CAPÍTULO 20 #2
Helena sonrió, acariciándole la mejilla con auténtico afecto. Estaba protegiendo a su nieto de una verdad que lo destruiría, para devolverlo al camino de la grandeza que le correspondía.
—Así habla un verdadero Andreatos —susurró con orgullo—. Imagínatelo, Drake. La magia con la que fue creado el amuleto es tan antigua y oscura que ni siquiera tú puedes llegar a desatar su poder absoluto estando solo. Eso es lo que intentó tu padre el día que murió.
Drake la escuchó en silencio, asimilando por fin el verdadero peso de aquella noche que tanto le había atormentado en sueños durante años.
—Él notaba que su magia fallaba y que controlar el amuleto lo estaba consumiendo —continuó Helena—, así que trató de ayudarse de la tuya para conseguir lo que ni el primer Andreatos pudo: vincularse con Athan de tal forma que lograra alcanzar incluso su inmortalidad.
Pero ya estaba demasiado débil y falló. Por eso, con la mezcla de sangres de los dos aquelarres más poderosos de nuestra historia, con un heredero nacido de nuestro linaje y del de los Betancourt, tendríamos la llave perfecta.
Con él podrás hacerlo realidad por fin. Esa unión te dará la fuerza definitiva para hacer que vuelva a nosotros todo lo que Athan nos arrebató.
Drake asintió, con la mente ardiendo de rabia y pura ambición.
Ya había comprobado en su propio ser lo que el amuleto era capaz de hacer, el inmenso poder que podía otorgarle, y eso que tan solo había sido una mínima parte.
¿Qué clase de poder desataría si lograra dominarlo del todo?
¿Cómo sería poder poseer por completo el cuerpo de Athan e intercambiarse con él siempre que lo deseara?
—Descansa esta noche, hijo mío. Tienes que recuperar tus fuerzas y tu magia —concluyó Helena—. Mañana emprenderemos la búsqueda de Evie; creo que sé perfectamente por dónde empezar.
Otra vez aquella pesadilla que la atrapaba y no la dejaba despertar.
Gritos, dolor y sangre por todas partes.
Pero esta vez había algo diferente; se sentía como si realmente estuviera allí, inmersa de lleno en medio de aquel caos.
Pudo ver a su madre cogerla en brazos y llevarla corriendo hacia un rincón para esconderla tras unos enormes contenedores de basura.
—Quédate aquí, Niní. Pase lo que pase y veas lo que veas, no salgas de aquí, ¿vale? Júramelo, hija mía, júrame que no vas a moverte de aquí. —El tono de voz de su madre dejaba entrever lo aterrada que estaba.
¿Niní? Realmente estaba viviendo aquella maldita pesadilla de nuevo. Un fogonazo, una punzada de dolor le atravesó la cabeza. Niní . Sí, ella era Niní. Así era como la llamaban sus padres y su familia de forma cariñosa cuando era pequeña.
—Tengo que ayudar a papá, mi pequeña flor. Enviaré a alguien por ti; permanece escondida hasta entonces.
Un grito desgarrador atravesó la noche. Era una mezcla entre un lamento desconsolado y el rugido de un animal salvaje. Su madre giró la cabeza en dirección a aquel alarido y después volvió a mirarla.
—No le temas, Niní. Pase lo que pase, no le temas, él te protegerá. Él es tu destino, lo he visto, mi amor, lo sé. Nuestro futuro ya está escrito, pequeña mía. Sé fuerte, mi niña. Sé fuerte.
Su madre se inclinó y presionó los labios contra su frente.
Al instante, Evie sintió una sacudida cálida atravesándole el cuerpo, una energía chispeante que fluyó desde aquel contacto hasta su propia piel, inundándole el pecho con un poder abrumador.
En aquel momento no lo entendió, pero ahora, reviviendo aquel recuerdo con tanta claridad, supo que no era un simple beso de despedida: su madre le había transferido toda su magia, su esencia vital entera, para protegerla antes de ir a enfrentarse a la muerte.
—Me quema, mamá… —susurró, tratando de apartarse.
—Lo sé, pequeña, pero tienes que resistir. Eres fuerte, mi niña, podrás soportarlo —respondió, soltándola por fin. Le dedicó una última mirada con los ojos llenos de lágrimas y echó a correr hacia el lugar de donde provenían los gritos.
—¡No, mamá, espera! ¡No me dejes aquí, mamá!
Estaba asustada, aterrada. Vio a su madre alejarse hacia el origen de aquel sonido atronador, aquel rugido animal que siempre iba precedido por alaridos de terror. Reconocía todos y cada uno de ellos: el de su abuela, el de su abuelo, el de sus primos… Eran tantos. Tantos gritos de agonía.
Más fogonazos. Más pinchazos. Más dolor. Sentía como si se hubieran abierto unas compuertas blindadas en su cerebro y todo se desbordara hacia el exterior. De pronto, vio a Robert correr hacia ella y caer exhausto a su lado, con el cuello empapado en sangre.
—No temas, Niní. Yo te protegeré. No dejaré que esa bestia te haga daño.
Pero cerró los ojos y se desplomó allí mismo, inconsciente.
Los gritos cesaron y todo quedó sumido en un silencio que le pareció todavía más aterrador.
Sí, le había prometido a su madre que no se movería de allí, que no saldría, pero tenía que saber si estaban bien.
Tenía que encontrarlos. Dejó atrás a su tío y, agazapada entre las sombras, se asomó al principio del callejón.
La escena que vio le desgarró el corazón.
Tuvo que taparse la boca con ambas manos para ahogar el grito.
Su madre yacía en el suelo, con la ropa empapada en sangre, y su padre permanecía de pie frente a ella, completamente paralizado.
El hombre de los ojos bonitos estaba tirado cerca de su madre, retorciéndose de dolor mientras vomitaba un líquido oscuro que parecía sangre.
Su padre seguía de pie frente a un hombre vestido de negro.
Parecía incapaz de moverse. Pero había alguien más: un niño.
Ella se había fijado en él cuando llegó acompañando a aquel desconocido.
Ese chico le estaba haciendo daño a su padre; lo estaba bloqueando con su magia, y ella era incapaz de impedirlo.
Trató de invocar alguno de los hechizos que le habían enseñado, pero estaba demasiado asustada, demasiado nerviosa, y no conseguía que su magia saliera.
De pronto, el hombre de negro se acercó al de los ojos bonitos y le susurró algo al oído.
Entonces, el hombre de los ojos bonitos se levantó de un salto y atacó a su padre, mordiéndole el cuello como un animal salvaje, mientras el hombre vestido de negro sonreía.
La luz de una farola iluminó fugazmente el rostro de este último.
Era él. Ahora estaba completamente segura.
Era Alexander Andreatos, el padre de Drake.
Quiso gritar, quiso salir de aquel escondite y proteger a su padre, pero estaba paralizada por el miedo.
Vio cómo el niño se acercaba a su padre moribundo y apoyaba las manos sobre su pecho.
A pesar de ser tan pequeña, sabía perfectamente lo que estaba haciendo: le estaba robando la magia.
La magia de su padre, la magia de sus antepasados.
Ese maldito niño monstruo estaba absorbiendo su poder.
Y después irían a por ella, estaba segura. Ya no quedaba nadie para protegerla.
Regresó junto a su tío, que permanecía inconsciente, y se refugió en la oscuridad, prometiéndose a sí misma que, si iban a por ellos, ella lo protegería a toda costa.
De pronto, alguien apareció frente a ella surgido de la nada. Era él. El hombre de los ojos bonitos, el amigo de su padre. Tenía toda la ropa manchada de sangre, pero ahora sabía que no le haría daño; lo había escuchado suplicar por la vida de su padre. Él había intentado salvarlo, pero no pudo.
—Shhh, tranquila, pequeña… Nadie va a hacerte daño. Yo te protegeré, Niní, te lo prometo. Estás a salvo… tranquila.
Recordó las últimas palabras de su madre: « No le temas, Niní. Pase lo que pase, no le temas, él te protegerá ».
Corrió hacia él, refugiándose en sus brazos, permitiéndose al fin llorar, gritar y soltar todo el dolor y la rabia que le estaban quemando las entrañas.
Se abrazó a aquel hombre como si fuera su última esperanza.
Lo había perdido todo. Su madre y su padre estaban muertos; sus abuelos, toda su familia.
Solo quedaban ella y su tío, que también parecía estar perdiendo la vida a sus pies.
El hombre respondió a su abrazo con toda la ternura de la que fue capaz. A pesar de estar cubierto de sangre, olía a frescura. A océano y a sal. A brisa marina y a una dulzura reconfortante que a Evie le recordó al chocolate caliente. Se aferró a su cuello con fuerza.
—Athan… —susurró entre sollozos.
Otro fogonazo. Más dolor.
Era él. Su apuesto salvador del pañuelo, su secuestrador, el hombre que olía a océano, menta y chocolate. El hombre que la rescató de aquella carnicería cuando era niña. El que le había dado su propia sangre a su tío para salvarle la vida y los llevó a un lugar seguro. Era Athan.
De pronto, el muro cedió por completo. Todos los recuerdos inundaron cada rincón de su mente y Evie abrió los ojos de golpe, emitiendo un grito aterrador que le desgarró la garganta.
La puerta de la habitación se abrió bruscamente y Robert entró corriendo. Llevaba la ropa arrugada, la respiración agitada y tenía el aspecto de no haber pegado ojo en toda la noche.
—¡Dios, Evie! Estás despierta, por fin. —Se lanzó sobre ella, abrazándola con tanta fuerza que casi le impedía respirar.
Estaba aturdida, desorientada. Miró a su alrededor tratando de ubicarse, y otra sucesión de imágenes acudió a su mente. Athan secuestrándola. Athan encerrado, sufriendo, gritando. Ella dándole su sangre y él atrapándola, obligándola a beber la suya.
Más recuerdos se agolpaban en su mente, saturándola.
Cerró los ojos y presionó las manos contra sus sienes.
Deseaba que aquello parara; sentía que caía a través de un remolino de memoria pura.
Recordaba a sus padres, sus abrazos, sus sonrisas.
La magia, los hechizos. Lo recordaba todo.
Sus rostros, sus nombres: Bastian, Syrielle, Evan…
—¿E… Evan? —logró decir al fin, mirando a su tío a los ojos.
Robert se tensó de inmediato y se apartó un poco para observarla, confundido.