El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Robert aparcó el coche frente al lujoso complejo de apartamentos en el centro de París.

Apagó el motor, pero sus manos permanecieron aferradas al volante, apretándolo con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

Su respiración era agitada, una mezcla de furia contenida y un miedo profundo que le helaba la sangre.

Al levantar la vista, sus ojos se clavaron en el cartel iluminado que presidía la entrada del inmueble, el mismo que había visto en el edificio donde vivía Drake.

El logotipo de la inmobiliaria brillaba con una luz de neón azulada, elegante y discreta: Deveraux Real Estate .

Una oleada de náuseas le golpeó el estómago.

Era el mismo logotipo que había visto en las carpetas que Eileen dejaba descuidadamente sobre la mesa de su despacho en casa, el mismo nombre que figuraba en los contratos de reforma de su propio hogar.

No podía ser una coincidencia. En el mundo en el que él se movía, un mundo de sombras y secretos que había tratado de dejar atrás, las coincidencias no existían.

Todo era un plan, una red tejida con paciencia de araña, y él había caído en ella como la mosca más estúpida de todas.

Salió del coche sintiendo el peso de los años sobre sus hombros.

El aire de la noche parisina mordía la piel, pero el frío que él sentía venía de su propio interior.

Subió las escaleras del edificio; cada paso resonaba como una sentencia.

Necesitaba respuestas, necesitaba mirarla a los ojos para saber si la mujer con la que había compartido su cama, sus sueños y sus miedos durante los últimos meses era, en realidad, el monstruo que había entregado a su sobrina directamente a los brazos del enemigo.

El ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica, casi palpable. Eileen caminaba de un extremo a otro del salón, retorciéndose las manos. Llevaba una bata de seda color champán que apenas lograba ocultar el temblor de su cuerpo mientras observaba a la mujer que ocupaba el centro de la estancia.

Sentada en uno de los sillones de terciopelo, con una copa de vino tinto en la mano y una elegancia que resultaba casi insultante dadas las circunstancias, estaba Helena.

La matriarca del clan Andreatos observaba a Eileen con una mezcla de aburrimiento y desdén, como quien observa a un insecto patético y molesto revoloteando a su alrededor.

—Deja de moverte de esa manera, me estás mareando —dijo Helena con voz suave, dando un pequeño sorbo a su copa—. Tu querido Robert no tardará en llegar. Por lo que Drake me contó, anoche fue a buscarlo; ya estará atando cabos.

—¡Tú no entiendes nada! —gritó Eileen, con la voz quebrada por la histeria—. Si descubre que tú estás aquí, si descubre lo que he hecho, me matará. Tú no conoces a Robert cuando se trata de esa chica. Se vuelve loco, es capaz de cualquier cosa.

—Oh, por favor, querida. No seas dramática.

Es solo un hombre y tú eres una mujer. Si eres inteligente, sabrás cómo aplacarlo —respondió con una sonrisa fría, levantándose y alisándose el vestido negro impecable que llevaba—.

Además, ya tengo lo que quería. La chica está donde debe estar o, al menos, el proceso ya ha comenzado.

Tú solo tienes que mantener tu papel un poco más.

En ese momento, el sonido del ascensor deteniéndose en esa planta hizo que ambas se congelaran. Los pasos firmes y pesados de Robert resonaron en el pasillo.

—¡Escóndete! ¡Por Dios, escóndete! —suplicó Eileen, empujando a Helena hacia el pasillo—. Si te ve aquí, no me dejará ni siquiera explicarme.

Helena puso los ojos en blanco, claramente molesta por tener que ocultarse como una ladrona, pero acabó accediendo.

Con paso tranquilo, se dirigió hacia el baño principal y cerró la puerta tras de sí con un suave clic, justo un segundo antes de que la llave de Robert girara en la cerradura de la entrada.

Robert entró en el apartamento como una exhalación.

Su presencia llenó la estancia de una energía oscura y peligrosa.

No había rastro del hombre amable y cariñoso que Eileen conocía; frente a ella había un guerrero.

Un nigromante que, incluso con sus reservas de poder al límite, mantenía el aura letal de quien ha visto y provocado la muerte.

—Robert, cariño, ¿qué haces aquí tan tarde? Pensé que estarías buscando a Evie… —empezó a decir, intentando componer una sonrisa que no llegó a sus ojos.

Robert no respondió de inmediato. Se quedó parado en el centro del salón, observando cada detalle, como si viera el lugar por primera vez. Sus ojos recorrieron los muebles de diseño y las cortinas caras, hasta posarse finalmente en su rostro.

—¿Deveraux Real Estate? —preguntó con voz baja, peligrosamente calmado—. El edificio donde vive ese chico, el edificio donde mi sobrina ha pasado las últimas semanas, pertenece a tu grupo inmobiliario.

Ella tragó saliva, notando cómo se le secaba la garganta.

—Robert, cariño, mi empresa tiene cientos de propiedades en París. No puedo saber quién vive en cada una de ellas. Es una casualidad, te lo juro.

—¡No me mientas! —rugió él, dando un paso hacia ella, obligándola a retroceder instintivamente hasta chocar contra la mesa del comedor—. ¡Deja de tratarme como a un imbécil! Tú decoraste ese apartamento. Tú sabías quién era él. ¡Sabías perfectamente que era un Andreatos! ¡Deja de fingir!

Mientras la discusión estallaba en el salón, Helena permanecía en el cuarto de baño.

Con la oreja pegada a la puerta, escuchaba cada palabra con una sonrisa maliciosa.

El dolor de aquel hombre, su furia… todo aquello era un exquisito deleite para ella.

Se apartó de la madera y escrutó el lugar.

Era un baño ostentoso, plagado de mármol y grifería dorada; el tipo de lujo que busca alguien que necesita desesperadamente demostrar que vale algo.

Se acercó al lavabo. Sobre la encimera de mármol negro había varios frascos de cremas y perfumes caros, pero lo que llamó su atención fue un neceser masculino de cuero marrón, desgastado por el uso.

No tardó en deducir a quién pertenecía; un vestigio que él debía de haber dejado allí tras algún viaje.

Con una curiosidad depredadora, deslizó la cremallera cuidando de no hacer el menor ruido.

En su interior halló los artículos habituales: una maquinilla de afeitar, desodorante y un cepillo de cerdas oscuras. Lo sacó del neceser y lo examinó bajo la fría luz halógena del espejo. Allí, enredados, destacaban varios cabellos cortos y oscuros.

Cabellos de Evan de Betancourt.

Una sonrisa de absoluto triunfo iluminó su rostro.

Tantos años escondiéndote a simple vista, jugando a ser el inofensivo abogado Robert Renoir, te han vuelto descuidado , pensó con burla.

Había olvidado la regla más básica de su naturaleza: jamás dejar atrás nada que otro brujo pudiera utilizar en tu contra.

Para ella, no existía un arma más letal que aquella.

Con esos cabellos podría anular sus protecciones o causarle una agonía insoportable, pero tenía un propósito mucho mejor en mente.

Serían el faro perfecto para un hechizo de rastreo; el hilo de sangre del que tirar para encontrar, de una vez por todas, a la sobrina que tanto se había sacrificado por ocultar.

Con dedos ágiles y delicados, arrancó los cabellos del cepillo, los envolvió con cuidado en un pequeño pañuelo de seda que sacó de su escote y lo deslizó en un bolsillo oculto de su vestido.

En el salón, la discusión había estallado con tal violencia que las palabras retumbaban contra los azulejos del baño; ya ni siquiera necesitaba acercarse a la puerta para disfrutar del espectáculo.

—¿Por qué? —preguntó Robert, con la voz rota por la decepción—. ¿Fue todo mentira? ¿Nuestro primer encuentro, las cenas, el viaje… todo fue una farsa para acercarte a Evie? ¿Por qué lo hiciste?

Eileen se pasó las manos por el pelo, totalmente fuera de sí. La máscara de novia perfecta se estaba resquebrajando, dejando ver a la mujer rota que había debajo. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos; no de arrepentimiento, sino de pura desesperación.

—¡Tú no lo entiendes! —gritó ella, con la voz desgarrada—. ¡No sabes lo que es perderlo todo!

—¿Perderlo todo? Tienes dinero, tienes éxito, ¡¿qué más puedes necesitar?! —replicó él con desprecio.

—¡No hablo de dinero! —Eileen se golpeó el pecho con el puño—.

Hablo de la magia, Robert. La perdí hace años.

Me desperté un día y simplemente ya no estaba.

Se había esfumado. Es como si te arrancaran el alma, como si te dejaran ciega y sorda de repente.

No puedo vivir sin ella, me siento vacía, insignificante.

Robert la miró, sorprendido por un segundo, pero su expresión se endureció rápidamente.

—Helena me buscó hace algún tiempo —confesó ella finalmente, con la mirada perdida y la voz temblorosa—. Ella siempre sospechó que alguien de la familia Betancourt había sobrevivido aquella noche.

Robert frunció el ceño, sintiendo un escalofrío al escuchar el apellido real de su familia en boca de esa mujer.

—¿De qué estás hablando? —exigió saber.

—El cadáver de la niña… la hija de Syrielle y Bastian…

nunca apareció junto a los demás miembros del aquelarre —explicó ella atropelladamente entre sollozos, como si confesar la verdad pudiera salvarla—.

Helena estaba obsesionada con eso. Sus rastreos, sus visiones, todo le indicaba que la niña seguía viva y que la habían ocultado.

Luego, no sé cómo, averiguó que estaba aquí, en París. Y me contrató para encontraros.

Eileen se abrazó a sí misma, intentando inútilmente controlar el temblor de su cuerpo.