El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 23 #3
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CAPÍTULO 23 #3

—Como ordene, señor. —El guerrero asintió y se dispuso a marchar, pero Ares lo detuvo con un gesto, su expresión tornándose sombría y cautelosa.

—Y escucha bien, Ikaos —susurró Ares—. Dobla la vigilancia en el ala oeste, en la torre del silencio. Nadie entra y nadie sale del palacio sin mi autorización. Especialmente allí.

—¿Quiere que doblemos la vigilancia del prisionero, mi señor? —preguntó Ikaos con cautela, bajando la voz como si las paredes pudieran escucharlos.

—Sí. —Los ojos de Ares ardieron con una malicia antigua y cruel—. Ese viejo desgraciado es la única debilidad real que le queda a mi sobrino, lo único que podría destrozarlo si supiera la verdad. Asegúrate de que siga siendo un fantasma. Un cadáver viviente tras una máscara de hierro.

Ares miró hacia la ventana alta de la torre, recordando al ser que mantenía allí encerrado.

Un anciano decrépito, piel y huesos, olvidado por el tiempo y alimentado con la sangre justa para no permitirle el descanso de la muerte, con el rostro sellado para siempre bajo una máscara de metal oxidado.

Una pizca de remordimiento cruzó su mente durante una milésima de segundo, pero la apartó rápidamente.

Él era el auténtico y legítimo rey de Aiónia; le había costado mucho conseguir su trono y nada ni nadie le iba a arrebatar su lugar.

—Si Athan descubre quién se oculta tras esa máscara, si descubre que sigue respirando, mi reinado y todo lo que hemos construido arderá hasta los cimientos.

Que se pudra en su propia inmundicia, Ikaos.

Nadie puede saber que está allí. Aiónia es mi ciudad, me ha costado siglos conseguir que nuestra gente me obedezca, que me consideren como su rey, y no voy a dejar que nadie me lo robe ahora.

—Tranquilo, mi señor. Yo mismo me encargaré de todo como hasta ahora. Será como si nunca hubiera existido.

Helena se giró hacia Drake, que había observado la conversación en silencio, todavía de pie junto a su padre, procesando la magnitud de lo que se avecinaba.

—Ya está hecho —dijo ella, sacudiéndose las manos—. Ares enviará a sus perros de caza. Ahora nos toca a nosotros hacer nuestra parte.

Se acercó a Drake y le puso las manos en los hombros, girándolo hacia su padre.

—Míralo, Drake. Mira a tu padre —le ordenó, señalando el cuerpo inmóvil de Alexander—.

Él lo dio todo por esta familia. Dio su vida, su alma, su cordura, todo para que nosotros tuviéramos el poder que nos corresponde por derecho.

¿Vas a dejar que su sacrificio sea en vano?

¿Vas a dejar que te quiten a Evie y nuestro futuro delante de las narices?

Miró el rostro de su padre. Recordó su cariño, su calor, incluso su voz. Sintió el peso de la herencia, de la sangre, aplastándole el pecho.

—No. Pero, abuela… ¿realmente es necesario todo esto?

¿Aliarnos con ese Ares? ¿Cómo puedes estar segura de que no nos va a traicionar?

—preguntó, mirándola con una mezcla de ansiedad y repulsión—.

No sé si merece la pena arriesgarnos. Estoy seguro de que con los cabellos de Robert podremos encontrar algún hechizo en los grimorios, no necesitamos que ningún maldito vampiro nos ayude, y más si tiene algo que ver con el propio Athan.

Hizo una pausa, apretando los puños, incapaz de contener la bilis que le subía por la garganta.

—Además, ¿qué ha sido eso de que te sientes a su lado? Ese vampiro te ha pedido que fueras su reina. ¿Acaso tuviste algo en el pasado con el líder de esos malditos chupasangres? ¿Qué pasa con el abuelo?

Helena lo miró con una calma helada, limpiándose las manos sin perder una pizca de su elegancia.

—No confundas su cortesía venenosa con sentimientos, Drake.

Ares y yo compartimos ciertas alianzas hace años, cuando yo era joven, nada más.

Ambos sabíamos reconocer el poder del otro —respondió ella, suavizando apenas el tono—.

En cuanto a tu abuelo, siempre lo he respetado.

Nunca lo he castigado porque su sangre no pudiera darme al heredero perfecto que perpetuara la sangre pura de los Andreatos que corre por mis venas.

La miró fijamente, con el ceño fruncido, descolocado por la frialdad de sus palabras. Ella y su abuelo siempre se habían mostrado devotos el uno con el otro.

—Mi padre y el aquelarre me casaron con él por obligación —soltó de pronto con total naturalidad, destrozando en un segundo la imagen de matrimonio perfecto y enamorado que Drake había creído ver toda su vida—.

No me mires así. Yo acepté mi destino y siempre le he dado el lugar que le corresponde a mi lado, pero las cosas son como son.

Ares no va a traicionarnos, te lo aseguro.

También hay mucho en juego para él; no le interesa que Athan sea libre por nada del mundo.

Dio un paso hacia su nieto, clavando sus fríos ojos en los de él.

—No podemos hacer esto solos o nunca recuperaremos a Evie.

Ella es tuya, Drake. El destino así lo escribió.

Ella será la madre de tus hijos, la llave para despertar a tu padre.

¿Vas a dejar que un vampiro se la quede?

¿Vas a dejar que ese monstruo la toque, la corrompa, la ponga en tu contra con sus mentiras?

El recuerdo de la imagen de Athan tocando a Evie, llevándosela lejos de él, explotó en su mente como un polvorín. Los celos, negros, viscosos y corrosivos volvieron a inundar su corazón, ahogando cualquier duda moral, cualquier rastro de decencia que pudiera quedarle.

—No —gruñó Drake, y sus ojos comenzaron a oscurecerse, perdiendo su color natural para tornarse de nuevo en pozos de oscuridad absoluta—. Ella es mía.

—Exacto —susurró satisfecha, deslizando sus palabras como veneno en su oído—.

Ella debe estar confundida ahora, asustada, esperando que vayas a rescatarla.

Tienes que salvarla, Drake. Tienes que traerla de vuelta y hacerle ver que su lugar está aquí, con nosotros.

Y cuando la tengamos, cuando por fin tengamos un nuevo heredero y podamos recuperar a tu padre, seremos invencibles.

Al fin tendremos la auténtica clave de la inmortalidad.

Nadie, ni vivo ni muerto, podrá volver a quitártela.

Acarició la mejilla de su nieto, viendo cómo la oscuridad se asentaba en él, cómo la desesperación se transformaba en una determinación absoluta y cruel. Ya no había vuelta atrás. En sus ojos asomaba el monstruo que necesitaba para ganar la guerra.

—Vamos, hijo —dijo Helena, tendiéndole la mano con los cabellos de Robert—. Tenemos un ritual que preparar. Tu padre lleva demasiado tiempo esperando. Y Evie pronto estará en casa, donde pertenece.