CAPÍTULO 23 #4
Él tomó el pañuelo de la mano de su abuela, sintiendo la textura de los cabellos de Robert contra su piel. Su rostro se endureció, borrando cualquier rastro de lágrima o debilidad humana.
—Lo haré —sentenció con voz fría—. Haré lo que sea necesario para recuperarla. Mataré a quien tenga que matar. Pero Evie volverá a mi lado, o quemaré el mundo entero hasta que solo quedemos nosotros dos entre las cenizas.
Helena asintió, con una sonrisa de oscura satisfacción curvándole los labios.
—Iré a preparar todo lo que necesitamos para el ritual. Es hora de acabar con esta búsqueda de una vez por todas —anunció, dándose la vuelta. El eco de sus pasos se fue apagando hasta dejar la cripta sumida en un silencio sepulcral.
Al fin a solas, Drake guardó los cabellos de Robert en el bolsillo de su chaqueta y se acercó lentamente al altar de piedra.
Miró el rostro pálido e inmóvil de su padre.
Su abuela acababa de decirle que necesitaban la magia de un nuevo heredero, un hijo que tuviera en su sangre la magia de Evie junto con la suya, para tener el poder suficiente de cruzar el Velo y traer el alma de su padre de vuelta.
Apretó la mandíbula, sintiendo una punzada de orgullo herido.
¿Para qué quería un heredero? Él había sido capaz de lograr lo que ni sus antepasados ni su propio padre consiguieron, él había poseído el cuerpo de un vampiro, había disfrutado de su poder, de su fuerza.
Él era el futuro Arcano, el futuro líder de los Andreatos.
Su magia era oscura, densa y poderosa. No necesitaba a un hijo para someter a la muerte.
Lo haría él mismo. Le demostraría a su abuela y al mundo entero que su poder no tenía límites.
Sin dudarlo, posó la mano derecha sobre el pecho frío de su padre. Canalizó toda su energía, forzándola a salir en una sacudida violenta y arrogante, ordenando a la realidad que se abriera y le devolviera un alma que ya no pertenecía al mundo de los vivos.
El aire de la cripta vibró con un chirrido insoportable, como si mil cristales se estuvieran rompiendo al unísono. Frente a él, el espacio se rasgó. El Velo no se alzó, sino que fue desgarrado a la fuerza, como una herida oscura y supurante en medio de la realidad.
En el instante en que el Velo se abrió, el infierno se abalanzó sobre él.
Forzó su visión a través de la brecha y, por una fracción de segundo, el triunfo brilló en sus ojos. En medio de aquella negrura insondable, vislumbró una pequeña luz. Era el alma de su padre. Incluso llegó a escuchar su voz, un susurro lejano que pronunciaba su nombre.
Pero en el momento en que intentó alcanzarla, miles de voces agónicas e inhumanas se interpusieron entre ellos.
Una marea de sombras retorcidas surgió del abismo y la oscuridad tiró de él con una violencia aterradora.
Intentó resistirse, intentó usar su voluntad para doblegar a las sombras, pero su magia allí no valía nada.
Sintió que lo arrastraban hacia el otro lado mientras un frío absoluto se metía en sus venas, congelándole la sangre y ralentizando su corazón hasta casi detenerlo.
Sentía que le arrancaban el alma del cuerpo.
El pánico se apoderó de él, al comprender que, si no retrocedía, aquella negrura se lo tragaría para siempre.
Con un grito desesperado, cortó el flujo de su magia y, en un acto reflejo, se aferró al amuleto de plata que colgaba de su pecho.
El amuleto ardió con un fogonazo protector y el Velo colapsó, expulsándolo con una fuerza arrolladora.
Salió despedido y chocó contra las losas de piedra, cayendo de rodillas.
El impacto le sacó todo el aire de los pulmones.
Temblaba de pies a cabeza, empapado en un sudor helado, tosiendo con tanta violencia que escupió un hilo de sangre sobre el suelo inmaculado de la cripta.
Se quedó allí, encogido, sintiendo el hielo que aún le entumecía las venas, mientras el terror le latía en las sienes. Jadeando, clavó la vista en el espacio vacío frente al altar.
Su abuela estaba equivocada. Era imposible hacer regresar un alma del otro lado, y él no iba a arriesgar su vida ni la de su futuro hijo para volver a intentarlo.
Esa cosa se tragaba a todo el que intentara atravesarlo y, de no haber sido por el amuleto, ahora yacería muerto junto al cuerpo de su padre.
Lentamente, se limpió la sangre de los labios. Su rostro se desfiguró en una mueca de furia e impotencia. Se puso en pie tambaleándose.
La única cosa que tenía clara en esos momentos era que necesitaba a Evie.
Lograría que ella le diese ese heredero, pero no para conseguir lo que su abuela quería, sino porque sabía que ella nunca abandonaría a su hijo y sería una forma segura de mantenerla a su lado para siempre.
Él amaba a su padre, pero su tiempo había pasado, todos habían llorado su muerte y no pensaba volver a poner en peligro todo su futuro para recuperar un alma que ya estaba perdida.
Él mismo se convertiría en el Arcano más joven en liderar a la familia Andreatos, y Evie estaría liderando a su lado, aunque tuviera que encerrarla bajo llave en aquella mansión para conseguirlo.