El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 22 #4
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CAPÍTULO 22 #4

—Ten mucho cuidado con lo que ofreces, mi dulce Niní —susurró Athan, y su voz bajó una octava, convirtiéndose en una caricia ronca sobre la piel de ella—. Ofrecerle tu cuello a un vampiro hambriento es peligroso, pero ofrecérselo a uno que te desea es jugar con fuego… maldita chiquilla loca.

Evie tragó saliva, incapaz de apartar la mirada de su boca, sintiendo cómo el corazón le martilleaba contra las costillas al oír cómo la llamaba de nuevo de esa forma tan cariñosa que solo usaba su familia.

—La sangre de nigromante es repulsiva para los vampiros.

Siempre la he odiado. Beber de Shiloan era como tragar fuego líquido, me abrasaba las venas, me destrozaba por dentro —confesó Athan, con los ojos oscurecidos por el deseo—.

Pero la tuya es un extraño milagro oscuro, Evie.

La tuya me resulta exquisita, me vuelve loco, me embriaga hasta hacerme perder la razón.

Acortó los escasos centímetros que aún los separaban.

—Podría volverse… adictivo —añadió él, rozando apenas la línea de la mandíbula de Evie con el dorso de sus dedos, provocándole un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo hasta concentrarse en su bajo vientre—. Para los dos.

Se quedaron así un segundo eterno, respirando el mismo aire, atrapados en una tensión que amenazaba con romper cualquier barrera de sensatez.

Finalmente, Athan se obligó a retroceder, rompiendo el hechizo del momento.

Se pasó una mano por el pelo, frustrado, y su expresión cambió.

La lujuria dio paso a un cansancio infinito, una pesadez que parecía curvarle los hombros.

—Descansa ahora, puedo sentir lo agotada que estás —dijo con voz áspera, dándose la vuelta hacia la puerta sin mirarla—.

Mañana, al caer el sol, comenzará tu entrenamiento.

Evan estará con nosotros; él ha llegado al castillo hace rato, sé que Shiloan podrá convencerlo y te ayudará también en todo el proceso.

Athan se detuvo con la mano en el pomo de la puerta, apretándolo hasta que el metal emitió un leve crujido de protesta.

Se giró lentamente, y en sus ojos azules ya no había esa intensidad romántica de antes, sino una rabia fría y antigua, la mirada de alguien que lleva demasiado tiempo atrapado en una jaula.

—Lo siento, Evangeline. Te doy mi palabra de que si hubiera alguna forma de evitar esta guerra para ti y para mi gente, la tomaría sin dudarlo —confesó, desviando la mirada por una fracción de segundo, incapaz de sostener la de ella—.

Pero no la hay. ¿Crees que no he intentado acabar con esto antes por mi cuenta?

—soltó con una risa amarga y carente de humor—.

¿Crees que he disfrutado de un solo segundo de esta miserable existencia?

Llevo cuatrocientos años buscando el final.

He buscado a los cazadores más letales, he intentado que me decapitaran, que me quemaran, he suplicado la muerte cientos de veces, pero ese maldito amuleto no me lo permite.

Dio un paso hacia ella de nuevo, con la impotencia tensando cada facción de su rostro.

—Esa cosa que ese bastardo lleva al cuello no solo me obliga a obedecer; me quita la posibilidad de morir.

Me impide quitarme mi propia vida, y cada vez que he provocado una situación para que otros me mataran, los Andreatos aparecían.

Siempre llegaban con su maldita magia para masacrar a mis enemigos y mantenerme «a salvo».

Me necesitan vivo, soy su juguete, su arma, y no están dispuestos a dejar que el dominio sobre su mascota se rompa.

Athan miró hacia el pasillo, donde sabía que sus hombres montaban guardia.

—No podía arriesgarme a una guerra abierta, Evie.

No podía pedirle a mi gente que luchara por mí sabiendo que era un suicidio.

Si los Andreatos hubieran desatado todo su poder, habrían acabado con todos.

Mis guerreros, mi familia, mi sangre, todos habrían muerto por mi culpa, y yo me habría quedado solo.

Solo y encadenado para siempre en esa oscuridad, rodeado de los recuerdos de los únicos que me importaban.

Athan clavó su mirada azul en ella, y Evie vio la soledad abismal que habitaba en él.

—Por eso aguanté. Por eso me sometí. Por ellos, por mi gente.

Pero ahora —su voz se quebró ligeramente al recordar a Bastian y Syrielle—.

Ahora tengo una deuda contigo, por tus padres.

Una deuda de honor que me quema por dentro.

Ellos murieron intentando darme lo que yo no podía conseguir por mí mismo.

Así que esta vez no me detendré. Vengaré a tu aquelarre y recuperaré mi libertad o moriré intentándolo.

Y esta vez me aseguraré de llevarme a ese nigromante conmigo al infierno para que no pueda volver a hacerle daño a nadie más. Te doy mi palabra.

Sin esperar respuesta, desapareció en el pasillo como una sombra, dejando a Evie sola con la terrible certeza de que aquel hombre no luchaba por ambición ni por gloria, sino por amor a los suyos y la desesperada necesidad de dejar de ser, por fin, un esclavo.

Puedes prohibirme lo que quieras, Athan Vykros , pensó, recordando la forma en la que la había mirado unos minutos antes, la forma cruda en la que había admitido que la deseaba. Pero pienso destruir ese jodido amuleto y liberarte, aunque sea lo último que haga .