El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 23 #2
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CAPÍTULO 23 #2

—Eres igual que tu padre al principio, querido. Demasiado pasional. Dejas que tus emociones nublen tu juicio —le recriminó, metiendo la mano en el bolsillo de su vestido para sacar un pañuelo de seda blanco, inmaculado—. Pero, por suerte para ti, yo nunca dejo nada al azar —añadió fríamente.

Desdobló el pañuelo con una lentitud exasperante ante los ojos expectantes de Drake, revelando en su interior unos cuantos cabellos cortos y oscuros que brillaban bajo la luz de las antorchas mágicas.

—¿Qué es esto? —preguntó él, frunciendo el ceño, aún arrodillado en el suelo, sintiendo una extraña vibración de poder emanar de ellos.

—Esto en realidad es una brújula, cariño.

El rastro que nos llevará directo hacia Evie.

—Helena sonrió, y sus oscuros ojos destellaron en la penumbra—.

Son cabellos de Robert Renoir. O mejor dicho, de Evan de Betancourt.

Ese idiota ha mantenido una identidad falsa durante años, creyendo que podría esconderse a simple vista.

Que ingenuo por su parte. Él habrá ido a buscarla, estoy segura.

Su vínculo de sangre con la chica es inquebrantable.

Él la quiere como a una hija, y créeme, no hay nada que un padre no haría por sus hijos. Donde esté él, estará ella.

Drake miró los cabellos y algo encajó en su mente.

Lentamente, se puso en pie, secándose las lágrimas, mientras un nuevo fuego oscuro se encendía en su interior.

La imagen de aquel futuro de control absoluto, de tener a su Evie de nuevo a su lado y a Athan encadenado para siempre, lo intoxicó por completo.

Sintió cómo su corazón volvía a latir con fuerza; la lástima por sí mismo se desvaneció, ahogada por unas ganas renovadas de reclamar a su mujer al precio que fuera.

—No será fácil —advirtió ella, cerrando el puño sobre el pañuelo—.

El nigromante que protege al vampiro es poderoso, es un Arcano.

Está ocultando su rastro con barreras mágicas demasiado complejas.

Pero él no es nadie comparado con nosotros, Drake.

Con esto, podemos triangular su posición.

Nos llevará tiempo, requerirá un ritual demasiado oscuro y necesitaremos gastar mucha energía, pero lo conseguiremos. Daremos con ellos cueste lo que cueste.

—¿Qué tipo de ritual? —preguntó, mirando alternativamente a su abuela y a su padre. Haría lo que fuera necesario por recuperar a Evie y a su padre; era el momento de demostrar de lo que era capaz.

—Uno que requiere sacrificios, Drake. Pero antes de empezar, necesito asegurar nuestra victoria.

Esta guerra ya no es solo una disputa familiar.

Si Athan ha recuperado su voluntad, hasta el punto de que ha conseguido llevarse a nuestra Evie, entonces es hora de enjaularlo de nuevo, y esta vez para siempre.

Helena se dirigió hacia el fondo de la estancia, donde un pesado cuenco de obsidiana negra reposaba sobre un pedestal de piedra, a modo de extraña pila bautismal.

Su interior estaba lleno de un líquido rojo, oscuro y espeso.

Drake no quiso ni imaginar qué podría ser.

Pasó la mano por encima, con sus anillos rozando la superficie sin llegar a tocarla, y comenzó a recitar un cántico en una lengua muerta que a él le puso el vello de punta y le hizo vibrar hasta los huesos.

Aquel líquido escarlata se agitó, ondulando como la superficie de un estanque al recibir una piedra. Poco a poco, la oscuridad se elevó formando una bruma densa que proyectó una imagen nítida en el aire.

No era una simple visión unidireccional, como la imagen en tiempo real de Evie que su abuela le había mostrado a través del hechizo en su apartamento, para enseñarle a usar la magia de sangre; esto era una ventana a otro lugar, un lugar de opulencia antigua y poder desmedido.

En la visión apareció el rostro de un hombre recostado en un trono tallado en hueso pulido y oro macizo.

Era de una belleza perturbadora, con la piel pálida como el mármol y unos ojos azules tan gélidos que parecían capaces de congelar a cualquiera que lo mirara directamente.

Su cabello largo y oscuro caía elegantemente sobre un traje negro con filigranas doradas, que resultaba antiguo y extraño, algo que no parecía pertenecer a esta época.

Drake lo reconoció de inmediato: era el hombre que se había presentado ante él y Evie en la fiesta de cumpleaños de su abuela.

—Helena, mi bruja favorita —ronroneó, y su voz resonó en la cripta con una suavidad seductora, cargada de un encanto falso y letal—.

¿A qué debo el inmenso placer de esta llamada?

Sabes que soy un hombre ocupado. Cada día lamento más que no aceptaras ser mi reina; tu trono podría haber estado aquí mismo junto al mío —dijo, señalando un lugar vacío a su lado.

—Déjate de galanterías, Ares. Ambos sabemos que nos habríamos matado el uno al otro antes de llegar al primer aniversario —saludó ella, permitiéndose una levísima sonrisa de complicidad antes de volver a tensar el rostro—. Veo que el trono te sigue sentando de maravilla.

Ares ensanchó su sonrisa, mostrando la punta de unos colmillos perfectos en una expresión deslumbrante.

Resultaba tan atractivo que a Helena le tembló ligeramente la voz.

Aunque odiara admitirlo, todavía deseaba a aquel maldito vampiro, a pesar de que hubieran pasado tantos años.

Si tan solo su aquelarre no se hubiera entrometido…

Aún le hervía la sangre al recordar la cruel advertencia que utilizaron para asegurarse de que jamás buscara a Ares en secreto: le juraron que la mezcla de brujería y sed de sangre crearía una abominación, un engendro que inevitablemente acabaría perdiendo la cabeza.

Sin embargo, durante todos estos años, ella nunca había podido arrancarse la espina de la duda.

Si hubiera ignorado aquellas amenazas y hubiera logrado engendrar un hijo con él, ahora no estaría metida en este lío; su heredero habría tenido un poder absoluto y ahora ella estaría reinando junto a Ares Vykros, con cada líder vampírico y cada aquelarre postrados a sus pies, sometidos al poder incuestionable de su estirpe.

—Hago lo que puedo, querida. Pero tu tono me dice que no me llamas para recordar viejos tiempos. ¿Qué ocurre? Habla de una vez, mujer. Mi paciencia, como bien sabes, es limitada.

—La guerra definitiva ha llamado a nuestra puerta, Ares —dijo Helena, soltando las palabras con un peso aplastante—. Ese perro maldito de Athan se ha rebelado. Ha conseguido romper el yugo del amuleto temporalmente. Y lo peor de todo: tiene a la chica.

La sonrisa seductora de Ares se borró de un plumazo. La temperatura de la cripta pareció caer diez grados de golpe. Se inclinó hacia delante en su trono, perdiendo toda su compostura relajada, y sus ojos destellaron con un fulgor rojo y salvaje; una señal de peligro inminente.

—¿Qué chica? —siseó, y su voz ya no era un ronroneo, sino una advertencia afilada y amenazante.

—La última descendiente de los Betancourt.

La novia de mi nieto, la que iba a engendrar al siguiente heredero del amuleto.

La conociste en mi fiesta. Si Athan consigue alejarla definitivamente de nosotros, si consigue esconderla de nuevo, no tendremos el heredero que necesitamos y puede que la magia del amuleto acabe rompiéndose definitivamente.

Y tú sabes lo que eso significaría para ti.

Un silencio pesado y asfixiante cayó entre los dos. Ares sabía perfectamente lo que significaba. Significaba el regreso del legítimo rey de Aiónia. Significaba que su cabeza rodaría por los suelos de su propio palacio.

—¿Qué es lo que me estás pidiendo, Helena? Sabes perfectamente que puedo defenderme muy bien de mi sobrino; que venga si quiere, no tengo miedo de él. Tengo todo un ejército para esperar su llegada —respondió Ares, con un tono arrogante.

—Te estoy ofreciendo una oportunidad para conservar tu preciada corona —replicó ella con dureza—.

Si quieres que los Andreatos sigamos manteniendo a tu sobrino lejos de su trono y de tu ciudad, tienes que ayudarnos.

Necesitamos tus recursos. Necesitamos a tus mejores rastreadores y a tus guerreros.

Él está escondido, protegido por la magia antigua de un nigromante renegado que le está ayudando.

Si unimos nuestras fuerzas, podemos aplastarlos antes de que se hagan más fuertes.

Ares se quedó pensativo un momento, tamborileando con sus garras sobre el brazo del trono, calculando las probabilidades.

—Está bien. Enviaré a mis mejores rastreadores en su busca —sentenció, con una frialdad aterradora—.

Pero te lo advierto, Helena: si no lográis retenerlo de nuevo, si mi querido sobrino logra escapar, yo mismo me encargaré de arrancarle el corazón esta vez, y no me importará cuántos Andreatos caigan con él.

No cometeré el error de dejarlo con vida de nuevo.

La bruma se desvaneció de golpe, cayendo de nuevo como un líquido inerte sobre el cuenco de obsidiana, pero la promesa de violencia quedó flotando en el aire viciado de la cripta.

Ares Vykros se levantó abruptamente de su trono, incapaz de contener la furia que emanaba de su cuerpo en oleadas invisibles.

Caminó hasta los altos ventanales de cristal, que vibraban amenazando con hacerse añicos a su paso, y clavó su mirada en las escarpadas montañas que ocultaban Aiónia del resto del mundo.

Sin apartar la vista del paisaje, hizo un gesto seco en el aire.

De las sombras de las columnas a su espalda, surgió un enorme guerrero, vestido con una armadura de cuero negro y un emblema dorado con una V en el centro.

—Mi señor —dijo el guerrero, hincando una rodilla en el suelo con reverencia absoluta.

—Prepara a la guardia de élite —ordenó Ares, con la voz baja y peligrosa—. Athan ha vuelto a ser una amenaza. Esos estúpidos nigromantes lo han dejado escapar. Vamos a tener que cazarlo nosotros mismos.