CAPÍTULO 22 #3
—¡Por eso mismo, Athan! —le interrumpió ella, dando un paso al frente—.
No quiero volver a ser una marioneta nunca más.
No quiero depender de nadie para que me salve, ni de ti, ni de Shiloan, ni de mi tío.
Quiero aprender a luchar. Quiero saber cómo defenderme cuando él vuelva a por mí.
Tú eres un guerrero, un rey, un depredador letal.
Sabes cómo luchar, sabes cómo matar. Enséñame.
Enséñame a usar mis manos, mis piernas, todo lo que tengo.
Y a cambio, yo te ayudaré a deshacer la magia del amuleto.
Athan sintió una punzada de admiración. Aquella chica, que hacía unas horas temblaba de miedo, ahora estaba frente a él pidiendo armas para ir a la guerra.
—No tienes idea de lo que estás pidiendo —advirtió Athan, cruzándose de brazos—. Si yo te entreno, no tendré piedad. Te dolerá, sangrarás y querrás rendirte.
—No me rendiré —aseguró ella—. Quiero destruir ese amuleto, Athan.
Quiero liberarte. Se lo debo a mis padres y me lo debo a mí misma.
Pero, sobre todo, te lo debo a ti. Podrías haberme matado allí mismo, frente a él, cuando ni siquiera sabías quién era, y aun así decidiste salvarme, alejarme de su lado porque sabías lo que él me había hecho.
Quiero ver cómo Drake y todos los Andreatos pierden ese poder que creen que les da derecho sobre todo el mundo.
No quiero pasarme la vida huyendo, quiero quedarme aquí, quiero enfrentarlos y que vean lo que es capaz de hacer una Betancourt.
Athan asintió lentamente. Una sonrisa lobuna, peligrosa y atractiva, se dibujó en sus labios.
—Está bien. Si eso es lo que realmente deseas, te enseñaré a luchar.
Te enseñaré a moverte más rápido de lo que un humano debería, a anticipar los golpes, a convertir tu cuerpo en un arma.
Pero en cuanto al amuleto… —Athan miró hacia la puerta y su sonrisa desapareció—.
Puede que Shiloan y tu tío te ayuden con tu magia, pero te prohíbo que intentes destruirlo.
Esa cosa devora a todo aquel que lo posee, lo arrastra a la oscuridad.
No voy a permitir que te arriesgues a morir intentándolo, Evangeline. Ni siquiera a cambio de mi libertad.
Hizo una pausa, dejando que la gravedad de sus palabras se asentara entre los dos, antes de cambiar el tono.
—Pero hay algo más que tienes que saber si vamos a hacer esto, Evie. Hay algo en ti que ni siquiera Shiloan tiene.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella, sintiéndose expuesta bajo su escrutinio.
—A tu sangre —dijo Athan, acercándose un paso, como si el mero recuerdo del sabor lo atrajera hacia ella—.
Llevo meses bebiendo la sangre de Shiloan en pequeñas dosis.
Era la única forma de levantar un muro mental contra Drake, de resistirme a sus órdenes.
Pero, incluso así, era una lucha constante.
Era como vivir con una neblina perpetua en mi mente; nunca tenía el control total.
Siempre sentía su voz arañando mi cerebro, esperando un descuido para doblegarme, y muchas veces lo conseguía, por más que yo intentara resistirme.
Athan levantó una mano y se miró la palma, cerrando el puño con fuerza, sintiendo la energía correr por sus venas.
—Pero hoy… hoy he probado la tuya. Y no solo he resistido, Evie.
He aniquilado su voz. Estoy cien por cien en control.
Mi mente está clara, en silencio, solo mis propios pensamientos habitan en ella.
Hacía tantos años que no me sentía así, tantos siglos que no sentía esta lucidez absoluta, que ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez.
Evie lo miró, procesando la información. Su sangre no era solo una herencia mágica; tal vez era el antídoto, la llave de la jaula de Athan. Si su sangre podía liberarlo temporalmente de la magia del amuleto, tal vez también podría hacerlo definitivamente.
—Si eso es verdad, si mi sangre es lo que te mantiene libre… —Evie dio un paso hacia él, acortando la distancia con una valentía que sorprendió a ambos—. Entonces úsala.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Athan, alzando una ceja, intrigado—. ¿Acaso te has vuelto loca?
—Digo que puedes usar mi sangre siempre que quieras —ofreció ella con firmeza, mirándolo a los ojos—. Si eso impide que Drake te controle, si eso te da fuerzas para luchar a mi lado, tómala. No me importa.
El aire en la habitación cambió de golpe.
Se volvió denso, cargado de una electricidad estática que erizaba el vello.
Athan la miró, y sus pupilas se dilataron, oscureciendo el azul de sus ojos.
Una sonrisa lenta, depredadora y terriblemente sensual se dibujó en sus labios mientras se inclinaba hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que Evie pudo sentir el frío que emanaba de su cuerpo mezclado con ese aroma embriagador.