CAPÍTULO 22
El silencio en la habitación era denso, casi tangible, solo roto por el crepitar de la leña que se consumía lentamente en la enorme chimenea de piedra.
Evie permanecía de pie frente al fuego, abrazándose a sí misma, con la mirada perdida en las llamas que devoraban los troncos.
A pesar del calor que desprendían, sentía un frío interior que ningún fuego podría aplacar.
Era el frío de la verdad, de sentirse expuesta, invadida en lo más profundo de su ser.
Si se concentraba un poco, todavía podía saborear el regusto metálico y dulce de la sangre de Athan en su boca; una sensación que le provocaba un escalofrío en la espina dorsal.
Pero más allá de la extraña conexión física que ahora vibraba entre ellos, lo que le pesaba en el alma era la absoluta claridad que esa sangre le había devuelto.
Ahora que la dolorosa vorágine de recuerdos se había asentado y el miedo a estar volviéndose loca había desaparecido por fin, la niebla rosa y artificial que Drake había impuesto sobre su mente se disipó por completo, dejando al descubierto una realidad oscura y dolorosa.
Se giró lentamente al escuchar un suave crujido en la madera. Esperaba ver regresar a Athan, pero quien se hallaba de pie en el umbral de la puerta era Shiloan.
Evie le sostuvo la mirada, pensando que, a diferencia del aura depredadora y oscura que Drake desprendía cuando desataba su poder, él no parecía un nigromante; sus ojos transmitían una calma amable.
Shiloan paseó la vista por la estancia hasta detenerse en el pesado armario que bloqueaba por completo el ventanal.
Tras parpadear, desconcertado ante semejante barricada, volvió a centrar su atención en ella en silencio, como si, ahora que estaba allí, no tuviera muy claro qué decir.
—He visto a Athan salir hace un momento —dijo Shiloan con tono suave, adivinando la inquietud que le causaba su presencia—. La magia de tu sangre debe resultar abrumadora para él.
La miró con una mezcla de asombro y expectación, aguardando en silencio para ver si ella era capaz de sentir, aunque fuera solo una fracción, de la inmensidad que albergaba en su interior.
—Has hecho mucho más que alimentarlo, Evangeline.
Hace apenas unas horas estaba encerrado en una celda, suplicando que acabáramos con su vida.
Estaba a merced de ese traidor a nuestra estirpe…
Los Andreatos son una vergüenza para los nuestros.
Yo ya no podía darle más de mi sangre por hoy.
Además, la mía solo le proporciona un escudo débil; le permite luchar contra las órdenes durante un breve período de tiempo, pero es una batalla constante y agotadora.
La tuya, en cambio… la tuya ha fortalecido esa resistencia de forma asombrosa, permitiéndole cerrar su mente por completo.
Shiloan hizo una pausa, y su expresión se ensombreció ligeramente.
—Pero no debemos engañarnos, esto no destruye la magia del amuleto.
Esa cosa lleva siglos alimentándose de la energía de los Andreatos desde que fue forjada.
En estos momentos debe de ser el objeto mágico más poderoso que existe sobre la faz de la tierra.
Tu sangre ha bloqueado el vínculo que le permite al portador someter su voluntad, pero…
Athan es un vampiro. Su cuerpo terminará consumiéndola rápidamente y, cuando el efecto se desvanezca, el control de Drake volverá a colarse por las grietas. Va a necesitar toda nuestra ayuda.
El brujo suspiró, volviendo a mirarla con amabilidad.
—Sin embargo, por ahora, tú le has regalado algo que no sentía desde hace siglos: silencio absoluto en su mente y la libertad de recorrer este castillo siendo él mismo de nuevo frente a su gente. Necesitará un instante a solas para asimilarlo todo y recomponerse.
Evie tragó saliva, asintiendo lentamente mientras la tensión de sus hombros disminuía un poco.
—¿Por qué le ayudas, Shiloan? —preguntó, frunciendo el ceño—.
Recuerdo que cuando era niña mi padre me dijo que los Arcanos eran los brujos de mayor poder, que sois las figuras más respetadas e importantes de cada aquelarre.
Sin embargo, tú le das tu sangre para proteger su mente y le ofreces refugio sin pedir nada a cambio. ¿Por qué?
Shiloan suspiró y desvió la mirada hacia el fuego de la chimenea. Se tomó un par de segundos antes de responder, buscando las palabras exactas.
—Porque nadie merece la condena que él arrastra, pequeña Evangeline —respondió con solemnidad—.
Athan no es un monstruo. Y, desde luego, no nació para ser un esclavo.
Él nació para ser rey. Su propia gente lo proclamó como tal, le juraron lealtad por su honor y su fuerza.
Pero fue traicionado por su propia sangre.
Su tío le arrebató la corona y lo entregó a los Andreatos.
Ellos masacraron a los que le eran fieles y crearon ese maldito amuleto para usarlo como a una bestia encadenada.
Le ayudo porque veo en él al líder que debería gobernar, al auténtico rey y al hombre de honor al que esclavizaron injustamente, no a la marioneta en la que se empeñan en convertirlo.
Evie sintió un nudo en la garganta al escuchar la verdadera historia de Athan. La imagen del rey al que le habían robado el trono encajaba perfectamente con la nobleza que había visto en sus ojos.
—Pero ahora he venido aquí por ti —continuó Shiloan, clavando de nuevo su intensa mirada en ella—.
Tienes un poder inmenso latiendo bajo tu piel, Evangeline.
Tu linaje es puro y antiguo, más incluso que el mío.
Drake te manipuló con sus trucos mentales y no pudiste defenderte porque ignorabas tu verdadera naturaleza.
Pero ahora ese poder está despierto y exige salir.
Puedo notarlo, puedo sentirlo vibrar solo con estar cerca de ti.
Evie se miró las manos, recordando el chispazo de energía pura y salvaje que la había recorrido horas antes, cuando por fin recuperó su magia junto a sus recuerdos.
—Pero no sé cómo usarlo —confesó en un susurro frustrado—.
Me siento completamente inútil. Drake me manipuló a su antojo y ni siquiera me di cuenta.
Por mucho que posea ese poder del que tanto hablas, seguiré estando indefensa ante él.
Él sí sabe cómo controlarlo, le han enseñado desde niño.
Le he visto usar su magia y, créeme, no es ningún aficionado.
—Entonces está en tus manos cambiar eso —rebatió Shiloan, con una calma inquebrantable.
—¿Qué quieres decir? ¿Cómo podría cambiarlo si apenas estoy empezando a recordar?
—Drake vendrá a buscarte, Evangeline, estoy seguro. Este castillo cuenta con múltiples protecciones mágicas, pero encontrará la forma de romperlas y dar contigo. Un nigromante con ese nivel de obsesión no va a aceptar perder a sus dos marionetas por nada del mundo.
La miró fijamente, ofreciéndole una sonrisa amable.
—Tal como yo lo veo, solo tienes dos opciones.
Puedes marcharte ahora mismo. Huir para siempre, pasar el resto de tu vida escondiéndote en las sombras y aterrorizada de que él te alcance.
O puedes quedarte aquí y hacerle frente.
Si te quedas, yo te ayudaré a desatar todo ese poder que llevas dentro, y tú me ayudarás a romper las cadenas de Athan de una vez por todas.
Estaré de tu lado, tomes el camino que tomes. La decisión es tuya.
—No la pongas en esa encrucijada, Shiloan —resonó una voz profunda y cargada de advertencia desde el pasillo.
Athan apareció en el umbral, llenando el espacio con su imponente presencia.
Sus ojos habían vuelto a ese azul cristalino y profundo como el océano, y la tensión salvaje de antes había sido reemplazada por un instinto ferozmente protector.
Cruzó la habitación con pasos amplios hasta situarse casi entre su amigo y Evie, usándose a sí mismo como un escudo.
—No es su deber ayudarme, ni tiene que involucrarse en esta guerra —sentenció, clavando la mirada en Shiloan con dureza—. Si la presionamos para que arriesgue su vida por conseguir mi libertad, no seremos mejores que ese asqueroso nigromante. Ella es libre de irse si así lo desea.
—Solo le estoy mostrando a lo que se enfrenta realmente, amigo mío —respondió Shiloan con su habitual calma—. Pero la decisión es solo suya.
Después, fijó de nuevo su mirada en ella y su tono se volvió aún más solemne.
—Yo puedo hablar con tu tío. Estoy seguro de que se alegrará al ver que por fin aceptas tu destino.
Entre los dos podríamos entrenarte y ayudarte a controlarlo.
Tu magia no ha nacido para permanecer escondida, Evangeline.
Tu poder podría llegar a devorar a los Andreatos, mi querida niña…
pero solo si decides quedarte y luchar. De lo contrario, dejarás que ellos te devoren a ti.
Tras dejar esa advertencia flotando en el aire, hizo una leve inclinación de cabeza a modo de despedida y se deslizó hacia el pasillo, cerrando la pesada puerta de madera tras de sí.
Un silencio incómodo volvió a adueñarse del espacio.
Al escuchar el clic de la cerradura, Athan exhaló lentamente, liberando la tensión de sus hombros.
Consciente de lo cerca que estaba de ella, retrocedió varios pasos para no abrumarla y se apoyó contra el muro de piedra de la chimenea, observándola con una intensidad que la hacía sentir pequeña y poderosa al mismo tiempo.
Había una sombra de cansancio en sus ojos que ella nunca había notado antes.
Y no era para menos; realmente debía de estar agotado después del infierno que ella misma le había visto soportar en las últimas horas.
Evie le sostuvo la mirada. Shiloan le había puesto la verdad frente a las narices, y ahora la rabia ardía en sus venas sin control.