El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Drake no había pegado ojo en toda la noche.

Ignorando la orden de su abuela de que descansara, había convertido la enorme mesa de la biblioteca de la mansión en un auténtico campo de batalla, cubierta de grimorios antiguos, pergaminos y velas consumidas.

Buscaba desesperadamente un resquicio, un hechizo de rastreo, magia de sangre, lo que fuera para atravesar las barreras mágicas que ocultaban a Evie, pero ya había probado casi todo y nada funcionaba.

Simplemente, parecía que se la había tragado la tierra.

El sonido de la puerta al abrirse lo hizo alzar la vista, revelando unos ojos inyectados en sangre y unas manos que le temblaban por el agotamiento.

—Te dije que descansaras. Drake, mi vida, mira cómo estás —suspiró Helena, acercándose a él con paso silencioso.

Lo observó con una mezcla de lástima condescendiente y orgullo al ver que no se rendía fácilmente. Se acercó a él y le posó una mano en el hombro.

—Ven conmigo, hijo —murmuró con una solemnidad escalofriante—. Ha llegado la hora de que conozcas el mayor tormento que llevo años sufriendo en silencio. Es hora de que entiendas lo que de verdad está en juego.

Confundido y totalmente exhausto, se dejó guiar.

Bajaron por una escalera de piedra que se hundía en las entrañas de la mansión, oculta tras una puerta que él nunca había visto hasta ahora.

El olor a incienso rancio y a algo extrañamente familiar que su cerebro aún no lograba identificar impregnaba el aire, una mezcla densa y dulzona que se le pegaba a la garganta y le dejaba una sensación inquietante por todo el cuerpo.

Cuando Helena empujó la pesada puerta de hierro al final de las escaleras, cuatro antorchas de fuego cobraron vida con un simple gesto de su mano, iluminando una cripta subterránea.

En aquel silencio absoluto, Drake podía escuchar el bombeo frenético de su propia sangre.

Estaba tan nervioso pensando qué le habría ocultado su abuela esta vez que no se dio cuenta de nada hasta que lo vio.

Allí mismo, frente a él. En el centro de aquella estancia oscura, flotando sobre una losa de mármol negro, yacía el cuerpo de un hombre.

No era un cadáver consumido por el tiempo, como cabría esperar encontrar en aquella especie de cripta.

Era su padre. Estaba justo delante de él, conservado a la perfección, como si simplemente se hubiera quedado dormido la noche anterior.

Su piel mantenía el color de la vida, su rostro estaba sereno y su pecho se alzaba con una respiración lenta y casi imperceptible.

Drake dejó de respirar en ese preciso instante. Se quedó clavado en el umbral, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—No… no puede ser… —susurró, acercándose a trompicones. Las rodillas le temblaban tanto que casi ceden ante el peso de su propio cuerpo.

Extendió una mano vacilante, aterrorizado de que aquella imagen se desvaneciera frente a sus ojos, y rozó la mejilla de Alexander con sumo cuidado.

Estaba fría. Pero no con el frío inerte de un cadáver, sino con la quietud helada de un letargo antinatural; la magia que lo mantenía en estasis había ralentizado tanto su pulso que su piel había adoptado la temperatura de la propia cripta.

—¡Está respirando, abuela! ¡Mi padre está vivo!

—gritó, con la voz rota y una sacudida frenética recorriéndole el cuerpo—.

¡Me juraste que lo incineramos, maldita seas!

¡Me hiciste llorarle a una puta urna durante días!

¿¡Me viste esparcir unas jodidas cenizas falsas, riéndote de mí a mis espaldas, mientras él estaba aquí abajo! ? ¡Vivo!

—¡No está vivo, Drake! Entró en un coma profundo aquella noche —le cortó Helena, elevando la voz por primera vez, con los ojos centelleando con una furia protectora mientras observaba el cuerpo de su hijo—.

El amuleto lo destrozó por dentro, consumió toda su magia, su energía vital.

¿Qué querías que hiciera? ¿Dejar a mi hijo en un sucio hospital?

¿Conectado a un montón de tubos de plástico, rodeado de médicos incompetentes que jamás entenderían lo que le pasaba y que no podían hacer nada por él?

¿Dejar que su cuerpo se consumiera hasta que se convirtiera en nada más que piel y huesos? ¡Jamás lo habría permitido!

Recuperando su compostura habitual, se situó al otro lado de la losa y acarició el cabello perfecto de su hijo con una devoción casi enfermiza.

—¿Recuerdas lo que hablamos sobre lo que sucedió aquella noche en el callejón, con la familia de Evie? ¿Sobre lo que intentó hacer tu padre para conseguir la inmortalidad vinculándose a Athan?

Drake la miró, y el peso de aquel recuerdo oscureció su mirada por completo.

Bastian muriendo en aquel callejón de mala muerte.

Su abuela obligándolo, siendo él solo un crío, a absorber aquella magia para no desperdiciar un poder tan inmenso.

Después de la conversación que había tenido con su abuela la noche anterior sobre aquel fatídico día, ahora podía recordarlo todo con una claridad escalofriante.

Él debía pasarle el poder de Bastian de Betancourt a su padre para darle la fuerza necesaria, pero Alexander ya estaba tan débil que su cuerpo no lo aceptó.

Y entonces, al escuchar las palabras de su abuela, todas las piezas terminaron de encajar en su cabeza con una lucidez escalofriante. El Katokhí .

Ahora lo entendía todo. Su padre había intentado usar aquella magia robada para realizar el hechizo prohibido de posesión y convertir su cuerpo en un recipiente invulnerable.

El terror que lo había paralizado segundos antes dio paso a un recuerdo visceral: el dolor agonizante, la asfixia y la oscuridad que casi lo devoraron a él mismo cuando intentó poseer a Khail y el hechizo fracasó.

Tragó saliva, sintiendo el eco fantasma de aquel fuego corriéndole por las venas.

Él había estado a punto de morir, de ser consumido por completo por el rechazo de la sangre y la magia, pero había logrado arrastrarse de vuelta y sobrevivir.

Su padre, en cambio, se encontraba ya demasiado débil para soportar ese mismo embate.

Ese último hechizo se lo había cobrado todo, consumiendo su energía vital y dejándolo atrapado en ese estado de muerte en vida.

Esa constatación encendió una chispa de oscuro y retorcido orgullo en su pecho.

Él había cruzado la misma línea que destruyó a su padre, había sentido las fauces de esa magia letal cerrándose sobre él y, aun así, había salido con vida.

Había logrado lo imposible: saborear el poder de un vampiro, dominar el hechizo y regresar a su propio cuerpo sano y salvo.

Si su padre estuviera despierto y supiera hasta dónde había llegado su magia, si supiera que su hijo había sobrevivido a lo que a él lo destrozó por dentro, estaría inmensamente orgulloso.

—Me hiciste recoger la magia de Bastian para dársela a él… —murmuró Drake, guardándose su propio secreto en lo más profundo de su ser y fingiendo ignorarlo todo sobre el hechizo—. ¿Quería usarla para fabricarse un cuerpo inmortal?

—Exacto. No podíamos desperdiciar un poder tan fuerte.

Debías pasarle esa energía para que lo lograra, pero su cuerpo ya estaba al límite y no pudo absorberla.

Colapsó tratando de realizar el hechizo para someter a Athan definitivamente —respondió, ajena al hecho de que su nieto sí había conseguido lo que a su padre le costó la vida—.

Yo lo traje aquí. Yo lo salvé. Pero míralo bien, Drake.

Su pecho se mueve, sí… pero no hay nadie ahí dentro.

Es un recipiente vacío. Tuve que ver cómo su vida se apagaba poco a poco hasta que su alma partió de este mundo hace años.

Yo solo he podido mantener su cuerpo incorrupto, en esta estasis perfecta, esperando el momento en que pudiéramos hacerlo volver.

—¿Hacerlo volver?

Helena levantó la vista y clavó sus ojos en los de su nieto. Por un segundo, la máscara de hielo se resquebrajó, revelando una desesperación que nunca dejaba al descubierto.

—Necesito que su alma regrese, Drake. Necesito recuperar a mi hijo.

Y mi magia no basta para lograrlo, ni siquiera la tuya.

Solo el poder puro de un nigromante nacido de tu magia y la de Evangeline podrá deshacer este daño.

Nuestros aquelarres son los más antiguos y poderosos de la historia; la magia que corre por tus venas unida a la suya engendraría al nigromante más fuerte que haya pisado la tierra.

El único capaz de cruzar el Velo y traer el alma de tu padre de vuelta a este cuerpo.

—Un heredero que también dominará el amuleto y a ese maldito vampiro para siempre —añadió Helena, y sus ojos brillaron con una ambición febril—.

Piénsalo bien, Drake. Podríamos arrebatarle su inmortalidad a esa sanguijuela de una vez por todas y entregársela a tu padre.

Él lo intentó en sus últimos meses, pero no pudo; ya estaba demasiado débil y ese vykrolakas fue muy astuto buscando maneras de resistirse.

Pero ahora, mi Alexander regresaría para liderar el clan Andreatos como siempre debió ser: fuerte, poderoso, manteniendo a ese animal enjaulado para el resto de la eternidad.

Todos juntos seríamos indestructibles, mi vida.

Las palabras cayeron sobre Drake como una pesada losa. La mentira de su abuela le dolió en lo más profundo, pero saber que había tenido la oportunidad de recuperar a su padre y había fallado lo destrozó por completo. Cayó de rodillas junto al mármol negro, derrotado.

—Lo he jodido todo, papá… —susurró, y su voz rebotó contra las paredes de piedra, devolviéndole el eco de su propio fracaso—. La he perdido. Se ha ido. Ese maldito vampiro se la ha llevado delante de mis narices, y yo no he sido lo suficientemente fuerte para detenerlo.

Helena suspiró; ver a su nieto tan destrozado la consumía por dentro. Caminó hacia él con pasos lentos, el crujir de su vestido de terciopelo negro rompiendo el silencio, y se agachó a su lado para abrazarlo.