CAPÍTULO 21 #3
—Entonces, ¿dónde está? —exigió Eileen, extendiendo la mano con ansiedad, sus dedos temblando—. ¿Qué hay de lo mío? Me prometiste magia. Me prometiste que me la devolverías. ¡Dámela! ¡La necesito ahora! Me siento vacía, me estoy muriendo por dentro.
Helena la miró con asco. Sabía lo que le pasaba a las brujas como ella, brujas rotas que habían perdido su conexión y ahora vivían arrastrándose por migajas de poder oscuro. Eran peligrosas y desagradables.
—¿De verdad crees que te mereces un premio después de este espectáculo? —preguntó, acercándose a ella lentamente—. Lo has estropeado todo; solo tenías que mantenerlo lejos un poco más de tiempo y no has sido capaz. Evan sabe demasiado ahora.
—¡Hice lo que pude! ¡Dámela ya, maldita seas! ¡Dame la magia! —gritó, abalanzándose sobre Helena y agarrándola por los brazos, sacudiéndola con desesperación—. ¡La necesito, por favor, no puedo vivir sin ella!
Helena se zafó de ella con un movimiento brusco y la empujó hacia atrás.
—Está bien. Ya que tanto la ansías, tendrás lo que pides.
Helena alzó la mano y comenzó a murmurar unas palabras en un idioma antiguo, gutural y oscuro. Sus ojos, habitualmente de color miel, se tornaron de un gris tormentoso, casi negro. El aire en la habitación se volvió pesado, frío, y las luces empezaron a parpadear violentamente.
Eileen sonrió entre lágrimas, extasiada, esperando sentir ese cosquilleo, esa vida que la magia solía darle. Abrió los brazos, lista para recibirlo como una bendición.
—¿Querías magia, querida? —susurró Helena con malicia, colocando su mano abierta directamente sobre el corazón de la mujer—. Pues tómala toda.
De la mano de Helena brotó una energía negra, densa y viscosa como el alquitrán, que se incrustó en el pecho de Eileen con una violencia desgarradora.
No era la magia suave y natural que ella recordaba.
Era magia negra pura, cruda, nigromancia concentrada y corrupta que Helena había estado canalizando.
Era poder de muerte, demasiado denso para un cuerpo debilitado y sin magia; una fuerza insoportable para alguien que no estaba acostumbrado a manejar tanta oscuridad.
Los ojos de Eileen se abrieron desmesuradamente hasta casi salirse de sus órbitas.
Su sonrisa de anticipación se transformó en una mueca de horror y dolor absoluto.
Sintió como si le inyectaran ácido hirviendo en las venas.
Su corazón comenzó a latir desbocado, golpeando contra sus costillas, incapaz de procesar tal cantidad de energía oscura.
—¡No! ¡Para! ¡Es demasiado! —intentó gritar, pero la voz se le ahogó en un gorgoteo.
Vio cómo sus venas se oscurecían, marcándose como ríos negros bajo su piel pálida, que empezaba a agrietarse. El poder la quemaba por dentro, carbonizando sus órganos, colapsando sus pulmones. Su cuerpo, debilitado por años de vacío, no tenía la capacidad de ser un contenedor para tal poder.
—¡¿No querías poder?! ¡¿No decías que no podías vivir sin él?! —dijo Helena, mirándola sin piedad, manteniendo la mano firme sobre su pecho mientras Eileen convulsionaba violentamente—. Aquí lo tienes. Todo para ti.
Eileen cayó de rodillas, agarrándose el pecho, arañando su propia piel. Sentía cómo su corazón se hinchaba, cómo las paredes de sus arterias cedían. Miró a Helena con súplica, pero solo encontró que esta le devolvía la mirada con total indiferencia.
—Por… favor… —susurró, mientras su propia sangre, espesa y ennegrecida, comenzaba a brotar de su nariz, sus oídos y sus ojos.
—Eres un cabo suelto, querida —dijo Helena con frialdad—. Y ahora que Evan lo sabe todo, ya no me sirves para nada. Eres débil, y la magia de verdad no está hecha para los débiles.
Con un último empujón de energía, Helena terminó el trabajo.
El cuerpo de Eileen se arqueó violentamente hacia atrás en un espasmo final.
Se escuchó un sonido húmedo y terrible, como algo que explota por dentro.
Su corazón simplemente estalló, incapaz de soportar la presión de aquella magia tan oscura.
Cayó al suelo con un golpe seco, con los ojos abiertos y vidriosos, fijos en el techo, y una expresión de terror eterno congelada en su rostro. Un hilo de humo negro salía de su boca abierta, disipándose en el aire viciado de la habitación.
Helena se sacudió las manos, como si acabara de tocar basura. Miró el cuerpo de la mujer que había sido su peón con total indiferencia, incluso con una pizca de burla.
—Patética —murmuró.
Caminó hacia el espejo del salón y se retocó el peinado, asegurándose de que estaba perfecta. Se giró una última vez hacia el cadáver, que yacía retorcido en la alfombra.
—Ahí tienes lo que tanto ansiabas —susurró con voz venenosa, observando el humo negro que escapaba de los labios sin vida de la mujer—. No es mi culpa que fueras demasiado débil para soportarlo.
Deslizó la mano en el bolsillo, acariciando el pañuelo de seda que envolvía los cabellos de Robert, y esbozó una sonrisa letal. Al fin y al cabo, ya tenía exactamente lo que había venido a buscar.
Salió del apartamento cerrando la puerta con suavidad, dejando atrás los restos de Eileen y el silencio de la muerte, mientras sus tacones resonaban en el pasillo, alejándose hacia la noche parisina, lista para el siguiente movimiento de su partida.