CAPÍTULO 20 #3
—Acabo de regresar al castillo. Me escabullí anoche para investigar; necesitaba descubrir cómo demonios nos habían encontrado los Andreatos…
Y, cuando he llegado, me han dicho que llevabas horas inconsciente.
Dios, no sabes lo asustado que me tenías; creía que no ibas a despertar.
—Hizo una pausa, frunciendo el ceño al procesar lo que acababa de escuchar—.
Espera un momento. ¿Cómo… cómo me has llamado?
—Dios mío, Rob… lo recuerdo todo. Ahora recuerdo que eres Evan. Nadie de nuestra familia te llamaba Robert —dijo, cerrando los ojos cuando una punzada de dolor le atravesó el cráneo—. Tengo un montón de imágenes, recuerdos taladrándome la maldita cabeza. Siento que voy a volverme loca.
—No. No puede ser. El hechizo, Evie… el hechizo se ha roto. La sangre de Athan debió ayudarte a que tu propia magia resurgiera, rompiendo el sello. Llevo años tratando de entender qué hice mal para poder deshacerlo, y ahora, por fin, se ha roto.
—Ahora lo recuerdo todo, Rob. Los recuerdo a ellos.
Sus caricias, sus besos. La sonrisa de mamá, a papá subiéndome sobre sus hombros, las tardes en que me enseñaban a manejar mi magia.
Me sentía segura, querida y protegida. Maldita sea, Robert, ¿cómo pudiste?
¿Fuiste tú quien me robó todo eso? ¡Tú me lo robaste!
—¡Tenía que protegerte! Tenía que esconderte de todos.
Solo quise lanzar un hechizo que te ocultara, que evitara tu dolor.
Tenías pesadillas todas las putas noches, Evie.
Te despertabas gritando y llorando, y yo solo traté de darte paz.
Pero era joven e inexperto; no sabía que aquel conjuro también bloquearía tus recuerdos felices y tu magia.
—Pero no me quitaste solo la magia, joder. La magia no me importa. Me quitaste todo. Ni siquiera recordaba su olor, su calor, sus abrazos. Ahora todos esos recuerdos me asaltan en tromba y me abruman. Quiero estar con ellos. Quiero volver a tenerlos en mi vida. Quiero… irme con ellos.
—¡No, Evie, no digas eso, por favor! —suplicó Robert—. Eres lo único que tengo. Lo único que me queda. Lo siento; nunca pretendí robarte tu esencia ni el recuerdo de tus padres. Solo quería ayudarte.
—Realmente fueron ellos, ¿verdad? Los Andreatos mataron a mis padres.
A toda nuestra familia. Y yo… Dios, he estado acostándome con uno de ellos.
—Las lágrimas resbalaban por las mejillas de Evie—.
Drake… él me hechizó. Lo intentó una vez y me di cuenta, pero después debió hacer algo más.
Quise dejarlo y, de repente, ya no pude.
Mi mente dejó de funcionar; ya no podía pensar en nadie más, solo en él.
Ese maldito hijo de puta me ha obligado a permanecer a su lado sabiendo perfectamente que yo ya no quería estar con él. Me ha obligado a amarlo.
Sintió un calor que bullía en su interior, un fuego que le ascendía desde el estómago hasta la garganta, abrasándola por dentro como si fuera a partirla en dos.
—Lo siento tanto, Evie. Debí estar a tu lado. Debí creerte cuando me contaste que Eileen había intentado separarnos. Athan me ha contado que Drake usó su propia sangre para crear un hechizo de amarre y someterte a su voluntad. Yo debí impedirlo, pero estaba ciego, malditamente ciego por esa mujer.
—¿Era él, verdad? Aquel niño… el que estaba allí aquella noche. El que robó la magia de mi padre. Era él y yo… yo he estado…
Cayó derrotada sobre la almohada. Los recuerdos vividos con Drake asaltaban su mente: sus besos, sus promesas de amor y también su profunda maldad. Vio de nuevo la crueldad en sus ojos el día que golpeó a Michaël. ¿Sabría él quién era ella en realidad?
La bilis le subió por la garganta. Le picaban las manos, sentía un hormigueo eléctrico por todo el cuerpo. Habría vomitado si tuviera algo en el estómago.
—Lo siento, Evie, todo esto es culpa mía. —Robert trató de acercarse, pero ella lo rechazó con un manotazo.
—No. Vete. Déjame sola, necesito estar sola.
—Pero, Evie, déjame ayudarte. Puedo tratar de que este proceso sea más fácil.
—¿¡Y cómo piensas ayudarme!? ¿¡Haciendo que lo olvide todo de nuevo!?
—Pero, Ev… Niní —dijo en apenas un susurro.
—¡No! ¡No, no, no! ¡No me llames así, no puedo soportarlo ahora mismo! —gritó a pleno pulmón.
Aquellos recuerdos la estaban matando. Todo el sufrimiento que no pudo procesar durante años llegaba ahora de golpe. Era como si la masacre hubiera sucedido la noche anterior, y no podía soportarlo.
Athan irrumpió de golpe en la habitación y se colocó junto a Evie, apartando a Robert de un empujón que casi lo lanzó contra la pared contraria.
—Quiere que te vayas. ¡Obedece! —gruñó Athan, enseñando los colmillos como un animal salvaje protegiendo a su cría.
Desde que ella había bebido de él, su sangre los había conectado de una forma visceral.
Athan sentía su dolor, su rabia, su frustración y su pena como puñaladas en su propio pecho.
Lo experimentaba todo en su interior como si fueran sus propios sentimientos; conocía cada emoción que la estaba destrozando.
Sabía que se sentía indefensa, abrumada y sola, y no dejaría que nadie más la agobiara, aunque tuviese que matar a su propio tío para impedirlo.
—Vamos, Evan —le susurró Geo desde el pasillo, sujetándole del brazo—.
Mientras la sangre de Athan permanezca en el cuerpo de tu sobrina, él puede sentir todo lo que ella siente.
Y, por cómo te mira, parece que no eres precisamente santo de su devoción.
Será mejor que salgas de aquí antes de que Athan acabe arrancándote la cabeza, amigo.
Aun en contra de su voluntad, Robert siguió a Geo, dejando a Athan a solas con ella.
—Tengo que salir, Geovax —le dijo en voz baja, deteniéndose en el pasillo—. Necesito que cuides de ella y me avises si algo ocurre. Anoche estuve investigando y creo que ya tengo bastante claro cómo dieron con nosotros los Andreatos. Necesito acabar con esto de una vez.
Geo soltó una risa seca y se cruzó de brazos, apoyándose contra la pared.
—No soy tu puta niñera, capullo —le espetó, mirándole fijamente—. Pero he jurado protegerla con mi vida, así que lárgate a hacer lo que tengas que hacer. Vete en paz. Yo me aseguraré de que siga respirando para cuando vuelvas.
Robert asintió, agradecido en el fondo, y se dio la vuelta para marcharse. Tenía un asunto pendiente en París, y esta vez no pensaba dejar ningún cabo suelto.
Athan permaneció de pie, observándola en silencio hasta que los pasos se perdieron en la distancia.
—Ya puedes estar tranquila. Se han marchado. Te dejaré sola, estaré cerca por si me necesitas. Procura calmarte o vas a acabar volviéndote loca. Siento que todo haya tenido que ser así, pero era la única forma de romper el hechizo bajo el que te tenía sometida el nigromante. Ahora descansa.
—No, espera. Espera… yo…
Al girarse, Athan no pudo evitar perderse en aquellos ojos bicolores que tanto lo hechizaban.
La sangre le hervía cada vez que la miraba.
Ahora que su propia sangre corría por las venas de Evie, sabía que a ella tampoco le resultaba indiferente.
Al sentir lo que ella sentía, se le hacía todavía más difícil mantenerse alejado.
—Quería decirte que lo siento —continuó Evie, incorporándose a medias—.
Ahora sé lo que pasó aquella noche. Sé que mi padre te apreciaba realmente.
Sé que todo aquello no fue culpa tuya, que tú no fuiste el verdadero responsable y que no pudiste evitar hacer lo que hiciste.
Recuerdo cómo mis padres hablaban sobre ese amuleto que los Andreatos usaban para someterte, vi cómo Alexander Andreatos te obligó a matar a mi padre.
Y también sé que tú me salvaste. Recuerdo que me cogiste en brazos, que me consolaste y me protegiste.
Recuerdo cómo nos llevaste a un lugar seguro y ayudaste a mi tío.
Tú le pediste que se hiciera cargo de mí, que me cuidara. Fuiste tú, ¿verdad?
—En realidad, yo fui el culpable de todo.
Si no hubiera recurrido a ellos, ahora probablemente estarían vivos y tú no habrías pasado por todo esto.
Yo nunca habría hecho daño a Bastian, ni a tu madre…
ni a ti. Tu padre era mi amigo, yo le apreciaba.
Habría dado mi vida por vosotros de haber podido, pero no pude hacer nada.
Fue tu madre la que me susurró antes de morir la forma de librarme del amuleto, me dijo que la sangre de tu padre me ayudaría a resistir las órdenes de Alexander, y me rogó que te salvara.
Ella me indicó dónde estabas. Lo siento, Niní, todo fue mi culpa.
Que la llamara de esa manera removió sus cimientos.
Escucharlo de los labios de su tío le había recordado la mentira en la que se había convertido su vida; la cruel realidad de que ya no quedaba nada de aquella niña pequeña a la que le arrebataron todo en una sola noche.
Pero escucharlo de los labios de Athan fue como una caricia en el alma.
No pudo evitar sonreír tibiamente, recordando cómo de pequeña ella lo llamaba «el hombre de los ojos bonitos».
Vampiro o no, monstruo o no, él nunca le haría daño. Ella lo sabía.
Los músculos de Athan se tensaron. Ella lo miraba fijamente y un nudo extraño comenzó a cerrarle el estómago.
¿Por qué causaba ese efecto en él? ¿Por qué no podía resultarle indiferente?
Un fuego abrasador le quemaba por dentro cada vez que estaba cerca de ella.
Sentía unas ganas irrefrenables de abalanzarse sobre ella, de besarla, de arrancarle la ropa y poseerla allí mismo.
De probar su sangre directamente de la yugular.
—¿Por qué lo hiciste, Niní? ¿Por qué me diste tu sangre aun arriesgándote a que yo descubriera que eres una nigromante y no una simple bruja?
¿Por qué me diste tu sangre en lugar de aprovechar mi debilidad para huir?
—preguntó, acercándose a ella lentamente.
Aquella duda le había rondado la cabeza desde el instante en que ella se había abierto un corte en su mano—. ¿Por qué?