El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

—Me costó dos años, Robert. Dos malditos años siguiendo rastros fríos, buscando huellas de una magia que parecía no existir, hasta que por fin os encontré.

Descubrí quiénes erais realmente y pude confirmar que tú y Evie erais los últimos supervivientes de los Betancourt.

En cuanto se lo conté a Helena, ella trazó todo el plan.

Cada encuentro, cada supuesta casualidad…

todo estaba preparado para que Drake y Evie se conocieran.

Robert la miró con una mezcla de asco y horror absoluto. La magnitud de la traición era mucho mayor de lo que había imaginado. No era una oportunidad que le hubiera surgido de repente; era una cacería que había durado años.

—¡Pero yo no sabía para qué quería a tu sobrina realmente!

¡Te lo juro! —gritó ella, viendo cómo la oscuridad crecía en los ojos del hombre que hasta hacía unas horas la miraba con amor—.

Solo pensé que era una cuestión de poder, de linajes y magia antigua.

Ya sabes cómo funciona nuestro mundo. Las familias poderosas siempre quieren que sus hijos se casen con brujos de sangre pura para perpetuar el linaje y fortalecer su magia.

Pensé que solo querían eso, unir a los Andreatos con los Betancourt para crear una dinastía más fuerte.

Son jóvenes, creí que simplemente se enamorarían y todo iría sobre ruedas. ¡Jamás imaginé que la obligarían!

—¿Y la arrojaste a los lobos sin pestañear? —preguntó Robert. Su tono era bajo, casi un susurro, pero cargado de una furia tan inmensa que el aire del salón se volvió irrespirable—. ¿Sabiendo lo que son? ¡¿Sabiendo lo que le harían?!

—¡Ellos son nigromantes! —chilló, cayendo de rodillas, presa del pánico—.

Son la familia más oscura y poderosa que existe.

¿Qué podía hacer yo contra eso? ¿Cómo iba a negarme a lo que Helena me pidiera estando así de débil, sin mi propia magia?

Me prometió que, si lo hacía, ella me la devolvería.

Me prometió que me daría poder, que volvería a ser una bruja incluso más poderosa que antes. ¡Solo quería volver a ser yo misma!

Robert la observó desde arriba, y la piedad que alguna vez pudo haber sentido por ella se evaporó por completo ante su cobardía.

—¿Me estás diciendo que vendiste a mi hija por un poco de magia? —Su voz temblaba de furia contenida—. ¿Nos has vendido a nosotros, la vida que teníamos, la seguridad de Evie, por una mísera dosis de poder? ¡¿Como una maldita yonqui desesperada?!

—¡No podía evitarlo! ¡La necesito! —sollozó ella, arrastrándose hacia él—. ¡Tú no sabes lo que es vivir en la oscuridad después de haber visto la luz!

—¡Eres despreciable! —rugió Robert—. ¡Evie es mi vida! ¡Lo he sacrificado todo por ella! Mi magia, mi pasado… ¡todo! Y tú la has entregado a los asesinos de sus padres después de cazarnos durante dos años como si fuéramos animales.

—Lo hice por nosotros… —intentó justificarse de nuevo, reptando por el suelo y agarrándose a los pantalones de él con desesperación.

—¡Lo hiciste por ti! —bramó Robert, apartándose de un salto como si su contacto le quemara la piel—. No hay un nosotros. Al parecer… nunca lo hubo. ¡Solo eras tú, tu maldita cobardía y tu ambición!

Robert la miró con los ojos negros de pura furia, una promesa de violencia absoluta contenida en su mirada.

—Escúchame bien, Eileen. Evie está fuera de vuestro alcance, y me aseguraré de que siga siendo así.

Si descubro que tú o esa maldita familia seguís buscándola, te juro por la memoria de mi hermano que volveré y te mataré con mis propias manos.

No habrá agujero en la tierra donde puedas esconderte de mí.

—Robert, por favor…

—Quédate con Helena y con tus miserables migajas de poder. Pero ojalá esa magia que tanto ansías te devore las entrañas, Eileen. Porque a partir de esta noche, para mí ya estás muerta.

Robert se dio la vuelta y salió del apartamento. El portazo hizo temblar los cristales y las paredes, dejando a Eileen derrumbada en el suelo, llorando a solas entre los escombros de la vida que ella misma acababa de destruir.

Unos segundos después, la puerta del baño se abrió lentamente. Helena salió caminando con paso elegante; sus tacones repiqueteaban sobre el parqué con un ritmo pausado y cruel. Miró a Eileen, que seguía sollozando en el suelo, con una expresión de absoluto desdén.

—Pero mira que eres mediocre —dijo Helena con frialdad—. Realmente ese hombre tiene más carácter del que parecía. Es una lástima que haya tenido que desperdiciarlo en alguien tan insignificante como tú.

Eileen levantó la cabeza; con el maquillaje corrido y los ojos inyectados en sangre, la miró con desesperación.

—Se ha ido, me ha dejado… —balbuceó—. ¡Lo he perdido todo por tu culpa!

—No seas estúpida. —Helena soltó una risa seca—.

Tú lo perdiste todo el día que demostraste ser demasiado débil para aceptar que tus poderes te habían abandonado por abusar de ellos en tonterías.

Creaste un imperio, pero te quedaste sin nada.

Has sido una idiota al pensar que él te amaría lo suficiente como para perdonarte algo así.

Los nigromantes no son simples marionetas, estúpida.

Son hombres de un carácter implacable, depredadores que necesitan a una verdadera igual a su lado, no a una mendiga patética como tú.

—¡Ya basta! —gritó Eileen, poniéndose de pie con dificultad, tambaleándose—. He hecho lo que me pediste. Los encontré. He acercado a la chica a tu nieto. He distraído a Robert. He cumplido mi parte del trato. ¡He destruido mi vida por ti!

—Sí, lo has hecho. De una forma bastante lenta y lamentable, pero útil al fin y al cabo —admitió, mirándose las uñas como si estuviera aburrida de aquella conversación.