CAPÍTULO 20 #4
—No podía dejarte así. Te vi de aquella manera y no pude soportarlo. Nadie merece sufrir así. Nadie.
—Creía que me considerabas un cabrón traidor, un monstruo y no sé cuántas cosas más por obligarte a beber mi sangre.
—Sí, bueno, eso también lo siento —respondió, notando cómo se le encendían las mejillas.
Athan sonrió. Al instante, sintió cómo todo el calor de su cuerpo se trasladaba directo a su bajo vientre.
Tenía que salir de allí antes de morir por combustión espontánea.
Llevaba muerto cientos de años y su cuerpo era frío como el hielo.
Entonces, ¿de dónde demonios salía aquel fuego que le quemaba por dentro?
No recordaba haberse sentido tan excitado desde que era un simple humano.
En su vida como vampiro, el sexo no había sido más que una necesidad fisiológica. Se saciaba y punto.
Pero ahora, el deseo palpitaba en él con una urgencia casi insoportable. Necesitaba huir de aquella habitación de inmediato; de lo contrario, se abalanzaría sobre ella y perdería la poca cordura que le quedaba.
Se dirigió hacia la puerta sin mediar palabra, dispuesto a alejarse lo máximo posible. Pero, de pronto, notó cómo la cálida mano de Evie se posaba en su hombro.
—Espera, no tienes por qué marcharte. Es más, creo que me sentiría más segura si te quedas aquí… conmigo.
Y entonces lo comprendió. Era ella. Ese calor que sentía por todo su cuerpo y que le exigía que la hiciera suya, era de ella. Evie se sentía atraída por él. Podría negarlo cuantas veces quisiera, pero su sangre compartida se lo estaba gritando a la cara.
Se dio la vuelta y quedó de nuevo atrapado en aquellos ojos de bruja que tanto le gustaban.
—Será mejor que nos mantengamos alejados mientras mi sangre siga corriendo por tus venas, porque puedo sentir lo que sientes, Niní. —Su voz era apenas un susurro ronco. Se acercó un paso más, hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del de ella—. Puedo sentir lo que deseas.
Rozó su mejilla con la yema del pulgar, con tanta delicadeza que a Evie le pareció la caricia de una pluma.
Sí, lo ansiaba. Lo deseaba con tanta desesperación que creía que iba a perder la razón. Lo había sentido desde el primer momento en que rescató su pañuelo del viento. Él era el fruto prohibido, el hombre que despertaba sus instintos más íntimos y salvajes.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que deseo, Athan? —susurró ella, desafiante.
Aquella última palabra, su nombre pronunciado de la manera más dulce y sensual que había escuchado jamás, hizo pedazos el último hilo de su cordura.
Con la velocidad y la fiereza de un depredador, se abalanzó sobre ella. Antes de que Evie pudiera tomar aire, la agarró por la cintura, la alzó del suelo y la estrelló contra la pared. El golpe sordo quedó ahogado por el choque brutal de sus bocas.
Se habían besado antes, sí, pero esto no tenía nada que ver.
Sus besos anteriores habían sido tiernos, casi precavidos, comparados con la voracidad que él desataba ahora.
No había dulzura ni contención; solo un hambre primitiva.
Athan invadió su boca sin pedir permiso, poseyéndola con una intensidad tan aplastante que, de no estar contra la pared, a Evie le habrían fallado las piernas.
Su aliento gélido la abrasó mientras ella le aferraba la nuca, perdiéndose en el contacto.
Aquel beso era algo que no había experimentado jamás. Posesivo. Salvaje. Parecía que él la reclamaba como suya, como si quisiera penetrar en cada poro de su piel y marcarla con su sello, con su aroma a brisa marina y a dulce chocolate y menta, aturdiendo todos y cada uno de sus sentidos.
Como si notara su debilidad, Athan la presionó aún más contra la pared.
Ella le rodeó la cintura con una pierna y él afianzó su muslo con un agarre posesivo.
Abandonó su boca y trazó un reguero de besos ardientes por su cuello.
Con un movimiento ágil, Athan tiró del escote de su camiseta hacia abajo, dejando al descubierto el inicio de su pecho.
Hundió el rostro en aquel sugerente valle y clavó los dientes en su piel.
Fue un mordisco ligero, una marca cargada de posesión que rozó la carne sin llegar a perforarla, pero que desató una corriente eléctrica en el cuerpo de Evie.
Ella echó la cabeza hacia atrás, buscando aire, y enredó una mano en su propio cabello mientras un gemido escapaba de sus labios. Athan respondió a aquel sonido con un rugido gutural que le vibró contra el pecho, excitándola todavía más.
No sabía cómo habían llegado a aquel extremo, pero no deseaba que se acabara nunca.
Los labios de Athan la estaban volviendo loca.
Por un momento, perdió el control y hundió los dedos libres en el cabello oscuro de él, tirando suavemente para mantenerlo allí, pegado a ella.
Deseaba que la mordiera de verdad. Deseaba experimentar la sensación de aquellos colmillos atravesando su piel, deseaba ser ella quien le brindara la fortaleza que él tanto necesitaba.
Quería que la poseyera mientras lo hacía.
Alzó las caderas, apretándose más contra su dureza, invitándolo a cruzar el límite.
Pero, de pronto, como accionado por un resorte, Athan se separó de ella. La miró, confundido y con la respiración agitada.
Evie parpadeó, desorientada.
—Athan, ¿qué pasa? ¿He hecho algo mal?
Él jadeaba, con el pulso acelerado. Estaba tan excitado como ella, lo había notado; pero se había apartado de golpe como si ella fuera veneno.
—No. Esta no eres tú, Evangeline. Es mi sangre la que te hace comportarte así. Será mejor que nos mantengamos lejos el uno del otro hasta que tu organismo la haya eliminado por completo —dijo, en un tono seco y cortante que la hizo sentirse casi ridícula.
¿Realmente el muy idiota pensaba que todo era por su sangre? ¿Qué se creía, que era afrodisíaca o algo así?
—Te equivocas. Soy perfectamente consciente de mis actos, ¿sabes?
Athan giró un poco la cabeza, mostrándole el perfil de su mandíbula tensa.
—No, no lo eres. Nuestra sangre a veces provoca este efecto en los humanos, es demasiado para vosotros. Nos conecta de una forma en la que no sabes qué parte de lo que sientes es tuyo o mío. Será mejor que descanses, en unas horas tu organismo la habrá asimilado por completo.
Evie frunció el ceño, asaltada de pronto por una duda que le heló la sangre.
—¿Asimilado? —preguntó con la respiración aún agitada—. No iré a convertirme en vampiro, ¿verdad?
Athan se detuvo a un paso de la puerta y se giró a medias para mirarla, con los ojos oscurecidos por una mezcla de deseo y contención.
—Tranquila. Solo te convertirías si mueres con ella en tu sistema.
Si tu corazón se detiene antes de que la elimines, la transición comenzará.
Pero te aseguro una cosa: si murieras esta noche y despertaras convertida en una de los nuestros, no habría fuerza humana ni sobrenatural en este mundo que me impidiera reclamarte.
Serías mía. Por el resto de la eternidad.
Su voz arrastraba un oscuro toque de anhelo. Athan volvió a darle la espalda, apoyando una mano en el marco de la puerta antes de salir.
—Pero escúchame bien, Niní. Si en algún momento, cuando mi sangre abandone tu sistema, vuelves a besarme así, acabaré lo que hemos empezado y esta vez no me detendré por nada.
Cerró la puerta sin darle tiempo a responder.
Evie se quedó allí plantada, tratando de asimilar cómo él había pasado de desearla tanto a alejarse de ella como si fuese la peste.
Tan solo ansiaba borrar cada beso, cada toque de Drake de su cuerpo y sustituirlo por uno de Athan.
¿Realmente sería su sangre lo que le hacía sentir esa loca atracción por él?
Y si era así, entonces, ¿por qué la maldita idea de morirse en ese instante y ser suya para el resto de la eternidad le resultaba tan condenadamente atractiva?