CAPÍTULO 22 #2
—Shiloan tiene razón —susurró, y su voz sonó ronca, cargada de una ira que apenas comenzaba a bullir—.
Drake… él… me manipuló de la peor de las maneras.
No solo anuló mi voluntad, sino que me hizo creer que lo amaba incondicionalmente, que no podía respirar sin él.
Me hizo sentir culpable por querer alejarme.
Athan permaneció inmóvil, apoyado contra la pared junto a la chimenea. Sin embargo, una línea dura y blanca se dibujó a lo largo de su mandíbula mientras apretaba los dientes con una fuerza que amenazaba con partirlos.
—La magia de los nigromantes es oscura y profundamente adictiva, Evangeline —explicó Athan, con una calma que helaba la sangre—.
Si no tienes un control absoluto sobre ti mismo, acaba dominándote.
Siempre exige más. Puede que Drake te amara al principio, a su manera, pero la oscuridad se ha apoderado de él.
Esa magia retuerce la mente hasta que necesitas tener más y más control sobre todo lo que te rodea, incluso sobre la persona a la que amas.
Hará lo que sea para mantenerte a su lado, aunque te destruya en el proceso, simplemente porque es lo que él quiere.
Evie lo escuchaba atentamente, procesando cada palabra, cada cicatriz emocional en la voz de Athan. La realidad se le presentaba cruda, sin filtros.
—Y pensar que cuando te vi en su apartamento atacándolo creí que el monstruo eras tú —susurró ella, dando un paso hacia el centro de la habitación mientras la ira desplazaba definitivamente al miedo—.
Qué ironía del destino, ¿verdad?… El ser al que todos, incluida yo misma, llamaban monstruo es quien me ofrece la oportunidad de huir para ponerme a salvo, mientras que el hombre que juraba amarme me mantenía encerrada en una jaula de oro, dispuesto a sacrificarme sin escrúpulos con tal de conservar su poder.
Los verdaderos monstruos siempre han sido ellos.
Ahora que lo recuerdo todo, lo veo tan claro, Athan.
Recuerdo perfectamente las noches en las que mi padre hablaba de ti con mi madre.
Y no hablaban de un monstruo. Hablaban de su amigo, un hombre de honor atrapado en una pesadilla de la que era imposible salir sin su ayuda.
Athan bajó la mirada, incapaz de sostener la pureza de los ojos de Evie al mencionar a su familia.
—Tu padre era el brujo más honorable que he conocido —confesó finalmente, apretando la mandíbula para contener la emoción—.
Él vio luz donde yo solo veía oscuridad.
Me dio esperanza cuando ya me había rendido, y los Andreatos se lo cobraron con su sangre y la de todo su aquelarre.
No pasa una sola noche en la que no lamente no haber podido protegerlos.
—Él confiaba en ti —insistió Evie, acercándose un paso más, ignorando la advertencia tácita de mantenerse alejados—.
Recuerdo lo mucho que ansiaban ayudarte.
Decían que la magia no debía usarse para esclavizar, que nadie, ni siquiera un vampiro, merecía vivir sin voluntad.
Ellos murieron tratando de darte la libertad, y yo…
yo he estado calentando la cama del hijo de su asesino.
La confesión de Evie cayó entre ellos como una losa. Athan se apartó de la piedra y le dio la espalda, clavando la vista en las llamas de la chimenea. En ellas vio el reflejo de siglos de tormento.
—No tienes idea de lo que es ser un esclavo de los Andreatos, Evangeline —dijo Athan, con una voz tan baja y profunda que parecía surgir de las propias piedras del castillo—.
Crees que Drake es malvado, pero su oscuridad es solo una sombra comparada con el abismo absoluto que fueron sus antepasados.
Se giró hacia ella, y Evie vio el dolor reflejado en su rostro, una herida abierta que no había sanado en cuatrocientos años.
—He servido a decenas de ellos —comenzó a relatar, paseando por la habitación como un león enjaulado—.
Algunos eran simplemente codiciosos. Me usaban como a un perro de presa para robar, para amasar fortunas, para intimidar a sus enemigos políticos o comerciales.
Me obligaban a entrar en casas, a desvalijar a familias enteras, a ser un ladrón en la noche.
Hizo una pausa, apretando los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Otros eran auténticos sádicos. Disfrutaban de la sangre tanto o más que yo.
Me ordenaban matar, Evie. No por necesidad, no por defensa, sino por placer.
Me obligaban a despedazar a inocentes, a mujeres, a niños, y yo lo hacía.
Mi cuerpo se movía, mis garras desgarraban, y mi mente gritaba encerrada en mi propio cráneo, incapaz de detenerlo.
Sentía su gozo a través del vínculo mientras yo me ahogaba en mis propios remordimientos.
Evie se llevó una mano a la boca, horrorizada. Podía ver las escenas reflejadas en los ojos de Athan, podía sentir el peso de una culpa que ni siquiera debería ser suya.
—Y luego estaban los cobardes —continuó él con desprecio—.
Aquellos que tenían tanto miedo de mi poder que apenas me dejaban salir.
Me tenían encadenado en sótanos húmedos y oscuros durante décadas, matándome de hambre, dándome solo la sangre justa para que no me convirtiera en polvo, pero manteniéndome tan débil que ni siquiera podía levantar la cabeza.
Años, Evie… años en la oscuridad, bebiendo la sangre de las ratas y escuchando gotear el agua, rezando para que la muerte se apiadara de mí.
Athan se detuvo frente a ella, a escasos centímetros. Su inconfundible aroma la envolvió por completo, y Evie tuvo que hacer un esfuerzo para no perderse en él.
—Pero Helena —pronunció el nombre como si fuera una maldición, escupiéndolo con veneno— no tiene comparación. De todos los monstruos a los que he servido, ella es, sin lugar a dudas, la más ambiciosa y despiadada.
—¿Helena? —preguntó Evie, recordando a la anciana que le había servido té y pasteles con una sonrisa maternal—. ¿La abuela de Drake?
—No te dejes engañar por su apariencia de abuela abnegada.
Ella es el verdadero monstruo de esa familia —aseguró Athan con ferocidad—.
Jamás portó el amuleto. Su padre intentó traspasarle el vínculo mediante el ritual cuando ella era joven, pero falló.
El artefacto la rechazó y el control siguió en manos de él.
Durante años creí que la magia de un nigromante no podía ser heredada por mujeres, pero al verte a ti, Evangeline, está claro que me equivocaba.
No sé por qué el amuleto se negó a aceptarla, pero aquello fracturó el orgullo de Helena.
Athan apretó los puños, reviviendo la rabia de aquellos años.
—Al verse incapaz de dominarme como deseaba, se obsesionó con engendrar un hijo lo bastante poderoso para someterme y controlar a todo el aquelarre Andreatos.
Pero su propio padre se dio cuenta de su plan.
Vio el monstruo que se gestaba en ella y se aterrorizó tanto que la obligó a casarse con un brujo irrelevante, un hombre con apenas un soplo de magia, esperando diluir su sangre para que nunca lograra su objetivo.
Pero subestimó su inteligencia y su capacidad para conseguir siempre lo que deseaba, incluso manipulando a su propio hijo.
Athan cerró los ojos, recordando los últimos días de Alexander.
—Alimentó la sed de poder de su hijo hasta convertirla en una adicción letal.
Lo incitaba a realizar hechizos que ningún brujo debería intentar, rituales oscuros para drenar vida, para controlar a los muertos, para someterme a mí más allá de los límites del amuleto.
Fue Helena quien hizo que Alexander consumiera su propia magia hasta que su cuerpo colapsó.
Ella lo exprimió hasta dejarlo seco, y cuando él cayó…
simplemente buscó al siguiente. A Drake.
Evie sintió un escalofrío de terror. Ahora entendía la obsesión de Drake, la desesperación en sus ojos. No era solo él; era el producto de una manipulación generacional. Helena movía los hilos de todos los Andreatos, vivos y muertos.
—No me extrañaría que Helena supiera exactamente quién soy desde el principio —susurró Evie, sintiendo que el estómago se le revolvía de asco—.
Últimamente insistía en lo mucho que deseaba vernos casados, en las ganas que tenía de que le diéramos un bisnieto.
Y ahora tengo claro el porqué. Quería mi sangre.
Quería usarme para engendrar a otro heredero lo bastante poderoso para atarlo a ese maldito amuleto y seguir manipulando a la familia a su antojo.
Evie apretó los puños, clavando las uñas en sus palmas, sintiendo cómo la rabia la consumía por dentro.
—Y Drake… parecía tan diferente al principio…
Era dulce, cariñoso y amable. Pero él siempre se deleitó con el poder que le daba la magia, se dejó arrastrar por ella con gusto.
Le encantaba sentirse superior a los demás.
¡Incluso prefirió dejar que tú me secuestraras antes que entregar su preciado amuleto!
Eligió su magia por encima de mí, sin importarle lo que tú me hicieras, sin importarle siquiera si me matabas frente a él.
Se ha convertido en un ambicioso despiadado que solo desea poseerme a costa de lo que sea, incluso si para ello tiene que someter mi voluntad.
He sido una simple pieza más en el tablero de juego de esa familia, pero me niego a quedarme de brazos cruzados esperando a que vengan a por mí.
Shiloan tiene razón. Si él y mi tío me ayudan a liberar mi poder, haré que todos los malditos Andreatos prueben un poco de su propia medicina.
Athan la observó, evaluándola. Era consciente de la fragilidad de su cuerpo humano, pero también sentía la fuerza de su linaje; la magia que latía bajo su piel estaba ahora tan viva que vibraba como una fuerza palpable en medio de la habitación, tan densa que Athan casi podía paladearla en el aire.
—Evie, tal vez seas una nigromante, pero tu cuerpo es humano. Drake es fuerte, física y mágicamente.