derecha con un simple y lánguido movimiento de cuello.
Ni siquiera había levantado las manos para bloquearla—.
Estás pensando como una humana asustada.
Estás calculando cada golpe. Para cuando tu cerebro le dice a tu puño que ataque, yo ya te podría haber matado de diez formas diferentes.
Evie apretó los dientes, sintiendo una punzada de frustración que amenazaba con convertirse en rabia. Se impulsó hacia delante, lanzando una patada baja hacia su rodilla, pero él desapareció de su campo de visión.
Una fracción de segundo después, sintió el impacto de su cuerpo, sólido como el mármol, chocar contra su espalda. La agarró por los hombros y, con un movimiento fluido que a él no le costó el menor esfuerzo, la levantó en vilo y la lanzó contra el suelo.
Impactó contra la piedra y la tierra seca a una velocidad vertiginosa. El golpe le sacó todo el aire de los pulmones, dejándola tendida bocarriba, tosiendo y viendo puntos negros flotando frente a ella.
—Drake no te dará tiempo para pensar —su voz sonó dura, implacable, vibrando justo encima de ella.
Athan se inclinó, proyectando su sombra sobre su rostro—.
No esperará a que recuperes el aliento. Te atacará cuando creas que no puedes más; su único fin será llevarte con él de nuevo a toda costa.
Si luchas con esa rabia ciega, te vencerá en segundos.
O, lo que es peor, te volverá a dominar con su magia.
Él no esperará que uses la fuerza física, pensará que sigues siendo la misma Evangeline Renoir sensible y dulce de siempre.
Debes engañarlo, Niní, y cuando se confíe, atacar sin dudas, sin miedo y, sobre todo, sin piedad.
La mención de Drake fue como echar gasolina al fuego que ardía en su estómago. El recuerdo de sus manos sobre ella y de cómo se atrevió a usar su magia para anular su voluntad, borró por completo el dolor de la caída.
Apoyó las manos raspadas contra el suelo y se puso en pie de un salto, tambaleándose un poco, pero con los dientes apretados.
—Entonces enséñame a ser más rápida, maldita sea —siseó ella, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. No me tires al suelo para aprovechar el momento y darme discursos. Enséñame a pelear. Enséñame a destrozarlo si tengo que luchar con él cuerpo a cuerpo.
La observó en silencio durante un instante.
La dureza de su expresión se suavizó apenas un segundo, reemplazada por un destello oscuro de pura fascinación y orgullo salvaje.
La había conocido siendo una niña, pero ver a la mujer en la que se había convertido —aún con la mandíbula apretada, el pelo revuelto y la cara manchada de tierra, desafiándolo sin una pizca de miedo— lo dejó completamente desarmado.
Ya no era una chiquilla a la que debía proteger; era una reina de la oscuridad por la que, en ese preciso momento, habría dado todo solo para verla sonreír.
Quería verla libre y feliz, sin la sombra de ese nigromante y su enfermiza obsesión invadiendo su vida, y lo lograría al precio que fuera.
—Esa es la actitud —murmuró él, dando un paso hacia ella, acortando el espacio hasta que Evie pudo sentir el frío que emanaba de su piel—.
Pero no vas a dominarlo solo con tus manos.
Mírate, eres pequeña y delicada como una flor.
Te partirías las muñecas contra su mandíbula.
Si quieres hacerle daño a un Andreatos, tienes que usar su misma moneda.
Athan se detuvo a un palmo de su rostro.
—Tienes que usar lo que hay dentro de ti.
—Pero no sé cómo hacerlo, Athan —susurró ella, frustrada, bajando la mirada hacia sus manos temblorosas, sucias de polvo y sangre seca—. No puedo controlarlo.
—Claro que puedes —replicó él, implacable—.
Está en tu interior, Niní. Forma parte de ti.
Esa oscuridad, esa fuerza, ese fuego que estoy seguro de que te quema el pecho ahora mismo.
Deja de reprimirlo, mujer. Te han tenido casi toda tu vida ignorando lo que eres, tratando de que parecieras normal.
Pero no lo eres. Eres la hija de Bastian de Betancourt, eres una bruja de nacimiento, la sangre de nigromante corre por tus venas.
La agarró por los brazos con brusquedad, cerrando la escasa distancia entre ellos hasta que su aliento frío chocó contra el rostro de ella.
—¿Qué haces? Suéltame —exigió ella, forcejeando inútilmente contra su agarre de acero.
—Drake no va a dudar. Te pondrá de rodillas —siseó él, ignorando sus quejas y usando sus palabras como dagas afiladas—.
Te doblegará de nuevo. Te obligará a sonreír, te convertirá en la incubadora humana que siempre buscan los Andreatos, la que les dé un nuevo heredero para ese maldito amuleto.
Te mantendrá encadenada mientras destruye a todos los que amas.
¿Vas a dejar que gane? ¿Vas a dejar que te quite la voluntad otra vez?
La sola imagen de Drake anulando su mente de nuevo hizo que algo se rompiera definitivamente en su interior. El miedo se evaporó, devorado por una ira tan pura que sentía que iba a ahogarse en ella.
El aire en el patio de armas descendió diez grados de golpe. Las sombras que proyectaban los muros del castillo parecieron retorcerse, y recorrieron el suelo estirándose hacia sus pies como si la reconocieran.
—¡Él no va a dominarme de nuevo! —rugió ella.
Al levantar las manos para apartarlo, no fue su fuerza física humana la que lo golpeó. Una onda de energía invisible, densa, oscura y cargada de estática brotó del centro de su pecho y estalló a través de sus palmas.
El impacto fue tan brutal que Athan salió despedido por el aire. Sus botas derraparon contra la tierra seca levantando una nube de polvo, y retrocedió varios metros hasta que logró clavar los talones para frenar.
Un silencio sepulcral cayó sobre el patio, roto únicamente por la respiración agitada de Evie, que se miraba las palmas de las manos temblando ante el frío y abrumador poder que acababa de liberar.
Cuando levantó la vista, esperando ver enfado en su rostro, se encontró con algo que la descolocó por completo.
Un sonido ronco, oscuro y profundamente sensual brotó del pecho de Athan.
Empezó como una vibración baja, pero en segundos se transformó en una carcajada abierta, casi demente, que resonó contra los muros de piedra del castillo.
Echó la cabeza hacia atrás, riendo con una intensidad salvaje, genuinamente extasiado ante el impacto de aquel momento.
Evie había demostrado ser una bruja con un poder abrumador, una fuerza que él parecía haber sentido reverberar en todos y cada uno de sus huesos.
Se sacudió el polvo de los brazos sin perder esa sonrisa feroz que dejaba al descubierto sus colmillos. Clavó sus ojos en los de ella, mirándola como si acabara de descubrir el arma más letal del mundo.
—Esto es increíble —murmuró, con la voz todavía ronca por su risa—. Te juro que ese estúpido nigromante no tenía ni idea de la bomba de relojería que tenía entre las manos.
Sin embargo, no estaban solos en el patio de armas.
Apostados en lo alto de la muralla, firmes y silenciosos como gárgolas, Geo y Khion mantenían la vista clavada en cada movimiento.
Sus manos descansaban peligrosamente cerca de las empuñaduras de sus armas.
No estaban allí para vigilar un ataque exterior, sino como guardianes de su propio rey.
Si el efecto de la sangre de Evie se desvanecía y la magia de Drake volvía a tomar el control de su mente, tenían órdenes estrictas de detener a Athan antes de que pudiera capturarla y llevársela de vuelta al nigromante. Costara lo que costara.
—¿Has escuchado eso? —susurró Khion.
—Sí —respondió Geo, asintiendo lentamente—.
Es la primera vez en siglos que le escucho reír así.
Tenemos que conseguir que esa muchacha se quede, sea al precio que sea.
Creo que ella es la única que puede liberarlo, y no me refiero solo al jodido amuleto.
Ella es la única que puede conseguir que vuelva a ser el Athan que siempre fue: nuestro amigo y nuestro rey.